Cartas a Laila

Deudas a pagar

29.08.2015 | 00:42
Inmigrantes, ayer en Macedonia, esperan para pasar la frontera griega.

Mi impresión, querida Laila, es que el hecho migratorio ha sido, es y será una realidad que cambiará -está cambiando- nuestra vida, la vida de todos los europeos. La emigración no puede evitarse, como ingenua o interesadamente pretenden los más cortos de vista. Lo más que podemos pretender -y esto es lo racional y lo ético- es gestionarla para que los emigrantes, los refugiados y nosotros veamos mejoradas nuestras vidas. Es decir, hacer políticas inteligentes y honestas para que, en todo caso y para todos, la emigración sea para bien. La emigración es y ha sido siempre un movimiento de masas que, como el fenómeno geomorfológico del mismo nombre, a veces es lento y a veces rápido. Y en Europa debiéramos saberlo bien, porque no debiera ser en vano que las ciudades y pueblos europeos se hayan ido transformando durante décadas con la llegada, lenta pero constante e imparable, de otras gentes, otras fisonomías, otras creencias y otras culturas que hacen cada día más policromas y diversas nuestras comunidades de vecinos. Este fue el movimiento de masas lento que, quizá con más sombras que luces, hemos ido asimilando. Lo que sucede ahora es que se ha vuelto rápido, extenso, impetuoso y frontal: como un ataque en oleada contras las inútiles barreras y puertas que hemos puesto al mar, primero, y ahora al campo. Esto es lo que alarma más a nuestros capitostes, cortos de vista, que no saben qué hacer y que nada tienen hecho ni preparado, a pesar de que el fenómeno fue siempre muy visible y es más viejo que la misma Unión. Ni el ignominioso cementerio mediterráneo ni las playas del sur son ya barrera suficiente y eficaz para contener la embestida de emigrantes y refugiados en oleadas imparables. Como en aquellas cargas de la vieja táctica militar, mueren muchos, pero llegan más y del mar del sur han pasado ya a los campos y fronteras del norte.

El camión frigorífico aparcado en los aledaños de Parndorf, con decenas de emigrantes muertos y pudriéndose en su interior, ha sacudido la conciencia y la sensibilidad del centro y del norte de Europa. Es como si fuera la primera patera abarrotada y hundida que ven. Hasta Ángela Merkel ha reaccionado y ha venido a decir que la Europa rica puede y debe encajar la acogida de los refugiados, como un imperativo ético y solidario, inherente a la esencia del propio proyecto europeo. Pero fíjate bien, querida, que, como tantos otros, distingue entre refugiados y lo que llaman emigrantes económicos. Es decir, distingue entre los que huyen de la guerra y de la muerte de los que lo hacen del hambre y de la peste. Como si para los afectados esto fuese decisivo. Seguramente será útil y necesario distinguir, pero estos, más que distinguir para mejor tratar un problema, lo que hacen es separar para no responder a uno de los problemas. Y esto, amiga mía, no solo es una tremenda perversidad, sino también un craso error. No podemos distinguir para excluir sino para mejor acoger. Lo sustancial es la extrema e inevitable necesidad de huir y da igual cuál sea el apocalíptico jinete que te persiga porque, al final, el resultado siempre es el mismo: la injusticia, el dolor y la muerte.

No debemos olvidar los europeos que emigrantes y refugiados vienen del sur, que es ese lugar donde los del norte nos hemos aplicado a extraer riquezas y donde hemos establecido campos de batalla que barremos con las armas mortíferas que fabricamos y vendemos. Alguna responsabilidad, histórica e incluso colectiva, hemos tenido y tenemos en que a estas alturas sigan cabalgando a sus anchas por las tierras de África y de Oriente Medio los cuatro jinetes de Apocalipsis.

Y es que a Europa, querida, le quedan deudas pendientes, que es justo y necesario pagar.

Un beso.

Andrés

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