Shikamoo, construir en positivo

Ochenta años... y un día

20.08.2016 | 01:12
Ochenta años... y un día

El título del artículo de hoy parece una condena. Y creo que sí, que se puede interpretar así. Y es que ochenta años y un día es el tiempo pasado desde aquella fatídica fecha de un año negro para la convivencia en España. Hablamos de lo acaecido, en las cercanías de la localidad granadina de Víznar, en la madrugada del 19 de agosto de 1936. Ese día, en un lugar "que se hace muy difícil de localizar", según se reconocería casi treinta años después -en un informe de 1965 de la Jefatura Superior de Policía de Granada, dado a conocer en 2015- fue asesinado y enterrado Federico García Lorca.

Su crimen todavía no se conoce, a pesar de que el informe al que aludo habla de que fue "pasado por las armas, después de confesar" (sic), pero sin explicar qué habría confesado el artista, dentro de una maraña de acusaciones vagas, imprecisas y poco fundamentadas, y sin haber sido juzgado. Se habla de "prácticas de homosexualismo" (sic), pero reconociendo que "no hay antecedentes de ningún caso concreto en tal sentido" (sic). Terrible. Y no solo por tamaño atentado contra la persona basándose en su orientación sexual, algo que hemos ido superando en estas latitudes, pero que sigue lacerando las vidas de tantos seres humanos en el mundo. Es terrible también porque este tipo de instrumentos se han generado muchas veces desde la peor de las homofobias. Y esta, como hemos hablado muchas veces, no es otra que la que proviene de individuos cuyas pulsiones y sus formateados raciocinios van por caminos distintos. Y, ¡ay!, ahí, en los terrenos oscuros de las psiques maltratadas y autotorturadas, sí que se complica la cuestión...

El genio de Lorca, infinito, y muy vigente hoy, sigue siendo uno de los mayores regalos que nos ha dado la Generación del 27. Y su muerte, como todas las que se produjeron por aquel entonces en los dos bandos, gratuita, absurda, trágica y desgarradora. Porque todas las muertes lo fueron, independientemente de las convicciones de cada uno y del apoyo o no a la legalidad vigente o a la insurrección golpista. Todas las muertes de seres humanos son una desgracia para toda la sociedad. Y si no nos queda esto grabado a fuego, malo lo tendremos para poder evitarlo en un futuro.

La sangre de Lorca y la de tantos y tantas inocentes solo sirvió para destruir la convivencia y para hacer un país peor, mucho peor, cuyas consecuencias aún pagamos ahora. Cuando nos sorprendemos por algunos valores negativos tan enraizados aún en los mimbres de nuestra convivencia, ahí pulula todavía mucho de lo vivido en años de pelea, represión y rencores. Y mucho del eterno desencuentro entre sectores y segmentos de nuestra ciudadanía, incapaz de ponerse de acuerdo en el noble arte de poner en marcha un país más moderno, orientado a resultados y honesto en lo público y en lo privado, creo que responde a lo mismo. Lo pasado en este país en aquellos tiempos fue verdaderamente una hecatombe, de la misma manera que en la Historia ha ocurrido otras veces. Y nunca se erradicará esa herida del todo mientras no se asuma ello con naturalidad, tratando de mirar hacia adelante.

Pero la mirada al futuro no implica, ni mucho menos, el olvido. Y por eso pienso hoy, quizá con la mirada perdida en algún punto de las estribaciones de la Sierra de la Alfaguara, en qué pudo ocurrir aquella madrugada en la carretera entre Víznar y Alfacar. En medio de una noche, como tantas otras por aquellos días, triste y dura, difícil, peligrosa y llena de vértigo...

Federico García Lorca, destruido a sus 38 años, es el poeta español más leído de todos los tiempos y uno de nuestros mayores referentes literarios del siglo XX. Descanse en paz, ochenta años y un día después. Y ojalá su amarga experiencia nos sirva para crecer en sensibilidad, extremo cuidado con los demás, capacidad, resiliencia y entrega incondicionada a la creencia en valores que impliquen una mejor convivencia y una vida tranquila, sosegada y en paz.

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