Shikamoo, construir en positivo

Un Alvia en mi paraíso

04.11.2015 | 00:51
Un Alvia en mi paraíso

Muchos de los días de la semana, ya en las últimas horas del día, tengo la costumbre de hacer una hora y pico de ejercicio en sala, intenso y reparador, en un lugar idílico al lado de una playa. Y, al salir, dar un pequeñísimo paseo, reconfortante y en armonía con la naturaleza, escuchando las olas del mar y cómo se mecen los árboles. En un momento dado, generalmente puntual, un bello monstruo mecánico de aerodinámica línea entra en la escena, y como sobrevolando todo ese paisaje, nos obsequia con unos segundos de contraste, mientras llega cruzando la bahía y, después, se aleja engullido por el bosque rumbo a su destino final. Es el Alvia Madrid- Ferrol, al que veo cada día.

Un día de julio, hace ya más de dos años, el tren no se presentó a la cita. Llegaron primero algunos rumores de que había descarrilado, para rápidamente presentarse ante nosotros la evidencia más horrible. Docenas de personas habían quedado atrapadas en el amasijo de hierros en que este se convirtió, después de una salida de vía achacable a excesiva velocidad, en la hoy tristemente conocida curva de Angrois. Ochenta y dos de ellas murieron, y otras muchas arrastran hoy secuelas graves. Esa es la razón por la que no puedo evitar, retrotrayendo el pensamiento cada vez que el Alvia atraviesa la escena incomparable de mis noches tranquilas, una vuelta a aquel 24 de julio de 2013.

Esa noche, confirmados los hechos, cogí el coche y me planté en la estación de trenes de A Coruña. Aunque el destino final del convoy era Ferrol, pasaba antes por la ciudad herculina, donde yo tenía responsabilidades, y lógico era pensar que muchas de las personas que viajaban en el tren iban allí. En los andenes estaban también el alcalde de la ciudad y representantes institucionales de la Xunta de Galicia. Médicos, enfermeros y psicólogos apoyaban a las personas que, asustadas, desconcertadas e interesadas en los suyos, irrumpían en San Cristóbal con la sombra de la tragedia escrita en sus caras. Fueron horas complicadas, se lo aseguro. Al tiempo que los detalles de lo acaecido en la curva de entrada a Santiago se iban despejando, la negrura más intensa se cernió sobre las expectativas de muchas personas. La noche empezaba a dibujar los trazos gruesos de un desastre colectivo.

Volví a casa a altas horas. Y, desde entonces, sigo viendo aquellas caras tristes y largas de familiares y amigos de los viajeros cada vez que, en mi apacible recorrido de cinco minutos entre el bosque, la playa y el mar, el Alvia acude a mi encuentro. Y no es algo que se produzca desde el bloqueo o un sentimiento que no pueda ser enfocado racionalmente, no. Creo que, y les hablo íntimamente, esa sensación tiene más que ver con el estupor, la duda y, si me apuran, casi la incredulidad... ¿Cómo pudo haber pasado?

Tal sensación se ha incrementado en los últimos tiempos. Y fue a raíz del reciente cierre de la instrucción del caso, siendo el único imputado el maquinista, que seguro que ha llevado lo suyo desde entonces. Y es que, respetando absolutamente lo correspondiente a las cuestiones técnicas, procedimentales y jurídicas, el resultado de tal ejercicio llama poderosamente mi atención... Se diseña un sistema con una controvertida curva, fruto de la modificación de un plan mucho más racional, y no pasa nada. Se priva a dicha línea de los más elementales sistemas de seguridad que automáticamente hubieran frenado o atenuado eficazmente la velocidad de un tren a una velocidad mortífera en un tramo no apto para ella, y no pasa nada. Y, al final, el único imputado es un operario que, por lo que cuentan las crónicas, tuvo un despiste de muy poco tiempo cuando dilucidaba con el interventor del convoy dónde tenía que parar el largo tren, precisamente cerca de mi templo natural, para que pudiese bajar bien una familia. Un operario que, solo en cabina, está visto que no podía permitirse tal despiste, un mareo, un infarto o cualquier otro problema transitorio, so pena de que pasase lo que, finalmente, ocurrió. ¿Dónde se ha visto? ¿En qué cabeza cabe? ¿No les chirría?

Ya ven... Creo firmemente que la gestión de lo público -y hablo desde la experiencia- incluye la asunción de responsabilidades cuando se desoye el criterio técnico y se opta por rebajar costes o apurar plazos a cualquier precio. En mi opinión, todo esto ha pasado en Angrois, a pesar de que ahora la culpa se cargue sólo sobre un trabajador que ni es Superman ni podía serlo. Todos podemos cometer errores y, en un entorno de tan ágil necesidad de respuesta, estos suceden antes o después. Y por eso hay tecnología para evitarlos, altamente probada y en funcionamiento en muchos países, incluidos muchos kilómetros de alta velocidad en España...

Seguiré viendo el Alvia cada noche. Bello y ligero, devorando sus últimos kilómetros hasta un reposo bien merecido. Y, como las experiencias de cada uno se llevan dentro, seguiré recordando aquella luctuosa jornada y, a partir de ahí, a muchas personas que no conocía, y que ya no conoceré porque tuvieron la mala suerte de estar en el momento equivocado en aquel tren a ninguna parte. Pero, también, cómo no, seguiré asombrándome por el concepto que en este país tenemos de responsabilidad y por una lógica un tanto feudal donde, pase lo que pase, parece que casi únicamente pagan los siervos de la gleba...

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