Cartas a Laila

El bien que por mal nos venga

08.08.2015 | 01:07
Un hombre deposita una papeleta en una urna electoral.

La campaña electoral de las generales ha comenzado, querida Laila, en la última semana de mayo. De hecho llevamos diez semanas de campaña en la que se mueven partidos y plataformas políticas, directamente concernidos, pero también instituciones, medios de comunicación, organizaciones y oráculos empresariales, entidades y empresas, sindicatos, lobbies y similares grupos de cabildeo. Todo se hace, se dice, se cuenta y se programa en función de las generales próximas, que se entienden además como el punto final de un ciclo y comienzo de otro. Quien bien supere esa prueba, se asegura el poder, la influencia y, consecuentemente, ventajas, mamandurrias y privilegios, se supone, para un largo periodo. Quien no, será condenado al ostracismo, a las tinieblas exteriores y, con suerte, a la travesía del desierto. Por eso tantos nervios, tanto desafuero, tanto exceso, tanta hipérbole, tanta argucia, tanto engaño y tanta mentira consciente. Desde el 24 de mayo no se hizo otra cosa que campaña electoral. Desde los actos más sencillos e insignificantes, como ir o no ir a un sitio u otro, comparecer o no ante la prensa, decir algo o callarse, hasta los actos tenidos como más trascendentales, como leyes, anuncios de medidas inmediatas o mediatas, e incluso los mismos Presupuestos Generales del Estado. Todo es, si no mera, si principalmente propaganda electoral, generalmente engañosa, si no abiertamente falsa. Incluso las elecciones plebiscitarias de Cataluña se preparan y, sobre todo, se prevén como una ocasión de propaganda electoral para las generales, sea cual sea su resultado. De otra forma: al PP y al PSOE y, en buena medida, al resto de los partidos les preocupa mucho más saber cómo podrán aprovechar a su favor el resultado catalán, sea el que sea, que el resultado mismo, aunque se genere un conflicto político del copón.

Fíjate, querida, que a los partidos o plataformas recién llegados a cotas de poder municipal no se les ha dejado ni respirar e, incluso antes de tomar posesión en muchos casos, han empezado a ser criticados por presuntas decisiones, declaraciones de muy escaso peso político, económico o social, explotando y amplificando nimiedades para cargarlas de inusitado simbolismo retorciendo su significación. En esto han colaborado con entusiasmo redes mediáticas que parece se asustaron ante la posibilidad de un cambio serio en el país.

La gran maquinaria del poder en sus ámbitos económicos, sociales o de comunicación se ha puesto en marcha para frenar la fuerza de la indignación, de la sed de justicia y de la pasión por la igualdad y la equidad. Esto tiende, de suyo, a salvar a las dos grandes fuerzas del bipartidismo que son la garantía de la vieja política y de las redes que se benefician legal e ilegalmente de ella. Puede que no puedan ya conseguirlo plenamente, pero, querida, yo veo síntomas y señales de que están frenando y mucho los cambios a los que, parece, la ciudadanía aspira o aspiraba. El efecto de toda esta gran campaña de propaganda electoral es triple: primero pone en solfa el mensaje político de Podemos y demás fuerzas renovadoras en el sentido de que este era el momento de la derrota definitiva del bipartidismo. Parece que tendrán que esperar. En segundo lugar, es previsible una nueva frustración, más desencanto y más desafección de la política, ahora también de la nueva política, lo que dañará gravemente la democracia y la convivencia aunque no lo parezca. Y por último y en todo caso, habrá cambios bastante importantes, que serán ineludibles por las presiones ya ejercidas desde la ciudadanía harta e indignada. Este será, querida, el único aunque raquítico bien que por mal nos venga.

Un beso.

Andrés

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