Crónicas Galantes

Vamos a volar en inglés

14.09.2017 | 00:59
Vamos a volar en inglés

A los pilotos españoles de aviación se les va a prohibir el uso del castellano en su trabajo a partir del 12 de octubre, día de fiesta nacional que, por fortuna, la civilizada España no celebra ya en olor de banderitas y multitudes. Aeronautas y controladores deberán entenderse entre ellos en inglés, que así se confirma como una -o más bien la única- lengua de altos vuelos.

La orden proviene de la Unión Europea, que en realidad se limita a reconocer lo que ya sucede en la vida real del continente y, en general, de todo el mundo. Aquí y en Pekín el inglés se ha convertido en la nueva lengua franca internacional de uso tan ineludible como en su época fue el latín para manejarse por esos mundos de Dios.

No solo se trata de que volemos en inglés. También a ras de tierra se utiliza mayormente el idioma de Shakespeare o el de Bill Gates, por decirlo con analogía más apropiada a estos tiempos cibernéticos.

Ya no hay vuelos baratos, sino low cost; del mismo modo que correr se ha convertido en hacer running o el buceo en diving. Tampoco nos chafan el final de las películas, concepto que resume ahorrativamente la palabra spoiler; y a nadie incomoda que los vinos o muebles añejos hayan pasado a ser vintage.

El castellano, como todas las demás lenguas nacionales o locales vive revolcado en un merengue de banners, wasaps y empleos juniors y seniors. Las empresas son dirigidas por managers que se ocupan de diseñar el target del cliente para venderle sus productos mediante el marketing y el merchandising.

Lo que no consiguieron los promotores de lenguas artificiales como el esperanto o el volapuk lo ha logrado con toda naturalidad y sin esfuerzo el inglés, que es la actual lengua del Imperio. "Siempre la lengua fue compañera del Imperio", decía hace siglos el sagaz gramático Nebrija en alusión al de entonces, que era el español. Razones históricas no le faltaban. Conviene no olvidar que el castellano, el francés, el gallego, el rumano, el catalán y tantos otros idiomas proceden del latín que los romanos felizmente imperialistas impusieron a sus dilatados dominios. E incluso a la Iglesia.

Parece lógico que el latín de nuestro tiempo sea el inglés, impulsado en su día por el Imperio Británico y difundido ahora a escala universal por su antigua colonia de los Estados Unidos de América. Mucho más poderosos e influyentes que la vieja Roma, los USA establecen cuál es la lengua del mundo con sus películas de Hollywood, sus cientos de horas semanales de teleseries y, sobre todo, su dominio irrebatible en internet, las redes sociales y las nuevas formas de comunicación universal.

Quiere la paradoja que esta tendencia al monolingüismo -al menos en las relaciones internacionales- se produzca justamente ahora que Google permite traducir, de aquella manera, cualquier texto en no importa qué idioma del mundo. Se conoce que todavía no es del todo hacedera la aplicación de un sistema de intérpretes simultáneos a las cabinas de los aviones. Será que con las cosas de volar no se juega ni es bueno hacer experimentos.

El caso es que hemos empezado a hablar inglés -actualmente en fase de spanglish - casi sin darnos cuenta, como aquel personaje de Molière que se asombraba de estar hablando en prosa sin saberlo. Solo era cuestión de tiempo que la UE adaptase esos hábitos a su espacio aéreo. Los sindicatos protestan, pero va a dar igual.

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