Shikamoo, construir en positivo

Sobre el terror y su etiología

23.03.2016 | 01:32
Sobre el terror y su etiología

A estas alturas del miércoles no les voy a revelar nada que no sepan ya sobre los execrables episodios de ayer en el corazón de Europa. Ni justificación ni medias tintas en la condena. Un horror, que nos demuestra que nuestra condición de humanos está cada día en entredicho. Ni los animales más fieros del bosque matan por matar. Incluso los que devoran a las crías del otro, buscan alimentarse, lo cual es legítimo y es practicado por todos los seres vivos cada día. Aquí se trata del terror por el terror, algo que ni tiene justificación, ni puede adscribirse a corriente espiritual alguna. Se trata de terror, terror y terror. Nada más. No hay amor, ni nada que tuviese que ver con el amor -como una pretendida espiritualidad, por desacertada que fuese- podría aceptar semejantes embajadores.

Después del contundente párrafo anterior, que no deja lugar a dudas, para que nadie lea en diagonal y crea ver lo que este texto no dice, vamos a lo más importante, al análisis y a los matices, a la etiología de las cosas. Porque, ¿qué está pasando aquí? ¿Cuáles son las causas de tanta barbarie? ¿Nos hemos vuelto locos? Vamos allá, en un tema verdaderamente complejo, pero donde hay pautas y signos que no pueden ser soslayados ni evitados.

Miren... Mucho de lo que ocurre en relación con esta temática tiene que ver con la realidad cotidiana de muchas personas -barrios enteros, diría yo- en nuestra biempensante y moderna Europa. Con eso y con una situación que dista mucho de la integración real de mujeres y hombres que han ido llegando en estas últimas décadas y sus hijos, que con frecuencia no han encontrado oportunidades. Estamos hablando, sí, de que en Europa y, muy especialmente, en los enormes y deprimidos suburbios de las más grandes ciudades hay una cierta dosis de xenofobia y de compartimentación étnica. Eso y mucha frustración y desapego. Es así, y basta darse una vuelta por los cinturones de París o por algunas zonas de las mismísima Bruselas para comprobarlo. No estoy buscando culpables, sino causas, y alguno de ustedes argumentará que tal marginación va en ambas direcciones. Pues sí, pero lo que ahora respiramos es la consecuencia directa de muchos años de compartimentación y segregación, desconfianza y miedo mutuo. De una sociedad que dijo integrar, pero que amontonó al margen. ¿Nos casamos y nos mezclamos entre las diferentes culturas y razas? Muy, pero que muy poco. ¿Nuestros amigos proceden de todos los grupos étnicos de nuestro alrededor? Poco también. Y, ¿vivimos en los mismos sitios? Les diré que, estadísticamente y con los grandes números encima de la mesa, rotundamente no.

Así las cosas, en Europa hoy hay ciudadanos de segunda o tercera generación, plenamente europeos y nacidos en nuestras urbes, que han respirado odio y rencor hacia nuestra civilización. No se sienten de aquí ni esta sociedad tiene, en general, ningún interés por ellos. El sentimiento que tiene quien evoluciona hacia el terror nada tiene que ver con el Islam, o con ninguna de las corrientes espirituales primigenias, que lo que buscan es el perfeccionamiento del ser a partir del amor. Todo lo contrario. Es odio, arracimado en pisos patera y en barrios donde las oportunidades escasean. Es una respuesta en clave de odio y de rechazo. Se trata de personas que se suicidan al tiempo que asesinan, gritando algo sobre su Dios, exactamente igual que si vomitasen cualquier otra consigna que les produce un reconfortante sentimiento identitario y una cierta catarsis basada en la muelle sensación de arropamiento por parte de un grupo. Dos necesidades muy, muy básicas, como saben bien los psicólogos. Y que, muchas veces, para nada están aseguradas en su día a día antes de abrazar la locura que les lleva al terror.

Ese es el caldo de cultivo donde ciertos gurús encienden la llama. Y no se engañen, su guerra no es religiosa. Es económica. Buscan "cacho" en el pastel de turbias aguas en que se ha convertido el mundo y, muy especialmente, ciertas zonas que todos tenemos ahora en mente. Pretenden relevancia económica, capacidad de influencia y, en definitiva, poder. La historia de siempre. Y, una vez más, no reparan en "daños colaterales" para lograr sus propósitos. Les da igual llevarse por delante a veintipico personas que transitaban ayer por un aeropuerto y un metro en Bruselas que a unos trabajadores y estudiantes que un día atestaban los trenes en la hora punta de la mañana de Madrid. Esto va de geopolítica y de ansias de poder. Y en tal carrera, como nos han demostrado tantas veces dentro y fuera de los muros de nuestro panorama patrio, nadie se anda con chiquitas.

Lo siento. Bien que lo siento. Otras dos docenas de seres humanos, por lo menos, perdidos a cuenta de la barbarie y de todas estas pantomimas orquestadas para mandar más y mejor, para controlar a través del miedo y para destruir por destruir. Pero, por favor, no se engañen. La espiritualidad es otra cosa y, la profesemos o no, no podemos dejar que se contamine con lo que es odio, terror, dólares y destrucción. Lo siento de verdad por todas esas familias destrozadas, que pasarán a engrosar la nómina de los que lo han perdido todo.

Con todo esto, ni siquiera me he atrevido a hablar de la recién estrenada primavera. Ya habrá tiempo... Ahora toca guardar silencio.

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