Al trasluz

Queda mucho partido por jugar

24.09.2015 | 01:00
Queda mucho partido por jugar

Nada está atado, solo hilvanado. Todavía hay mucha tela que cortar. Varios de los más relevantes muñidores de la operación se afanan en hacer llamamientos a la prudencia. Advierten que no se produjeron en los últimos días avances significativos en el proceso de confluencia hacia la gran marea gallega, no más allá de la elaboración del documento político llamado a constituir el esqueleto ideológico y estratégico de un futuro programa conjunto. Recelan de las consecuencias que puedan tener algunas de las últimas informaciones periodísticas y las filtraciones que interesadamente dan por zanjadas cuestiones que ni de lejos lo están. Hay que evitar que siga trascendiendo el minuto de juego y marcador, cuando aún queda mucho partido por jugar y tal vez el resultado definitivo llegue en tiempo de descuento.

Anova, Esquerda Unida y Podemos intercambiaron puntos de vista durante semanas hasta alcanzar un notable grado de coincidencia en los postulados. En pocas fechas verá la luz el documento consensuado con vistas a alimentar el debate público de base, documento que aún puede ser revisado en determinados aspectos con la aportación de las formaciones, corrientes políticas y movimientos o plataformas sociales que finalmente se incorporen al proceso. Se admiten, si no tachaduras, matizaciones o añadidos e incluso aquellas enmiendas parciales que sirvan para que la propuesta final sea asumible por quienes aún tienen recelos.

No hay nada que comunicar, dice la líder de EU, Yolanda Díaz. Nadie quiere hablar de un preacuerdo electoral entre los principales socios de AGE y el partido de Pablo Iglesias, sino de un primer paso hacia la candidatura de unidad popular, en la que confluirían la izquierda rupturista y el nacionalismo. Al parecer, no se pusieron todavía encima de la mesa los criterios de reparto de los primeros puestos de las listas y menos aún los nombres de quienes podrían encabezarlas. A partir de la experiencia de las mareas en las municipales, eso debe pasar por los mecanismos participativos y asamblearios propios de estos movimientos.

Entre los beiristas, la Izquierda Unida gallega y el partido de Pablo Iglesias se hacen oír voces que se empeñan en desmentir que el Benegá se haya quedado definitivamente al margen de este frente común y mucho menos que se pueda dar por excluido. No niegan, sin embargo, que el grupo nacionalista que lidera Xavier Vence no debe andar lejos de romper la baraja, porque cree que hay quien juega con cartas marcadas y que incluso se está disputando una partida por encima y otra por debajo de la mesa.

El Bloque confirma que mantiene su voluntad de sumar voluntades (de abajo arriba, no al revés) de cara a la tan deseada candidatura gallega de unidad que otorgue a Galicia una voz propia en el Congreso. Entiende que solo así se le garantizaría a este país el protagonismo que le corresponde en el proceso constituyente que inevitablemente seguiría a la victoria del rupturismo en las urnas de diciembre. Habrá participación activa de los bloqueiros en la asamblea de la Plataforma Iniciativa pola Unión de este fin de semana en Compostela. Una cita que en todo caso puede servir para seguir alentando la esperanza en la gran marea nacional gallega como para certificar de forma casi definitiva la defunción de ese movimiento político.

El caso es que se extiende la idea de que, sobre todo si al final el Benegá no está en la candidatura unitaria, Xosé Manuel Beiras será una de las figuras de referencia, algo similar a un cabeza de cartel. Por tanto, es probable que veamos al viejo profesor ocupar escaño y subirse a la tribuna de unas Cortes que él desea constituyentes. En tal caso tendría la oportunidad de emular a Castelao y a los diputados galleguistas de la Segunda República, con los que se siente tan identificado y con quienes muchos le asimilan, especialmente aquéllos ven claros paralelismos entre lo que se está cociendo ahora mismo en Galicia y aquel histórico pacto del Partido Galeguista con el Frente Popular que alumbró el Estatuto de Autonomía de 1936, ese que malogró la Guerra Civil pero que, cuarenta años después, nos otorgó la condición de nacionalidad histórica, a la altura de Cataluña y Euskadi.

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