JUAN JOSÉ MILLÁS
Decir, como Rajoy, que la reforma laboral "me va a costar una huelga" implica un sentido curioso de la propiedad. "Me va a costar", no "nos va a costar", o "le va a costar al país", ni siquiera "va a costar a los trabajadores", que son los que la hacen y los que dejan de percibir en consecuencia el salario de ese día. Rajoy cobrará lo mismo con huelga o sin ella, por eso no tiene ni idea de lo que cuesta ni de lo que vale una huelga general. Detrás de una decisión de ese tamaño suele haber un desengaño enorme y cantidades industriales de desesperación. Una reforma laboral como la que este hombre tiene en la cabeza se lleva a cabo en un plisplás, pero una huelga que afecte a todo el país exige papeleo, estrategia, capacidad operativa, miedo, a veces mucho miedo, y dosis ingentes de comunicación y argumentos. Salir a la calle es más difícil que entrar en la Moncloa, más difícil que darse una vuelta por Europa, más duro que hablar en finlandés.
Resulta sorprendente lo fácil que lo tienen los gobernantes y lo difícil que lo tenemos los gobernados. Rajoy, por ejemplo, ha de llevar a cabo "reformas urgentes", cuya puesta en marcha está condicionando sin embargo a las elecciones en Andalucía. Así, con toda la cara, con todo el cinismo del mundo. Lo que, según él, España necesita queda supeditado a lo que necesita Javier Arenas, pobre, que se ha presentado ya cuatro o cinco veces sin ninguna secuela. ¿Cuánto va a costarnos a la colectividad el triunfo del PP en Andalucía? ¿Qué "reformas urgentes" se van a posponer para beneficiar al partido? ¿Cómo es posible que aceptemos la mentira como la forma de relación normal entre gobernantes y gobernados?
La reforma laboral me va a costar una huelga. Pobre Rajoy. Si le escuchara un marciano, pensaría que la va a pagar él de su bolsillo, de su sueldo, pensaría que va a tener que tirar de sus ahorros para sufragarla. Nada más lejos de la realidad, pero seguro que los políticos, cuando hablan entre sí, se manifiestan en estos términos. Que quede claro: las primeras víctimas de una huelga, como las primeras víctimas de las reformas laborales, son los propios trabajadores. Cada uno en su sitio.