Pro domo nostra

La clase obrera y el paraíso

22.04.2016 | 01:42
La clase obrera y el paraíso

Anda tan maleado el mundo que, si no fuera el Paraíso Terrenal, Europa sería hoy sin duda el mejor sitio sobre la Tierra aun para los desfavorecidos y los parias, como parece probarlo esa incesante marea de hombres y mujeres que ponen su vida en riesgo por llegar aquí desde el fuego y desde el llanto.

Ocurre no obstante que este lugar privilegiado, a falta de otra propia, secunda una política exterior subalterna y desacertada que, desatendiendo sus responsabilidades para aplacar a la hidra que saprofita sus entrañas, lo ha llevado recientemente a encomendar a Erdogan una especie de solución final.

De puertas adentro, la unidad de moneda no aceleró la unidad política que quebrase las resistencias particularistas y, tal vez a consecuencia de alguna ampliación precipitada por intereses mercantiles, de los extremos a la metrópoli central, fluye continua en su seno una desajustada corriente de desigualdades que a menudo convierten en papel mojado los derechos que se proclaman.

Por si fuera poco, esta Europa que no es adánico vergel, mantiene en su propio territorio, pegadito al corazón -y Jean-Claude Juncker sabrá de esto más que yo-, enclaves conocidos como "paraísos fiscales". En puridad, verdaderos jardines colgantes donde quienes tuvieran mayores obligaciones tributarias, pudieran eludirlas sin límite ni sobresalto.

En uno de los confines de Europa donde, a resguardo de ley, las élites extractivas han hecho bocado de lo común, España pudo asistir en platea a la liquidación del Estado del Bienestar.

Aquel pacto que la socialdemocracia europea conquistara para que fuera ya desde entonces logro de todos? Aquel pacto que embridaría al capitalismo más desbocado y lo humanizaría hasta reequilibrar la sociedad y acabar con los menesterosos mediante una fiscalidad progresiva sobre la riqueza creciente de un país que sería opulento? Aquel pacto que habrían de esforzarse en mantener gobiernos cualesquiera, de izquierda o de derecha? Aquel pacto social lo han quebrado unilateralmente los poderosos en contra de quienes lo eran menos y más renuncias habían aportado sin embargo.

Con la complicidad de gobiernos que escurrieron el bulto de la dichosa crisis hacia las clases menos preparadas para soportarlo, los poderosos han roto el pacto y acaso porque consideraron que, como ellos mismos y como cualquiera, también el dinero suyo estaría mejor en un paraíso, allá se fueron.

Y aunque hubieran observado todos los requisitos, ellos han roto el pacto porque llevarse dinero a otro sitio, cuando no suponga delito, es una burla social, un ultraje insoportable infligido a sus conciudadanos.

Entre los tracistas y burladores, ahí están, gemelares en su codiciosa trampa insolidaria, Almodóvar y Soria. Poco importa que uno hubiese declarado después que ya no quería ser monja progre preñada por un travesti machista y con tetas. Ni que el otro, canario al fin, optara para explicarse por el silbo gomero. Eso poco importa ya.

No podemos esperar que Montoro acabe siendo Robin Hood sabiendo lo que ya sabemos de sus amnistías fiscales. Pero si eso fuese en vano, todo apunta a que en pocos días entraremos en una nueva campaña electoral. Se repetirán entonces las consabidas monsergas y populismos habrá que proclamen la abolición de la riqueza sin tener en cuenta que convendría estimularla para que, siendo mucha y fiscalmente controlada, con ella se pudiera erradicar la pobreza.

En cualquier caso, a los ciudadanos corrientes nos queda la responsabilidad de elegir a los mejores, que no tendrían que ser siempre los ricos si, en la España de hoy, quienes no lo fueran, sin deponer nunca su esfuerzo, exigieran y aprovecharan medios para instruirse efectivamente.

Escuelas se llamaban hace nada todavía aquellos lugares donde, leyendo y escribiendo y debatiendo, se enseñaba a pensar y a comprender el mundo y no a obedecer y aplaudir a una u otra secta. Escuelas, sí, y no establos aseados y calientes donde el pesebre rebosa un pasto blando, sospechoso pero abundante.

Sin escuela que lo sea no hay paraíso para la clase obrera? Puede que tampoco libertad ni justicia? No lo hay porque una renta baja y un expediente académico conforme a ella no es necesariamente garantía de buen gobierno? Aun suponiéndoles intenciones más nobles, ¿por qué iban a ser mejores gobernantes los pobres sin instrucción?

Sin escuela que lo fuera la democracia podría incluso devenir cárcel sin rejas ni muros, admirable limbo en el que los ignorantes, cebados con un entretenimiento soez y desechable, se mostraran complacidos y aun amaran su condición servil.

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