inventario de perplejidades

En el palacio de Ayete

18.10.2011 | 03:11

En el palacio de Ayete de San Sebastián, lugar habitual de residencia de Franco durante una parte de sus vacaciones de verano (el resto las pasaba en el pazo de Meirás, cerca de A Coruña) se celebró la llamada la conferencia internacional de paz sobre el fin del terrorismo de ETA. La historia -suele decirse- evoluciona en círculos y, no pocas veces, el principio y el final de un largo proceso acaban dándose la mano en el sitio donde todo se inició. El fenómeno de ETA comenzó en el País Vasco durante el régimen franquista y va a concluir en el mismo lugar después de casi cincuenta años de violencia que trajeron mucho dolor a la ciudadanía española y representaron un incordio, cuando no un freno, para el sano desarrollo del sistema democrático. Vista desde esa perspectiva, la cita de Ayete tiene un alto valor simbólico. En Ayete, el general Franco nombró por primera vez a los cuarenta consejeros del Movimiento de su máxima confianza, que pasaron a la historia como los "cuarenta de Ayete". Figuraron entre ellos Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa y Marcelino Oreja, que luego fueron conspicuos demócratas, y Blas Piñar, Girón de Velasco, y Utrera Molina que lo fueron a regañadientes. Y en Ayete, cuenta la malicia popular, se escenificó aquel supuesto Consejo de Ministros durante el cual un Caudillo, ya achacoso, se quedó ensimismado pronunciando repetidamente las expresiones "aña" y "eta". Sus inmediatos colaboradores se miraban extrañados intentando averiguar el sentido de esos palabros, hasta que uno de ellos le dio por interpretarlos en un sentido patriótico. "Está preocupado por el peligro que para España representa ETA", tradujo. Hasta que otro, más listo, dio con la clave certera. "Está pidiendo la caña y la escopeta" resumió en alusión a las aficiones favoritas del dictador. El chiste hizo fortuna, se propagó rápidamente, y cualquiera que haya vivido aquellos años lo recordará perfectamente. Pero, bromas aparte, la preocupación por las actividades de ETA (que fuera de los círculos gubernamentales se veía como una facción armada tan independentista como antifranquista), resultaba evidente. Con todo y eso, la actividad de ETA contra la dictadura fue mucho menos contundente que contra la democracia, lo que podría dar pie a otro tipo de análisis, menos emotivos y menos viscerales, cuando todo esto termine. Están por esclarecer, por ejemplo, las complicidades externas de ETA en el atentado contra Carrero Blanco. Y está por esclarecer también la violencia extrema de sus ofensivas terroristas coincidiendo con movimientos estratégicos de las grandes potencias. Supongo que no es un secreto para nadie medianamente informado que los movimientos armados independentistas, en cualquier lugar del mundo, se nutren en parte de pasión patriótica juvenil, y en parte de financiación lejana. Y tampoco es un secreto que el final de muchos de esos movimientos viene precedido por la penetración de agentes de servicios de inteligencia en sus cuadros directivos. Al margen de todo ello, la llamada conferencia de paz celebrada en Ayete con participación de un ex secretario general de la ONU, dos ex presidentes de gobierno, y otros políticos destacados, ha sido muy criticada por ese sector de la opinión publica que aparenta desear que ETA no se acabe por otro procedimiento que no se parezca en espíritu al famoso bando de Franco en Burgos: "Cautivo y desarmado el ejército rojo, la guerra ha terminado". En algunas radios he oído expresiones que harían ruborizarse el general Queipo de Llano.

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