Revistas agresivas

14.09.2017 | 00:59
Revistas agresivas

Cualquiera que tenga una actividad científica detectable en Internet, aunque sea tirando a modesta, recibirá casi cada día mensajes que le animan a enviar un artículo a alguna que otra revista de la que no había tenido noticia jamás antes. En ciertos casos la invitación incluso incluye cuál sería el trabajo a realizar: por lo general animan a poner al día algún artículo aparecido hace años en una publicación de prestigio.

En ocasiones, el receptor de la invitación pica el anzuelo y, tras mandar el manuscrito, se encuentra con que le piden una cantidad de dinero respetable -alrededor de mil dólares- para que se publique su trabajo, bajo el argumento de que así será accesible para cualquiera. Hay grupos de investigación para los que ese importe es aceptable porque cuentan con fondos de los proyectos que incluyen gastos de publicación. Pero lo normal, en las universidades españolas al menos, es que el dinero recibido apenas baste para hacer el proyecto en sí; no hay lujos asociados. Y en lugares más amables con el trabajo de investigación, como las principales universidades de los Estados Unidos, tampoco se tira el dinero. No te lo van a dar con facilidad para que publiques en revistas un tanto sospechosas.

Yo creía que se trataba de un problema menor, de algo que afecta a esos autores de segunda fila entre los que me encuentro. La sorpresa ha llegado leyendo el último número de la revista Nature, que incluye un artículo de la doctora Kelly Cobey, responsable de las publicaciones del instituto de investigación del hospital de Ottawa (Canadá). La doctora Cobey comenta el caso de un científico de primera fila a quien una revista agresiva -ella las llama "predadoras"- convenció para que les mandase un manuscrito. Al enterarse de que le iban a cargar gastos de publicación dio marcha atrás, lo retiró de allí y mandó ese mismo texto a otra revista, una de las prestigiosas y bien conocidas. El resultado final fue que la publicación agresiva sacó de todas formas y sin permiso el artículo.

Mal de muchos... Pero sentirse un tonto más dentro de un grupo muy numeroso no resuelve el problema. Seguí leyendo el comentario de la doctora Cobey en espera de una solución, para encontrarme con que lo único que sugiere es que vaya uno con cuidado antes de enviar un manuscrito. Por suerte existen listas, como la Beall, que dan el nombre de las revistas agresivas y detallan incluso los editores que dicen tener, tan falsos como la propia publicación. Pero la lista Beall incluye, en el momento en que se escribe esta cuartilla, ¡1.162 revistas agresivas! Una cantidad enorme, bien es cierto, aunque por engorroso que sea consultar esa nómina de predatory journals merece la pena hacerlo. Salvo que uno esté tan desesperado como para tirar su dinero a cambio de que el manuscrito, casi siempre fruto de un trabajo enorme, quede atrapado en el limbo de Internet.

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