La feliz gobernación

El nacionalismo y el ombliguismo (A propósito del 'Brexit' y del 26J)

28.06.2016 | 01:03
El nacionalismo y el ombliguismo (A propósito del 'Brexit' y del 26J)

Historiadores del XIX ya pusieron de relieve la naturaleza contradictoria del nacionalismo. Su fuerza liberadora y democrática, cuando no habían aparecido aún sus desviaciones integristas, totalitarias, imperialistas y xenofóbicas. Es decir, veían oscilar su teoría política de la libertad y el principio de la unidad nacional. La teoría moderna de la libertad se fundamentaría en valores cívicos, en los derechos del individuo y del ciudadano, las libertades civiles, la ausencia de toda coerción y en la afirmación del pluralismo; el nacionalismo, en los derechos colectivos -de pueblos, naciones, nacionalidades-, la etnicidad como valor absoluto y en la visión de la comunidad nacional como una realidad homogénea, unida, propia y distinta, cuya realización sería un derecho histórico y una exigencia irrenunciable.

Por lo que hace al siglo XX cabría extraer por lo menos dos grandes conclusiones, el nacionalismo fue una fuerza de transformación y cambio histórico y, por otro lado, los distintos nacionalismos serían causa de conflictos con consecuencias aciagas.

Es decir, la fuerza y vigencia del nacionalismo se derivarían de su capacidad como elemento de cohesión social; pero también, serían una estrategia de poder. Es al principio del XX cuando se transforma en un hecho de masas, desestabilizando la política europea, la proliferación de movimientos nacionalistas en toda Europa, la idea de nación provocó la primera gran etapa étnico-secesionista y tras la I Guerra Mundial, la creación de nuevos países fue asumiendo formas agresivas e intolerantes, identificándose con ideas de grandeza nacional, expansionismo militar y superioridad racial, antisemitismo, populismo, hasta el fascismo, el nacionalismo de ultraderecha amenazaba en 1939 la libertad en el mundo.

Después de 1945 se asoció a movimientos de antiimperialistas, pero también a regímenes militaristas, tribales, tradicionalistas y religiosos, en la raíz, por ejemplo, del conflicto árabe-israelí. En Europa occidental, el desprestigio de las ideas nacionalistas generaría la aparición del proyecto más novedoso, la construcción de la unidad europea. Pasaban desapercibidos hasta la caída de URSS en 1989; reaparecerían a final de siglo los etno-nacionalismos Irlanda del Norte, Bélgica, España y los procesos de secesión de los nuevos estados balcánicos y exsoviéticos.

Cuando terminaba el siglo XX, la cuestión nacional, que se pensaba desaparecería en una Europa cada vez más europeísta e integrada, volvió a generar fanatismo y masacres, la nacionalidad no aspiraba ni a la libertad ni a la prosperidad, sino que sacrificaba ambas a las necesidades imperativas de la construcción nacional. Todos tenemos unos ombligos maravillosos, en Londres, Edimburgo, Berlín, París, Viena, Moscú, Manhattan, Calasparra, Compostela, Tel Aviv?

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