Shikamoo, construir en positivo

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06.07.2016 | 00:36
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Buenos días! Aquí estamos de nuevo, a bordo de nuestra vida, tratando de sobrellevar galernas cuando toca, de navegar de ceñida aprovechando el viento al máximo cuando es posible y de saborear los días intensos de luz y atardeceres mágicos con los que, a veces, nos obsequia el verano. Intentamos ponerle proa a la realidad, no dejando que los vaivenes de la actualidad, a veces gigantescas olas que parece que quieren arrollarnos, nos lo hagan pasar demasiado mal. Y todo ello sin hacerle ascos a una cierta dosis de incertidumbre, intentando anticiparnos al rolar del viento y, siempre atentos, vigilando la luz beatífica de los faros y estando atentos a la sonda, que la profundidad importa, y el riesgo de embarrancar siempre es real...

Con esta metáfora un tanto marina y marinera les saludo, en tiempos de líneas rojas, de pactos, de vetos y de la escenificación de la segunda entrega de esta marea poselectoral que nos ha servido el devenir de la cosa pública en estos últimos meses. Y es que, a veces, parece que de vientos y de tempestades vaya la cosa, y también de poder arribar a un buen puerto, reparar toda la jarcia destruida por aquellas cosas de la inestabilidad y, con toda la tripulación a punto, intentar remontar de nuevo, contra la corriente. Contra viento y marea.

Ahí las cosas, parece que la maquinaria de las conversaciones entre los diferentes actores políticos empieza a engrasarse de verdad, en un momento en que las expectativas en el nuevo Gobierno, sea el que sea, son amplias. Quizá España, contando ya en su haber con cuarenta años seguidos de democracia representativa, tenga que dar un paso adelante, que signifique un cierto aggiornamento en algunos de los temas pendientes de reforma. Y, por qué no, quizá este sea el momento, en lo que se presume una legislatura sin grandes mayorías, y donde parece que los hados podrían ser propicios para acometer todo aquello, de cierta transversalidad, que podría recuperar la confianza en el ejercicio de la política, fortalecer las instituciones y, mira por dónde, venirle bien también a los partidos.

En tal línea, hay una reforma a la que yo he aludido muchas veces, y que hoy sirvo aquí una vez más. Y es la que el intrigante título del artículo introduce: se trata del abrumador nivel de complejidad parlamentario, gubernamental y administrativo existente en nuestro país. Al papel del Parlamento, el Consejo y la Comisión Europea y el resto largo de instituciones de este fascinante -y herido- proyecto multinacional en el que estamos inmerso, se superpone la acción de una Administración, un Gobierno y dos cámaras centrales -Congreso y un muy prescindible Senado-, a los que hay que sumar otro buen número de instituciones, estamentos y departamentos de tal ámbito nacional. A partir de aquí, si algo se ha consolidado en España en los últimos tiempos son las diecisiete autonomías -y dos ciudades autónomas-, en las que nos organizamos. Pero hete aquí que mantenemos las cincuenta y dos diputaciones Provinciales, a las que habría que sumar -o, por lo menos, tener en cuenta- otras formas de organización supramunicipal, en torno a la comarca y otras entidades jurídicas. Y, más abajo, ocho mil ciento veinticinco ayuntamientos, en un esquema municipal diseñado en los tiempos en los que de un lugar a otro se iba en diligencia o en carro de caballos, que también serían susceptibles de reorganización muy a la baja. Todo un entramado organizativo que, lejos de ser cabal y apropiado, sólo introduce problemas, segmentación, compartimentación y gastos. Y que bien podría ser simplificado. ¿O no? Yo, como soy un tipo apegado a las cosas concretas y a los resultados, termino dejándoles dos reflexiones en este sentido para que ustedes, si quieren, las consideren. Ya me dirán...

Órdago uno: ¿Son las comunidades autónomas un logro en materia conceptual -federalismo, identidad- y, a la vez, en el más pragmático de una gestión adaptada a cada idiosincrasia? Entiendo que sí. Pues, entonces, y teniendo en cuenta todo su despliegue de delegaciones provinciales y servicios extensos en el conjunto de cada comunidad, ¿qué siguen pintando las Diputaciones? ¿Qué esperamos para extinguirlas, agradeciéndoles los servicios prestados? Les aseguro que nos ahorraríamos unos euros...

Órdago dos: ¿Y qué me dicen de los ayuntamientos? Desde el ático de mi casa se ven tierras, nada más y nada menos, que de ocho de ellos. Y, sin embargo, hoy he cruzado Galicia -de Vigo a Ferrol- en dos horas. ¿Tiene sentido tal minifundio en la gestión, tal duplicación de coste superfluo y, a la vez, tal obstáculo para una gestión efectiva, mucho más allá de lo identitario? La parroquia, el lugar, y otras unidades administrativas seguirán en el sentimiento de cada cual. Pero aquí hablamos de gestión, de eficiencia y de adaptación a un tiempo en que, en Galicia, trescientos quince ayuntamientos dan risa. O llanto.

Hechos los deberes propuestos, me despido. Me diluyo. Me voy. Y les dejo con un nuevo atardecer dorado, en tiempos de canícula y con la mirada puesta en el horizonte. Y todo ello mientras la realidad más cruda nos abarca y nos torea y, al tiempo, siguen los ejercicios de pactos y vetos, líneas rojas, declaraciones redundantes y una praxis que, por espesa, poco tiene que ver a veces con la llana y pasmosa tozudez de los hechos y los contenidos, mucho más allá del envoltorio. Se trata de ver el agua del mar, y no la espuma. Porque esta, además, a veces esconde bajos u objetos a la deriva, capaces de abrirle una vía de agua al más pintado... Y la cosa, ya saben, es seguir navegando...

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