FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
El mutis de Carlos Aymerich es una decisión personal. Se va porque cree que llegó el momento de dar un paso atrás, no porque le hayan forzado los ganadores de la asamblea del Benegá, a los que se enfrentó en el ticket opositor junto a Xosé Manuel Beiras, ni porque lo exija expresamente una de las resoluciones aprobadas en el cónclave de Santiago. Saltándose ese precepto, la nueva ejecutiva le pidió por unanimidad que se quedara, al menos hasta después de las cada vez más próximas elecciones autonómicas, casi se lo suplicó. Sin embargo, él prefiere irse sin más, en una retirada táctica que en todo caso no será brusca sino paulatina.
El envite asambleario -que a punto estuvo de salirle bien- era su último y casi desesperado intento de forzar un cambio de rumbo en el Bloque, que considera imprescindible. De antemano había hecho saber a los suyos que, de fracasar, no dudaría en irse a su casa, dando por cerrada una larga etapa en la primera línea política, que le supuso importantes sacrificios familiares y profesionales. Eso no significa que se vaya del todo ( y de entrada se mantiene al frente de su corriente) o que en un futuro más o menos lejano no esté disponible para embarcarse en otros proyectos que le ilusionen. De momento, prefiere pasar a la reserva activa. Don Carlos acaba de solicitar su reincorporación a la Universidad de A Coruña, donde tiene plaza como profesor de Derecho Administrativo. En la medida que le sea posible, piensa compatibilizar sus clases con las tareas parlamentarias, en las que a partir de ahora tendrá una dedicación parcial. Se trata, dice, de emprender un aterrizaje suave en lo que él mismo denomina "la vida civil". Aymerich es de los que no conciben la política como una profesión de la que vivir, sino como una actividad de la que hay que salir y entrar con total naturalidad cada cierto tiempo, para no perder contacto con la realidad ni perspectiva. No se es político, se está en política.
El hasta ahora portavoz parlamentario no desea que el Benegá se rompa, aunque teme que vaya a ser casi inevitable. Por su parte, no alentará la escisión ni de sus compañeros de Máis Galiza ni de os irmandiños. Entiende, por su propia experiencia, el desánimo que cundió en ambos sectores al ver derrotadas sus tesis en la asamblea y sin embargo valora positivamente los esfuerzos que están haciendo en pro de la unidad las cabezas visibles de la Upegá, y muy especialmente Paco Jorquera, por quien Aymerich siente incluso una cierta simpatía personal.
Algunos "blocólogos" mantienen que un tándem Aymerich-Jorquera habría sido lo mejor para el frentismo, previo entendimiento entre las facciones enfrentadas. El matrimonio de conveniencia entre Máis Galiza y los de Beiras desbarató esa posibilidad, a la que una parte de los "upegallos" y de sus aliados no hacían ascos en las vísperas de la asamblea. Para el nacionalismo, prescindir de alguien de la talla de Carlos Aymerich es un dispendio que no debería permitirse en ningún caso, pero mucho menos en la actual coyuntura, cuando está en juego la supervivencia misma de una fuerza clave en sistema político de Galicia. Se dirá que el Benegá de una forma u otra seguirá existiendo. Ahora bien, si queda confinado a una posición residual dejará en gran medida de ser útil al país al que dice servir por encima de todo.