La memoria española

19.08.2017 | 16:35
La memoria española

Los siete siglos de dominio islámico dejaron el rastro de una mirada orientalizante sobre España. Nuestro país fue la nación de la Reconquista, donde durante muchos siglos convivieron -no siempre en armonía- las tres religiones monoteístas. La herencia árabe y judía resulta perceptible en el lenguaje y las costumbres, en la gastronomía y en el paisaje rural y arquitectónico. La gran mística castellana fue posible gracias a este legado -fray Luis de León o santa Teresa de Jesús pertenecían a familias de judíos conversos, al igual que el humanista valenciano Juan Luis Vives; san Juan de la Cruz, en cambio, era un mudejarillo descendiente de conversos musulmanes- que proporcionaba a la cristiandad un decir y unos ojos nuevos. La pujanza política y económica de nuestro país en el continente, favorecida por el oro americano y el control del Mediterráneo, era contemplada con cierta extrañeza desde las principales cortes europeas, que desconfiaban de las intenciones de una cultura mestiza a la que no entendían. Cuando a Erasmo le ofrecieron venir a España respondió con un contundente "no me place", quizás por la amarga experiencia de su amigo Juan Luis Vives, cuyo padre había sido condenado a morir en la hoguera, y quizás también porque le parecería un mundo demasiado exótico culturalmente. Y se cuenta también que, "cuando el joven Carlos I de Habsburgo viene por primera vez a España -según escribe José Jiménez Lozano en su biografía de fray Luis de León-, sus cortesanos flamencos se sorprenden muy especialmente de que, entre los nobles castellanos que esperan al nuevo rey, uno de ellos vaya vestido de rey mago. Es decir, de una manera que aquellas gentes flamencas sólo acertaba a identificar con el recuerdo de las pinturas y esculturas que representaban el exotismo oriental". Y, prosigue el autor abulense, aquella reacción resultaba lógica si sabemos que, en España, "los nobles cristianos tenían médicos y maestros para sus hijos que eran judíos, baños árabes en sus casas y también vestían a veces a la usanza mora", algo que no sucedía en el resto de Europa, que tuvo que batallar con las invasiones turcas pero no con la complejidad de una larga herencia humana, cultural e histórica sobre la que se construyó España con sus grandezas y sus miserias.

La imagen exótica -no europea- del país prosiguió durante siglos, alimentada por la leyenda negra, la envidia del oro americano y el posterior colapso económico y social del Imperio, que se padecería durante los siglos XVIII y XIX. La mirada melancólica de los viajeros románticos bebe otra vez de un orientalismo que pervive en el humus cultural europeo: el de una España orgullosa de sus aires gitanos, su arquitectura mudéjar y su sol africano, de honda pobreza, dando la espalda a los nuevos tiempos. Hay algo mítico y verdadero en esta mirada. Mítico, porque los problemas de España fueron siempre los mismos que los del resto de Europa, aunque quizás extremados, llevados al límite. Y verdadero, porque hay una realidad continuamente inacabada en el proyecto hispánico: un camino que nos orienta a todos hacia una esperanza común que no llega a dar el fruto esperado. Aquella España elevada y culta de la universidad de Salamanca, de los santos castellanos y la pintura velazqueña, de los traductores del griego y del hebreo, y de los colonizadores de nuevos mundos desembocó en guerras civiles, en cerrazón intelectual y en lo que se ha venido a denominar el "atraso secular": un desfase que no logró mitigar ni la política ilustrada de Carlos III ni mucho menos ese siglo XIX, desventurado y brutal, lastrado por las guerras carlistas.

Si en la memoria europea se encuentra el orientalismo español, en nuestra memoria nacional se guarda el recuerdo de los éxitos que desembocan en fracasos. Pensemos en el ejemplo reciente de la Transición: una historia de normalización democrática que admite pocos reparos. Y que, sin embargo, pone en duda continuamente, día tras día, una parte considerable de la sociedad española, que ha hecho suya una narrativa de resentimiento y de desconfianza. La Historia no se repite, pero rima, nos enseñan los clásicos. Nuestro país puede optar entre la exclusión y la integración, entre la europeidad y el cantonalismo, entre la modernización y el miedo a los cambios.

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