Shikamoo, construir en positivo

Carta abierta a mi banco

05.08.2015 | 00:28
Carta abierta a mi banco

Hoy les ofrezco un formato diferente, no sin antes saludarles con respeto y afecto, por si quieren tomar alguna idea, si les sirve. Se trata de mi reacción, muy personal, ante el anuncio de determinadas entidades bancarias de que, continuando el camino de alguna muy en la avanzadilla, empezarán a cobrar por el uso de cajeros con tarjetas de otros bancos de la misma red. Es la queja que, aún no sé si formalmente o delante de un café, les plantearé a los bancarios de los que soy cliente, y que pongo a su disposición por si tiene usted un panorama parecido a corto plazo. Pasen y vean.

Verán ustedes. Hace años que soy cliente de un banco del que estoy, en líneas generales, contento. El trato es muy personalizado, prácticamente todos los trabajadores de la oficina me conocen por mi nombre, y no tengo quejas relevantes sobre el servicio en el mismo. Cuando sucedió un incidente puntual, en el que sufrí la clonación de una tarjeta por parte de una banda organizada, algunas personas de tal oficina reaccionaron muy bien y muy pronto, y la cosa no pasó a mayores, fuera del obligado viaje para declarar como testigo, dos veces, en la Audiencia Nacional. Estoy contento con ese banco.

El mismo, además, presume desde hace años de estar en la vanguardia y ser punta de lanza en todo lo que se identifique como tecnológico. Es bien cierto que fueron de los primeros en contar con algunos adelantos, incluyendo el mensaje de texto cada vez que hay una compra con una tarjeta a mi nombre, o una disposición en efectivo en un cajero. Ese pequeño detalle fue el que frustró la argucia antes referida, por la que una persona recorría Barcelona efectuando compras cuantiosas y pretendiendo cargarlas a mi tarjeta.

En estos momentos, aunque aún no he hablado con ellos, estoy enfadado con mi banco. Ellos tienen un problema pero, como son fuertes, quieren pasármelo a mí, como hicieron cuando la primera entidad comenzó a cobrar por las disposiciones. Y a eso, a pesar de que sea -como consumidor- el eslabón más débil, no estoy dispuesto. Ya harán lo que consideren conveniente, pero a mí no me la dan con queso. Me gusta, pero no lo tomo por el colesterol.

Fíjense. Pongamos Coruña, por ejemplo. Mi banco tiene tres oficinas. En Ferrol, por ejemplo, no tiene ninguna. Ya les he contado que, coruñés de nacimiento y de siete octavos de mi vida, hoy por hoy compagino mi presencia en la ciudad con la vida en una aldea más allá de O Pedrido, ya en Ferrolterra. Busco la belleza y me pierde la tranquilidad, que en la urbe es cara y difícil. Pues bien, mi banco no tiene oficinas en toda la zona, exceptuando las tres referidas en Coruña. Pero a pesar de todo quiere ser mi banco, y explica sin recato su interés por una presencia cualificada en toda Galicia.

Mi banco, al no tener oficinas fuera de las tres de Coruña, no dispone de cajeros automáticos. Integrado en una de las redes de referencia en este país, otros bancos -con los que mi banco tiene o debería tener los acuerdos oportunos- dan ese servicio. Ahora estos últimos se han rebelado, y dicen que se acabó. ¿Y qué es lo que plantean? Cobrarme dos eurillos cada vez que acuda a retirar algo de MI DINERO, con el que está especulando MI BANCO sin remuneración alguna.

El problema, en cualquier caso, lo tiene mi banco. ¿Por qué? Porque, fruto de su política de frugalidad en su presencia territorial en la comunidad, no tiene cajeros, siendo este el abc de lo esencial para cualquiera que diga llamarse banco en los tiempos de hoy. Lo normal, si los otros bancos han decidido pasar factura por el uso de los cajeros de su red, es que se la pasen a mi banco, y que los dos eurillos, habida cuenta de que este se ha lanzado a operar en toda la comunidad sin casi una triste oficina ni otro medio que internet, los detraigan de sus pingües beneficios.

Por eso esta carta abierta, que no es más que un primer aviso. Prometo que llevaré cuenta mental de los dos eurillos cada vez que saque dinero del cajero, y que con ellos incrementaré cualquiera de mis cuotas en entidades sociales. Pero no los pagaré ni a mi entidad ni a cualquier otra. Antes, o cambio de banco, o hago una transferencia periódica a otro que sí tenga abundantes cajeros, y opero con una tarjeta de este último. O qué sé yo. Pero hoy no se puede jugar a dar un servicio sin darlo y, aún por encima, pretender cobrar por ello. Si no hace nada para remediarlo, el banco se pondrá en una situación muy débil. Los hay mucho mejor posicionados y con cajeros propios. Ellos verán.

Cordialmente y con cariño, pero teniendo claro que el pan es pan y el vino, vino. Y es que con las cosas de comer no se juega. Mi banco tampoco debería hacerlo.

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