A propósito de una desafortunada entrevista

11.10.2015 | 01:49
A propósito de una desafortunada entrevista

Sostiene en reciente entrevista en La Vanguardia el profesor Pérez Royo, constitucionalista ampliamente reconocido por sus colegas entre los que me cuento, que España no tiene Constitución porque el Tribunal Constitucional acabó con ella mediante un golpe de Estado, la sentencia sobre el Estatut de 2010.

Se refiere a la Constitución territorial pero más adelante eleva el tiro y dice que no hay que reformar la Constitución sino volarla, hacerla saltar por los aires e ir a un proceso constituyente. Y remata, tras afirmar que tenemos una Constitución monárquica, bipartidista y antifederal que ya no representa a la nueva sociedad española, pronosticando que el Congreso que salga de las próximas elecciones no va a poder gobernar. O cambia el sistema electoral porque no incentiva a los pequeños partidos para que faciliten la gobernabilidad porque si lo hacen se arriesgan a desaparecer, o no hay solución.

Me resulta imposible no discrepar enteramente de todo lo anterior. Empezando por el final, si el problema es el sistema electoral bastaría con cambiar la ley sin necesidad de cambiar la Constitución. Pero sin olvidar que esa ley electoral ha permitido durante años formar mayorías capaces de sostener gobiernos estables de derecha e izquierda con mayorías absolutas o simples con apoyos diversos. Que los pequeños partidos, cuyo tamaño está por ver, no quieran pactar con los grandes para facilitar gobiernos estables no está probado sino que, por el contrario y de momento, tras las recientes elecciones locales y autonómicas Podemos, Ciudadanos, Compromis y otros han apoyado a uno de los grandes sin mayores dificultades. No veo por qué acuerdos parecidos no serán factibles después del 20 de diciembre. Otra cosa es pensar en una altísima fragmentación parlamentaria sin grupos destacados y con una polarización extrema, pero no parece que las cosas vayan por ahí. Y por cierto, en el Parlamento de Cataluña hay, tras las elecciones celebradas con la ley electoral estatal al carecer de una propia, varios pequeños partidos y bastantes dificultades para formar gobierno, pero la culpa no es de la ley. El asunto esmás complejo. Tampoco veo por qué los dos grandes deberían cambiar la ley orgánica electoral para incentivar la presencia de más partidos pequeños. No parece muy sensato.

Y llegamos al principio, al golpe de Estado del TC.

No hubo tal sino sólo una sentencia que como todas agrada a unos y encrespa a otros. Lo más correcto es que el TC se hubiera pronunciado tras la aprobación del Estatut por las Cortes y no después del referéndum. Para eso se ha reintroducido en septiembre de este año en la Ley Orgánica del TC el recurso previo de inconstitucionalidad contra Estatutos de Autonomía, pero en 2006, fecha de presentación del recurso, las reglas eran otras y el TC actuó conforme a ellas. Me temo, en todo caso, que también se habría declarado inconstitucional el Estatut con el recurso previo.

No puede hablarse de golpe de Estado ni como exceso verbal. Tampoco hay causas objetivas para abrir el proceso constituyente que también piden Podemos y la CUP. La propuesta continuaría nuestra turbulenta historia constitucional terminando temerariamente con su mejor etapa. No sé si se reformará la Constitución ni en qué extremos, pero de lo que estoy seguro es de que volarla tiene muy pocos partidarios. Somos millones los ciudadanos de derechas e izquierdas que confiamos más en la política que en la dinamita, ni siquiera a efectos dialécticos.

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