Shikamoo, construir en positivo

La playa

17.08.2016 | 00:49
La playa

Me apasiona la playa. Siempre ha sido así. Pero no me refiero a esa de fiambrera, sombrilla y un mosaico de toallas, a veces incluso encima de una tumbona. No, esa me espanta. La respeto, y mucho, e incluso a veces toca acercarse a ella para socializar o contemporizar. Pero, sinceramente, me repele. La playa para mí es una experiencia natural y salvaje, de contacto con el mar y la arena, la sal y la naturaleza, lejos de urbanización y de comodidades. La playa es especial, quizá porque en ella se funden tierra y mar. Un lugar único para pensar o escribir, leer o disfrutar de la mera contemplación de las cosas bellas y pequeñas de la naturaleza.

Ahora, que los focos empiezan a apagarse tras las aglomeraciones, los calores y los turistas del mes de julio y la primera quincena de agosto, la playa empieza a recobrar para mí su máximo esplendor. Y es que, cuando a la mayoría de los seres razonables con los que convivo ni se les pasa por la cabeza visitar esas lenguas de arena casi virgen, a las que las olas llegan y con las que esta se amalgama, es cuando yo noto que empieza lo bueno. Un paseo en pleno invierno por la playa es el mejor tónico para los sentidos y para la serenidad. Y no les digo nada si el mismo incluye un bañete entre las olas, mejor lloviendo, después de hacer ejercicio corriendo unos kilómetros al lado del mar... El fin de agosto y los meses de septiembre y octubre, en particular, están siendo en las últimas temporadas especialmente templados y adecuados para disfrutar con tranquilidad de este tesoro que tenemos. Y es que les aseguro que nuestra playa, pública, respetuosa, abundante y un verdadero espacio para la convivencia, escasea en muchas otras latitudes... Me considero afortunado por poder vivir al lado -y, a menudo, dentro- del mar. Algo que, por supuesto, no es casualidad.

La playa, mucho más allá de lo telúrico, de esa expresión de la Pacha Mama particular y a la galaica, tiene para mí también un cierto significado simbólico. Y es que esta es, desde mi punto de vista, una excelente metáfora de cómo somos nosotros y nuestra sociedad. La vida es como una playa, llena de pequeños granos de arena, reinando en cada rincón. En cada uno de estos, hay granos que se comportan como gallos de pelea y granos que se dejan llevar por las olas o por la dinámica general de la arena, peleas por las cuestiones más irrelevantes y mucho roce y desasosiego entre unos y otros. Hay granos gruesos y opulentos, de diferentes colores y con formas, texturas y orígenes realmente variopintos. Y también granos delicadísimos, finos y fácilmente vapuleables por el viento. La playa es absoluta diversidad. Como nosotras y nosotros. Pero, vistas las cosas con perspectiva amplia, todos somos importantes en tanto que constituimos la playa. Sin ella, como granos individuales, somos imperceptibles. Los granos de arena son a la playa como las personas a la sociedad. Individualmente tenemos capacidades y potencialidad, pero solo en tanto que un entorno para aterrizar todo ello adquirimos visibilidad y poder para actuar.

Muchas veces, a través de lecturas e incluso de la observación de la conducta humana, he apreciado un doble rasero a la hora de admitir esto. Muchos son los que ven al conjunto como esa masa informe de arena, sobre la que pontifican y a la que incluso osan llamar "gente", tomando la parte por el todo. Pero son pocos los que entienden que, a los ojos de los demás, ellos también juegan, sobre todo, en esa liga de lo colectivo. Supongo que esto les pasa a nuestros partidos y actores políticos hoy, en tiempos de desencuentro de lo colectivo y magnificación de lo individual, "porque yo lo valgo". Allá ellos. Sólo están consiguiendo que el mar se lleve más arena de la playa. Y ya se sabe, cuando esto ocurre, puede que las corrientes -los buenos hados- tarden mucho tiempo en devolverla... A mí no me importa, porque el roquedo, el coído y la escollera pueden ser lugares perfectamente vivibles desde una actitud espartana y sin pretender demasiado de lo que te rodea. Pero sí, no cabe duda, este es un espacio mucho menos cómodo y menos apto para el postureo...

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