JOSÉ MANUEL PONTE
Se reaviva la polémica sobre aspectos no aclarados del intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Una polémica que, como los incendios en terreno de turba, no se acaba de apagar nunca. Ahora, el fuego ha rebrotado tras la revelación por el diario Der Spiegel de una carta enviada al entonces gobierno de Alemania Occidental por su embajador en Madrid, y que ha sido desclasificada junto con otros documentos. En ese escrito, el diplomático relata una entrevista con el rey Juan Carlos en la que el monarca español disculpa, en alguna medida, la actuación de los militares implicados en la intentona y le sugiere que hará gestiones para que su castigo por la justicia no sea excesivo. "Al fin y al cabo -le confidencia el Rey- solo querían lo que todos queremos: el restablecimiento del orden, la tranquilidad, la seguridad y la calma". Y añadió el comentario de que, a su juicio, el presidente Adolfo Suárez "había despreciado al Ejército". La Casa del Rey reaccionó ante esta revelación alegando que todo el mundo conoce la postura de don Juan Carlos frente del golpismo, que no coincide, desde luego, con la interpretación que hace el embajador alemán. Un profesional, por otra parte, de amplia experiencia en el servicio exterior y que ya había sido embajador en Chile cuando se produjo el golpe de estado del general Pinochet. La publicación de la carta no dejó de provocar alguna respuesta entre nuestra clase política. Izquierda Unida pidió que se desclasifiquen también en España los documentos oficiales que puedan echar luz sobre aspectos oscuros de aquel suceso, y el diputado socialista Alfonso Guerra apoyó la petición. Especialmente, de las grabaciones de conversaciones telefónicas. "Ya sé que se ha negado que existieran -dijo- pero sí existieron". Por cierto que, Guerra también contribuyó a excitar la curiosidad sobre los acontecimientos del 23-F al revelar el contenido de una supuesta conversación entre Suárez y Tejero, después del asalto al Congreso, recogida por un ujier que fue testigo de ella. En el curso de la misma, el presidente le pregunta al teniente coronel: "¿Qué locura es esta?, ¿quién está detrás?". Y el famoso guardia civil, después de aclararle que al mando hay un general, aunque sin dar ningún nombre, responde: "Todos, aquí estamos todos". Indudablemente, los dos tenían razón. La cosa era una "locura" y detrás de ella estaban "todos", es decir, la inmensa mayoría de la clase dirigente, incluidos, por supuesto y en lugar destacado, los políticos y los militares. Fue un secreto a voces que el ruido de sables en los cuarteles era el preludio de un acontecimiento inminente que podría derivar en un gobierno de coalición sin Suárez (una alternativa tolerable para los partidos) o en un golpe militar duro, a "la turca" como se decía. En cuanto a la supuesta simpatía del Rey hacia los golpistas, poco hay que decir. Don Juan Carlos es un militar de carrera y ya metido en medio del lío es comprensible que intentase templar gaitas con unos compañeros de oficio que, por mandato de Franco, lo habían ayudado a sostenerse en el trono. Al término de una de las conversaciones que mantuvieron aquella noche el Rey y el entonces capitán general de Valencia, Miláns del Bosch, el monarca le dijo afectuosamente. "¡Un fuerte abrazo, Jaime!". Y este le contestó: "¡Otro, Majestad!". Luego, fue a prisión.