Pro domo nostra

Iglesias

29.02.2016 | 00:30
Iglesias

Por si faltasen motivos deleitosos; por si nuestros amenos barandas no contribuyeran al general despelote con múltiples ruedas de prensa en las que cada uno anunciaba la incompatibilidad del suyo con otros autismos; por si esos lideriños de una Europa nuestra que es sólo cueva de mercaderes y no territorio moral, no hubieran asistido a Cameron prestamente y con librea por ensanchar la parranda; los entrampados ciudadanos, saltando de una Rita en otra, como de oca en oca, disfrutaron de lo lindo estos días entre el relajo jaranero de las Carnestolendas y el abatido rigor de la Cuaresma.

La una, que fue alcaldesa de Valencia, sin duda por esconderlos y no mostrar sus féferes, que a tantos podrían comprometer, se acogía a sagrado y tomaba Iglesia -Iglesia fría- en el Senado.

La otra, concejala del grupo de gobierno en el ayuntamiento de Madrid, comparecía ante un tribunal que la juzgaba por haber mostrado su torso desnudo en la capilla de la Universidad Complutense -Libertas perfundet omnia luce- durante una protesta universitaria acontecida hace años.

Se explica aquella juvenil provocación como un rechazo al trato desigual que el Estado dispensara a la Iglesia Católica y parecen exagerados tanto el procedimiento, como la acusación y la pena solicitada por aquel arrebatado exceso estudiantil.

Sin embargo, en el compromiso de aquella lucha, Rita Maestre debía saber ya entonces que España era ayer, como lo es hoy todavía, un estado aconfesional y no laico, pero también que el laicismo que anhelamos muchos ciudadanos librepensadores, no es necesariamente antirreligioso y en ningún caso habría de ser patente de impunidad para afrentar o zaherir a creyentes.

Es cierto que la Iglesia Católica, sin duda a consecuencia de un peso histórico que no conviene soslayar, tiene en nuestra sociedad un asiento y una influencia -la virtualidad de orientar el voto- de que carecen otras confesiones aunque con ahínco semejante lo procurasen.

Así acontece por ejemplo con el Islam que, libre históricamente de cualquier intento serio de secularización como el Humanismo y las Luces, sigue siendo en demasiados lugares -y aspiraría a serlo también entre nosotros- ley superior que conforma y guía el proceder de quien ordena lapidar a mujeres y ahorcar a homosexuales que reclamen derechos y ejerzan libertades por fin reconocidas en las sociedades de Occidente.

En nombre de Allah, las teocracias devienen a menudo máquinas de perseguir "infieles" al servicio de imanes rigoristas. Los mismos que proclaman la condición subalterna de la mujer. Los mismos que a quien fuere su dueño reconocen suficiencia bastante para venderla o mutilarla o borrarle la cara para siempre con un abrasivo.

Una democracia no debería renunciar a sí misma amparando tradiciones o costumbres que a su esencia se opusieran frontalmente. Ni todas las creencias ni todas las prácticas humanas son respetables. Y entre nosotros, donde el colectivo islámico es cada día más numeroso, la mujer musulmana debe aprender que no es patrimonio de quien la pretendiera doblegada o cautiva.

En su animadversión hacia la Iglesia Católica, la izquierda española ha errado muchas veces y gravemente en este punto. Bien proponiendo una "alianza de civilizaciones", entendida como una desenfadada fiesta de "moros y cristianos" en la que, sin desmedro de nadie, todos fueran héroes. Bien protegiendo, bajo la perversa etiqueta de la "multiculturalidad" y en nombre de "la libertad individual", prácticas abominables que pudieran comprometer y socavar principios sobre los que se yergue un Estado democrático.

Aunque haya quienes se entretengan vistiendo a los Reyes Magos de un trapillo que otros juzgan irrespetuoso, o quienes rían con zafios padrenuestros, no se vendrá abajo España por eso. Al cabo ya en los albores de la literatura española Gómez Manrique retrató a un San José abrumado y maldiciente en la zozobra del deshonor: ¡Oh viejo desventurado!/ Negra dicha fue la mía/ en casarme con María/ por quien fuesse deshonrado./ Ya la veo bien preñada/ non sé de quién nin de cuánto./ Dizen que d´Espíritu Santo,/ mas yo d´esto non sé nada? No sufrirán en demasía los ciudadanos por eso ya que, además, un ángel pone siempre las cosas en su sitio: ¡Oh viejo de muchos días,/ en el seso de muy pocos;/ el principal de los locos!/ ¿Tú no sabes que Isaías (?)?.

Más peligrosa resulta esa mendacidad que es rebozo indecente de todo populismo. La que llevó a Podemos de Venezuela a Dinamarca -que es monarquía parlamentaria- sin dejar de proponer por ello, con inequívoco sesgo totalitario, el control de todos los poderes del Estado a través de la vicepresidencia para la que Pablo Iglesias se postuló. La que acaso llevó a Rita Maestre a abjurar indignamente de las fundadas razones que hace años la comprometieron con aquella protesta juvenil.

En su afán por abarcarlo todo y dominarlo, hasta es posible que Pablo Iglesias, que en el nombre es plural y no singular, ensaye también el sorpasso de la Iglesia Católica con la concejala madrileña de protomártir?

Puede que no tarde así en llegar el día en que la Barberá hubiera de dirigir su prez a la Maestre: "Santa Rita, Rita, Rita? Lo que se da no se quita"

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