FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
Según las encuestas que maneja su partido y algún que otro sondeo más o menos neutral, Carlos Negreira tiene la alcaldía al alcance de la mano. Ahora mismo, es el único candidato del PP de Galicia en las grandes ciudades con posibilidades reales de ser alcalde. El resto lo tienen muy difícil o imposible. Bastará con que en las urnas de mayo se confirmen las intenciones de voto que manifiestan a día de hoy los coruñeses para que se materialice lo que supondría un auténtico terremoto en el panorama político coruñés y en el conjunto de la sociología electoral gallega.
Salvo catástrofe, los populares serán la fuerza más votada por primera vez en unas elecciones municipales. Eso es algo que dan seguro incluso los socialistas. Javier Losada y los suyos son los primeros en temer que sufrirán un severo varapalo, porque pagarán su parte de los platos rotos por Zapatero, por la pobre gestión de los últimos años y porque su electorado tradicional, el que dio las mayorías absolutas a Paco Vázquez, les pasará factura por el pacto con el Bloque.
Lo que no garantizan los sondeos, en este momento, es la mayoría absoluta. El PP la roza y por momentos parece alcanzarla, aunque no la tiene, ni mucho menos consolidada. Sin embargo, en el entorno más cercano al candidato creen que, si gana con holgura, tratará de gobernar, aunque sea en minoría. A eso le ayudaría considerablemente la crisis catártica a la que se vería abocado el PSOE, tras treinta años en el poder local, y el tiempo que aún precisan los nacionalistas para asentar a su nuevo líder municipal. Es cuestión de paciencia y de prudencia. Negreira sabe que el viento sopla a su favor. Está a punto de recibir la recompensa por la decisión de permanecer en María Pita, como jefe de la oposición, y no caer en la tentación de volver al primer plano de la política autonómica. Su amigo Núñez Feijóo respetó su voluntad, aunque le habría venido muy bien poder contar con un perfil como el suyo para una Xunta poblada de tecnócratas.
El que resiste gana. No es que la labor opositora de Negreira haya deslumbrado a la ciudadanía por su brillantez. Pero Don Carlos supo rentabilizar las fricciones entre PSOE y Benegá y las divisiones internas de cada uno de los grupos, además de algunos errores de bulto, que no compensan los más bien escasos logros de una legislatura marcada por la crisis y las restricciones presupuestarias. Algo habrá contribuido también a la virtual victoria de los populares la impagable labor del hoy embajador en el Vaticano, desmarcándose cada vez más de su sucesor, al que nunca consideró legítimo heredero de su patrimonio electoral. La principal asignatura que tiene pendiente PP es la de conformar una lista electoral que, además de aglutinar las varias sensibilidades del centro-derecha coruñés a las que daba cobijo en sus siglas, atraiga a los sectores minoritarios de su mismo tronco ideológico que se fueron a formaciones marginales. Sin esos miles de votos, aunque no sean muchos, el triunfo de Negreira puede resultar insuficiente. Sus asesores aconsejan al alcaldable del PP que no se obstine, como antes hicieron otros, en formar un equipo a la medida de su estricta confianza personal, con gente que les aclamase y no les discutiera nada. Debe tener muy presente que, a la hora elegir colaboradores para gobernar con eficacia, tan importante es la capacidad como la lealtad. Negreira también está advertido de que no ha de jugar con el fuego de los asuntos delicados, esos que levantan ampollas, como el topónimo. Y que tampoco le conviene envolverse demasiado en la bandera del coruñesismo vazquista, porque huele a naftalina de puro rancio, y desentona horrores con la imagen de modernidad abierta y cosmopolita que tanto gusta a los grupos sociales que más están contribuyendo a hacer ciudad.
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