Shikamoo, construir en positivo

Cuando ya no hay esperanza...

10.10.2015 | 00:42
Cuando ya no hay esperanza...

Qué hacía usted hace cinco años, el día 10 del 10 de 2010? Yo recuerdo que ese día, aproximadamente al mediodía, entraba en el Estadio Olímpico de Múnich, finalizando la que fue mi segunda Media Maratón en la ciudad, después de una primera ocasión en los Eurogames de 2004. Un momento especial, con aquel presentador gritando y lanzando consignas a los corredores que, sudorosos, llegábamos al arco de meta, con un público entregado en aplausos y un nivel de algarabía realmente superlativo. No cabe duda de que fue una ocasión especial, que rememoro hoy con ustedes, cinco años después. Ya saben, esos momentitos que a cada uno se nos quedan grabados, y que suponen ese poso tan personal sobre el que se construye la memoria de la vida...

Una vida que, en esencia, se nutre de esos momentos especiales, que le van dando carácter y color, y que representan el conjunto de experiencias que nos van definiendo, muy diversas para cada uno. Así se va construyendo una existencia rica, plena y llena de matices, que algún día -por definición e indefectiblemente- terminará, y que tiene sentido en tanto que el individuo está conectado, en cualquier medida, con la realidad, y el mismo no sufre más allá de un cierto listón que se pueda entender como asumible. Cuando surge la enfermedad, mientras hay camino hay esperanza, sin perder de vista que las dificultades son siempre retos a partir de los cuales nos superamos y aprendemos. El problema surge cuando, en tal ámbito de la salud, el camino ya no tiene vuelta atrás, y no existe posibilidad de mejoría y todo es empeoramiento, sin ninguna remota llama de tal esperanza. Pensemos hoy sobre ello, al hilo de un caso que conocerán, que ha conmocionado a la opinión pública, y que ayer mismo tuvo su desenlace.

Y es que estos días se ha conocido en Galicia una lucha que no nos puede dejar impertérritos. La de los padres de Andrea, una menor afectada por una enfermedad rara, degenerativa, incurable y en un estado terminal, que pedían, con todo el dolor que ello puede significar, parar las inercias terapéuticas que desarrollaban una acción en positivo, sin la cual la niña fallecería, pero que en sí no iban a provocar ninguna mejoría ni un ulterior cambio a un escenario más favorable para la misma. Sólo un mantenimiento de una situación ya extrema. Una lucha que terminó en el Juzgado, que no llegó a intervenir ante el empeoramiento del estado de la niña y un consiguiente cambio de criterio médico, que finalmente retiró la alimentación asistida y sedó a la paciente, con el resultado de su fallecimiento ayer mismo.

Miren, soy de los que piensan que no todo es cantidad, sino sobre todo calidad. A modo de ejemplo, si uno está en coma, pero tiene una remotísima posibilidad de salir y mejorar, hay que luchar. Pero si la persona tiene lesiones irreversibles e incompatibles con una vida fuera de un estadío vegetativo permanente donde el soporte sólo va a eternizar una situación de desconexión total con la realidad, o si su sufrimiento es tal que no amerita el resistir cada día, ¿por qué perseverar en un camino que no lleva a ninguna parte? No estamos hablando aquí de acciones positivas para morir, que es otro debate más complejo, sino simplemente de rechazar un tratamiento o, como en el caso de Andrea, un mero soporte vital que no va a producir mejoría alguna. Una realidad amparada por la legislación española desde hace unos años, buscando prevenir también lo que se ha dado en llamar ensañamiento terapéutico, y que consiste, simplificando, en el hecho de la persistencia más allá de lo razonable en la aplicación de tratamientos que no producen ni producirán el efecto deseado de mejora de la salud o, por lo menos, de freno del deterioro de la misma.

Expertos en bioética se han pronunciado alto y claro. El caso de Andrea era paradigmático de lo que nunca debió haber llegado hasta ahí, tal y como también había recomendado el Comité de Bioética del hospital en que estaba ingresada. La naturaleza, al fin, ha puesto las cosas en su sitio. Y es que lo técnico es lo técnico, y hay mucho más a partir de ahí. Al técnico, al facultativo, hay que escucharle para conocer qué posibilidades hay en la evolución de diagnósticos y estadíos, y en la elección de los mejores tratamientos para intentar revertirlos. A partir de ahí, entran más factores para poder decidir. Y no cabe duda de que ese es un terreno muy personal, de elección de la propia persona afectada o de sus representantes legales.

Descansa en paz, pequeña criatura. Y que esos momentos bonitos que todos tenemos, a los que aludía al principio de este artículo, sean para tus padres lo más importante que quede de una senda que a vosotros os ha tocado trufada de dificultades y de problemas. La vida también tiene mucho de eso. Por eso es importante disfrutar lo bueno, maravillarse con el simple hecho de vivir, y tratar de quedarse con los momentos maravillosos, que también los hay...

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