Shikamoo, construir en positivo

Personas refugiadas, verano y más

21.06.2017 | 00:57
Personas refugiadas, verano y más

Hace un tiempito escribí una columna aquí que titulé En el Día Mundial del Refugiado, aludiendo a un día como el de ayer, el 20 de junio. No recuerdo ahora exactamente qué ponía en ella, pero estoy seguro de que si trato de hacer una aproximación a su contenido, no me equivocaré en más de un uno por ciento. Porque lo que haya dicho en el pasado está absolutamente vigente, solo que en grado superlativo, hoy. Las personas en situación de solicitud de asilo o refugio hoy han aumentado, debido a conflictos crueles y enquistados en las que ellas son víctimas. Y sí, en pleno siglo XXI, esto es lo que hay.

Hoy, día de solsticio, me hubiera gustado empezar el artículo haciendo referencia al hecho de la llegada del verano. O que, en clave un poquitín más personal, estoy de santo, en el día más bonito para mí del año por tantos recuerdos acumulados... Pero hay realidades que no se pueden obviar, porque la omisión también es una actitud ante la vida. Y no quiero decir con ello que me pueda hacer responsable de las guerras de otros, o cargar a las espaldas las penurias de tantos congéneres, pero sí que mi actitud -mis compras, mis decisiones, mis inversiones, mi voto, mi comunicación hacia los demás...- es un elemento más en este problema de n cuerpos, clásico en Física, que es la gobernanza colectiva y las relaciones entre todas las personas y sus intereses.

Y es que esas cosas que pasan, que parece que no son auspiciadas o promovidas por alguien en concreto, tienen que ver con una forma de entender la sociedad y la vida asumida por parte de todos, y a veces no rebatida por nadie. Y puede bastar que uno de nosotros, de forma fundamentada, apele a otros modos, como forma de transformar positivamente la realidad. No quiere decir que esto vaya a cambiar el mundo de inmediato, pero puede que sea integrado en algún momento en el bagaje colectivo. Y, si es así, quién sabe... El "no" ya lo tenemos.

Porque lo que es obvio es que hemos de cambiar el paradigma. No sé cómo ni cuándo, pero sí por qué. Porque más de sesenta y cinco millones de personas sienten en este momento el flagelo de la violencia extrema, que les obliga a dejar sus vidas, sus casas y sus pertenencias, y escapar. Lo hacen por diferentes motivos, pero que tienen en común la hostilidad de situaciones que, de no huir, acabarían con sus vidas de una forma cruel y despiadada.

Miren, vivimos muy poco tiempo, en términos de los intervalos cronológicos que plantea la Naturaleza. Somos casi un soplido instantáneo si nos comparamos con cualquiera de sus procesos. Y por eso llama la atención esa deriva hacia lo meramente operativo, lo esencialmente crematístico y lo directamente alienante que está presente a veces en el imaginario colectivo. No quiero decir que agunos temas -seguridad, capacidad económica,...- no sean importantes, ni mucho menos. Pero somos seres que, por mucho que atesoremos, o por mucho poder que podamos ejercer, ni transcenderemos ni tendremos más capacidad de ser felices, entendido esto último como un camino en sí, y no como una meta. Lo importante para mí es soñar, integrar a las personas y tratar de unir voluntades para creer en otros modos, que nos hagan mucho más vibrantes como individuos y más cohesionados como sociedad. Y todo ello tiene que ver, sobre todo, con la capacidad de hacer feliz al otro. Empezando, claro está, por aquel que tiene problemas.

Es por eso que, en materia de solicitud de asilo y refugio, está casi todo por hacer. Porque mucho más allá de que nuestro Gobierno y los del conjunto de Europa cumplan de una vez los compromisos adquiridos, y de que seamos capaces de romper tópicos que conducen a absurdos prejuicios -las personas solicitantes de refugio y asilo son las primeras víctimas del terrorismo, no sus ejecutores-, hace falta una nueva cultura en nuestra sociedad. Una cultura mucho más coral y abierta, más basada en la confianza y la reciprocidad. Y todo ello en este mundo líquido -Bauman dixit- que, sin embargo, ha recubierto de una pátina de cemento nuestros corazones...

Miren. Hoy los refugiados son otros y provienen de otras latitudes. Tengan claro que mañana -¿por qué no?- podemos ser usted y yo. En España no nos queda tan lejos tal regusto, porque lo fuimos hace tan solo unas décadas. Quizá así, con el recuerdo de lo mal que lo pasamos como sociedad rota, entendamos mejor cómo actuar con los demás... Personas normales que sólo aspiran a vivir la vida que les toca, con la máxima alegría y esperanza, en un marco tranquilo y que les permita ilusionarse...

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