Editorial

El sentimiento de los gallegos, un ejemplo

27.09.2015 | 03:08

Sea cual sea el resultado de las elecciones autonómicas de hoy en Cataluña, convertidas en un pronunciamiento sobre España por las ínfulas de los independentistas y la huida hacia adelante de los partidos que les apoyan, el daño está hecho y la herida tardará en curar. No habrá vencedores ni vencidos, porque todos pierden, y lo único que va a quedar patente es una fractura entre catalanes, y entre muchos de los catalanes y el resto de los españoles, empujados por planteamientos intransigentes a una tragedia de complicada salida. Los gallegos no votan, pero el resultado final del proceso va a condicionar su futuro. Es absurdo perseguir culpables. Lo que se necesitan ahora son soluciones. Desde mañana harán falta muchas dosis de sensatez y cordura para reconducir la deriva.

El problema empieza a resultar, parafraseando a Ortega, cada día menos conllevable. Nadie conoce los costes reales de la independencia, pero sí quién va a pagarla desde el primer momento: el pueblo. Los catalanes, los gallegos, los andaluces, ? Porque esos beneficios que proclama el pensamiento secesionista mágico, si los hubiere, sólo para los ingenuos llegarán de forma instantánea. Las cosas han alcanzado tal grado de éxtasis que han cegado el debate racional. Desde el lunes habrán de procurarlo quienes deseen un arreglo.

No existen en el pasado en común o en la economía argumentos para justificar el desgarro. Cataluña nunca fue nación política soberana, aunque el maniqueísmo construya y manipule mitos a su antojo. El sistema tributario español es uno de los más descentralizados y el nivel de cesión de gobierno a las autonomías carece de parangón. El Estado sostiene el 60% de la deuda pública catalana y sólo Grecia soporta intereses mayores por sus préstamos que Cataluña. La solidaridad interregional permite seguir pagando las deficitarias pensiones catalanas. Las inversiones aumentaron desde el Estatut. Habrá desajustes corregibles dialogando, pero el trato fiscal no sale tan desfavorable como pintan algunas balanzas interesadas.

Tampoco existen en el ejercicio del derecho y de la democracia razones para la desconexión. Ni España oprime a Cataluña, tal como jalearon en el final de campaña los Juntos por el Sí, ni una proclamación unilateral de independencia, violando a la torera las reglas de juego, resulta posible. Desde las revoluciones liberales del siglo XVIII, el principio de legalidad caracteriza a las naciones contemporáneas. Por coherencia con ese estado moderno que desean alumbrar, los rupturistas tendrían que ser los primeros en comprenderlo, y en luchar en todo caso desde dentro del sistema para que la ley reconozca la autodeterminación y establezca quiénes y cuántos son suficientes en referéndum para ejecutarla.

Y sin embargo un grupo numeroso de catalanes está muy descontento con España por años de incomprensión, distanciamiento y reproches. Negarlo sería un suicidio, y no intentar recomponer la relación, también. En ese sentimiento tienen mucho que ver la profunda crisis, la corrupción, el victimismo incesante, la siembra del odio a lo español, simplismos y falsedades eficaces hacia afuera -"España nos roba"- y hacia adentro -"quien no asume el independentismo no es catalán"-, una generación de educación tergiversada y una vieja casta política que se embosca en Cataluña para resistir y encubre bajo la estelada sus inutilidades y su administración putrefacta. Consolidar este malestar en una carrera sin fin hacia el abismo sólo traerá inestabilidad y accidentes inesperados.

Los gallegos -un ejemplo para el país, la nación, la nacionalidad o el Estado, llámelo cada cual como prefiera- vienen demostrando desde la singularidad de comunidad histórica que conforman que se consideran partícipes de una obra histórica, de un proyecto conjunto en el que creen firmemente que juntos se llega mucho más lejos que separados, y en el que ser diferentes para nada entraña tratos desiguales. La cooperación exitosa constituye para los gallegos, de forma natural, su manera de entender la realidad. Desintegrar una comunidad supone romper zonas difíciles de recuperar, empezando por la confianza mutua.

Un gallego ama tanto o más que un catalán su solar sin necesidad de confrontar esa pasión con otras para sentirla muy dentro. La bandera de Galicia ondea espontáneamente en más actos por todo el mundo que la senyera o la ikurriña, basta observar las retransmisiones de acontecimientos de masas para corroborarlo, sin que su exhibición signifique repudio hacia alguien, ni nadie lo entienda como una agresión. En los meses trascendentales que aún quedan por delante, lo más valioso y positivo que Galicia puede transmitir a Cataluña es este proceder tan auténtico y colaborativo de vivir la filiación. Una sociedad competitiva y compleja exige colaboración y unidad ante los desafíos.

Cataluña aporta mucho a España. Cataluña es una comunidad próspera. Ojalá lo fuera más para que sus habitantes pudieran vivir mejor y que Cataluña fuese la locomotora de España. No se trata de desgajar para abrazar utopías improbables, sino de cambiar. De que España y Cataluña se transformen y progresen, de romper el anquilosamiento, de acometer las muchas reformas aún pendientes para funcionar mejor, entenderse y, aun reconociendo las singularidades, evitar prebendas.

Las narrativas levantadas desde el poder casi siempre provocan espirales de silencio: nadie osa advertir al rey que anda desnudo. Por los españoles y los catalanes que han permanecido hasta el momento mudos, que tienen ideas claras y espíritu crítico, y no son indiferentes aunque prefieran antes trabajar y ganarse el pan que vociferar y ocupar las calles, a los independentistas hay que recordarles hoy aquella frase del periodista, político y académico de la lengua francés Étienne Lamy: "El gran arte en política no reside en comprender a los que hablan, sino en comprender a los que callan".

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