Pro domo nostra

La marca de los siervos

01.02.2016 | 00:37
La marca de los siervos

De la verdad no ha quedado más que una fetidez de notarios, una liendre lasciva, lágrimas, orinales

y la liturgia de la traición.

(Antonio Gamoneda: Descripción de la mentira)

Muchos de los que fuimos progres en una juventud ya lejana, tuvimos por revolucionaria una propuesta que aspiraba a una sociedad sin escuela y que podía dilatarse in aeternum si el programa oculto de los maestros del régimen -los de la República habían sido depurados o directamente "paseados" por falangistas- no fuera otro que amartillar el fascismo en las cabezas infantiles, tan curiosas e inquietas, pero también tan desavisadas.

Éramos jóvenes, bienintencionados e impacientes. Apenas habíamos salido de casa y vivir, contra aquel tiempo ominoso, era una urgencia inaplazable. No habíamos leído casi nada y lo ignorábamos casi todo.

En tales circunstancias, y a falta de la lección definitiva que a la Humanidad dictó más tarde un individuo tan estimable como Pol-Pot, nos nutríamos de un pasto mixto que otros defecaban tras rumiar prontuarios tan infantiles como el de Georges Politzer, exactamente al modo de aquellas cabras abisinias que comen el grano más simple y, sin embargo, tras recorrer de principio a fin su complejísimo aparato digestivo, entregan, al cabo del tracto, el café más exquisito.

Fue uno de aquellos rumiantes de primera instancia quien, como si nos hallásemos en el umbral mismo de aquella realidad tan ardientemente deseada, atemperó el ímpetu de los enragés y consiguió dejar la revolución para momentos mejores argumentando, con admirable desparpajo, que el objetivo no podría alcanzarse, ni era deseable, mientras la educación no fuera conquista que abriera las puertas de la escuela a todos los españoles.

Entonces, sí. Entonces habría que tomarla y hacerla desaparecer, por innecesaria y superflua. Sí, la escuela desaparecería -se aseguraba con fe inquebrantable- porque el ciudadano aprendería de la convivencia armónica, solazándose en los gozosísimos veneros de la "democracia popular", cuanto hubiera él menester para ser socialmente útil e individualmente feliz.

De igual modo que por las de cualquier otra ciudad universitaria de la época, por las rúas de aquella Compostela en que los curillas más reaccionarios trataban en vano de acallar el librepensamiento, se sabía ya con absoluta seguridad que para el estreñimiento resultaba más eficaz el laxante Bescansa que una estampa del Apóstol.

Tal vez por eso quienes, tras haber sobrenadado en aquel poderoso torrente, algún tiempo después gobernaron la vida nuestra ya a pie enjuto, reconocieron la educación como un derecho universal.

Y fue entonces cuando los partidos a los que, libres ya de juveniles excesos, ellos habían conseguido encaramarse -el PSOE de modo más principal-, desistieron de aquella revolución imposible, que acaso Illich pensase para Albania como un lindo cuento de pastores.

Así, los nuestros decidieron, pragmáticos, ensayar otra posible que encomendaron a Maravall y éste a Marchesi y éste a otro gurú de la cosa -de cualquier cosa- llamado Rubalcaba, que luego fue famoso?

Todos juntos dieron con una senda que confundía interesadamente "las posibilidades iguales de educación" con la escolaridad obligatoria, para llegar por ahí a una escuela inane; una escuela que no instruye ni redime ni consuela; una escuela que "huele a madre y a heno", para patrocinar la estabulación y el aprobado; una escuela que es máquina de alienación de los humildes, formidable factoría de lacayos?

En resumen, una revolución posible, una revolución mañosa urdida para llevar a la clase obrera al paraíso. Al fementido paraíso del subsidio, que en el birlibirloque de la Logse ha diluido como por ensalmo cualquier contestación.

Porque el silencio es la marca de los siervos, no hay quien alce la voz contra el saqueo cuando arrecian la desigualdad y la injusticia. No educó la escuela ni instruyó para denunciar la corrupción, antes para verla como calva ocasión, como oportunidad. Puede que para anhelarla como la más sentida aspiración personal.

De esa realidad intolerable y fecal sólo ha surgido un populismo oportunista, achulado y soberbio que siendo parte se proclama sin réplica como todo: él es "la gente"; él es "el pueblo"; él es "la democracia"; él es "la decencia"; él es "la izquierda verdadera"; él es "los de abajo", con Carolina Bescansa a la cabeza.

Aunque envolviera su discurso con recortes de Lenin y de Gramsci y de Negri para trenzar su promesa de rescatar derechos y salvaguardarlos, el recorrido de su proyecto podemos verlo en el ejemplo de Syriza y sus cacareados efectos salvíficos relumbran en Venezuela donde se ha repartido sangre, miseria y llanto a manos llenas.

La Historia enseña -también la nuestra- que el populismo perjudica gravemente a los desfavorecidos. Acaso porque esa "democracia de la gente", esa "democracia popular", requiere de un caudillo y de una organización interna parecida a la que aquí tuvo la Falange. El caudillo pensará que no saben los españoles lo que les conviene, que desconocen o menosprecian el remedio que puede salvarlos y él, hombre de tantísima fe, no podrá hurtarse al designio de imponerlo, así sea por la fuerza, si alcanzara el poder suficiente.

A partir de ahí, los falangistas se encargarán ya de todo lo demás.

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