Protejamos a los periodistas

17.09.2015 | 01:11
Protejamos a los periodistas

La Prensa en España no tiene buena prensa; se la acusa de mentir, ocultar o manipular, pero siempre se hace un juicio popular y de valor sobre un paquete manufacturado donde empresa periodística y periodistas se colocan a igual nivel de presuntos intereses, objetivos, beneficios e interesadas relaciones empresariales y políticas. En España las cosas importantes nunca han estado suficientemente protegidas. La libertad de prensa fue una de ellas y la libertad y dignidad de los periodistas, la otra.

La prensa que se hace con periodistas es ese eslabón que nunca ha de ser perdido y que se sitúa entre el pueblo y sus derechos y el poder y sus obligaciones. ¿Se entiende? Ello quiere decir que la prensa por definición ha de estar siempre frente al poder como elemento de control a su gestión. Cuando un periodista pregunta a un político, es el pueblo quien está preguntando, justo a través de esa herramienta democrática que son los medios de comunicación. Y el entrevistado ha de contestar con la verdad y el respeto que tanto el pueblo como los periodistas se merecen.

Sonsoles Ónega pregunta a Rajoy sobre una fecha electoral y el presidente de Gobierno le contesta ¿llueve mucho verdad? Sí, llueve mucho. Trillo Figueroa, de los Figueroa Yacolev de toda la vida, le ofreció un euro a una becaria por el valor de su pregunta. Muy simpático. Aznar fué más allá; le metió un bolígrafo por el escote a una periodista mientras cerraba la faena con una de sus risas mefistólico-chaplinescas. Y de Quintanilla de Onésimo. Fraga a mí en una multitudinaria rueda de prensa me espetó: tiene usted una cara que saca la gana a cualquiera de contar chistes. Lo mío con Fraga fue un amor a primera vista. Blesa y Rato nadan en un mar de micros y cámaras. A las preguntas de la prensa contestan mecánicamente, gracias, gracias, muchas gracias. Y se meten en el Audi protegidos por guardaespaldas que encima pagamos todos. En los EEUU, donde Tomas Jefferson, tercer presidente americano, afirmó que "entiende un Estado sin gobierno pero no un país sin prensa libre", allí, Donald Trump echó de una rueda de prensa al más prestigioso periodista de la televisión latina, Jorge Ramos, usando para ello un matón a sueldo.

La función de la prensa como tal no puede terminar en una simple correa de transmisión entre el administrador y el administrado, ciudadanía y poder. En los medios de comunicación ha de fraguarse el ir y venir de las ideas contrapuestas en áreas dispares, como los baremos que hayan de regir el flujo de las libertades, las opciones de cobertura social, las alternativas a la cuestión económica o los condicionantes que delimiten las fronteras de lo laico y lo confesional... Para ello es irrenunciable que la empresa periodística valore en toda su medida la calidad del producto elaborado con los mimbres del rigor y el respeto a la verdad y la independencia, la pluralidad de criterios y esa vocación de servicio a lo público y lo democrático, como vías abiertas a la consecución de una sociedad más libre, más plena y más culta.

Esa es la plataforma sobre la que asegurar el legítimo y necesario objetivo de rentabilidad, que llega siempre vía consumo del producto periodístico y no de forma especial por los canales que conducen a la cercanía al poder, la subvención, las campañas más o menos encubiertas o las adhesiones inquebrantable de editores que acusan, confiesan, prometen o simplemente se arrodillan, en vergonzosa parodia del nobilísimo artículo de Emile Zona en La Aurora.

Hay que proteger a la prensa y a quienes hacen posible la libertad de expresión, que no son otros que los periodistas, aunque haya grupos de inversión que defiendan una comunicación marginándoles. Los consejeros y directores de medios han de cuidarlos de las imposiciones de los jefes de gabinete y asesores de imagen que exigen o imponen cuestionarios, que rechazan según qué temas, protegerlos de los plasmas que ocultan presidentes, de las ruedas de prensa sin preguntas, de los déspotas que amenazan o pasan el recado que puede costar un empleo, hay que rescatarlos de una precariedad que se convierte en miedo y autocensura, porque como cantó el gran Atahualpa, si se calla el cantor calla la vida.

Si no protegemos a los periodistas, y vuelvo al gran Yupanki, los humildes gorriones de los diarios, estaremos dejando desamparada a la democracia. Que es lo que justamente intentan más de cuatro impresentables.

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