La desconcertante y terrible realidad del terrorismo suicida

27.03.2016 | 01:45
La desconcertante y terrible realidad del terrorismo suicida

Dicen los expertos que el terrorista se hace cuando se convence o le convencen de que no alcanzará sus objetivos de liberación nacional, religiosos, socioeconómicos o de simple venganza, sino mediante el terror y abandona voluntariamente su actividad cuando considera haberlos conseguido o se persuade de que el terror es inservible a tales efectos. En España conocemos bien el terrorismo de ETA, nacionalista y de izquierdas, nacido con el doble objetivo inalcanzado de la independencia y el socialismo radical, abandonado forzosamente como consecuencia de la tardía pero finalmente eficaz acción preventiva y represiva del Estado de Derecho y del lento pero, finalmente, general aislamiento y rechazo social. El que golpea a Occidente desde el atentado a las Torres Gemelas en 2001 aporta la relativa y desconcertante novedad del suicidio del terrorista. Relativa porque era conocida en otros lugares desde los años ochenta con los Tigres Tamiles de Skri Lanka, Hezbollah en Líbano o Hamas en Israel sin olvidar a los kamikazes japoneses de la segunda guerra mundial y en la actualidad es frecuente en África y Asia. Desconcertante porque supone el supremo desprecio por la propia vida en individuos jóvenes con toda ella por delante. Terrorismo suicida, en suma, de diferentes raíces y motivaciones que, con frecuencia, aparecen mezcladas. Así ha ocurrido en Bruselas hace poco y antes en París, Madrid, Londres y Nueva York y por eso nada de extraño tiene el desconcierto de la opinión pública que se alinea en torno a dos explicaciones. Se sostiene, por un lado, que el terrorismo suicida es inseparable de las enseñanzas más agresivas del islamismo extremo contra el infiel, a las que suma la promesa de una recompensa en la otra vida, inculcada en el futuro suicida francés, inglés, iraní o turco, normalmente joven e indefenso intelectual y emocionalmente, en madrasas y mezquitas de Arabia, Siria o Bruselas. Por otro, se vincula el terrorismo suicida con el odio al modo económico, social y cultural de vida occidental y a la violencia y la explotación a la que occidente ha sometido al mundo árabe desde antiguo. Probablemente, como digo, ambos tipos de factores se mezclan en los individuos y en los pequeños grupos de terroristas suicidas que circulan por Europa.

Así las cosas, no parece que los gobiernos y las sociedades occidentales tengan muchas posibilidades ni ganas de cambiar radicalmente nuestro mundo y nuestro modo de vida, aunque sí que es posible mejorar su defensa con el perfeccionamiento de los métodos preventivos y represivos del terrorismo, y de las sanciones sobre el discurso y las enseñanzas radicales del Islam allá donde se impartan entre nosotros. Las recientes censuras al gobierno belga demuestran que, en efecto, hay bastante que mejorar. La corrección nos ha impuesto cierta indeseable comprensión hacia creencias y hábitos religiosos y culturales que discrepan frontalmente con las exigencias de las sociedades libres, plurales e igualitarias a las que no podemos renunciar y, en tal sentido, bienvenidos sean los avances del laicismo en nuestras sociedades. Y por lo que toca a la acción exterior, económica, bélica y política de Occidente en países árabes, toda crítica bien fundamentada es habitual en nuestros países y en gran medida socialmente compartida pero, en ningún caso, es aceptable como justificación de un terrorismo con pretensiones de venganza. Así pues, paciencia, unidad y contundencia contra el terrorismo. A todo ello debe sumarse la mucha ciudadanía que profesa pacíficamente el islamismo y cumple con la democracia.

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