La feliz gobernación

No soy trigo limpio, Sr. Cañizares

20.10.2015 | 00:53
No soy trigo limpio, Sr. Cañizares

Supongo que todos sabemos que me refiero a unas declaraciones de don Antonio Cañizares, alto directivo del estado vaticano en Valencia, en las cuales sembraba duda y confusión sobre la calidad humana de los refugiados que intentan buscar asilo en un mundo supuestamente tan civilizado como el nuestro. Los ciudadanos del reino de España podríamos poner alguna tacha a los regímenes de los que huyen por falta de democracia, pero desde luego el poderoso ejecutivo de amplia trayectoria en las hemerotecas, puesto ahora en el candelero, no puede cuestionar absolutamente nada, por su historia y la de su empresa, por el presente que se intenta maquillar con el nuevo mandatario afincado en Roma y por el futuro que les espera, sin novedad alguna en el mercado.

Pues bien, el ínclito personaje se despacha a gusto, pero sin hablar del todo y clarito, pontificando que los refugiados que hemos de recibir -quiera él o no- son clientes de otra empresa y no tienen pensado cambiar de proveedor de necesidades espirituales expendidas por la marca a la que son fieles, o también puede suceder que no sean consumidores del producto que vende el señor Cañizares ni de ningún otro de la misma línea comercial, que venda parcelas en otros mundos.

Como pueden ya suponer no soy cliente ni seguidor de la mercadotecnia del señor Cañizares ni de ninguna otra, incluida la que pagan los perseguidos que buscan refugio. Es más que posible que todo se deba a un problema mercantil, es decir, que los recién llegados -si es que llegan- constituyan una masa crítica que ponga en peligro el monopolio de la empresa del señor Cañizares y ahí se mueve mucho dinero, porque es bien sabido que los que no compramos esa mercancía, de ninguna marca, sufragamos religiosamente -y perdón por el sarcasmo- los gastos de todas las empresas del sector, aunque la del señor Cañizares se lleve la mayor tajada cada vez que se publican los presupuestos generales del estado; la razón no hay más que buscarla en el tratado internacional suscrito a finales de los años 70 entre el estado vaticano y el reino de España, gracias a la vigencia del cual los dineros fluyen sin control desde la hacienda pública a las cuentas bancarias controladas por el señor Cañizares y sus colegas de otras demarcaciones.

En todo caso, creo que hay que darle las gracias a los que les suministraron las sustancias necesarias para que don Antonio se desinhibiera y dijera lo que en realidad pensaba, sin entrar en mayores profundidades. Cierto que después quiso desdecirse, autocensurarse; fue un vano intento frustrado, para que se le corriera el rímel que maquilla sus pensamientos.

Curiosos son los silencios aprobatorios de sus colegas de la empresa vaticana. Nadie se rasgó las vestiduras, quizá el grado de coincidencia sea mayor del que pensábamos.

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