Las 95 tesis

10.11.2017 | 01:59
Las 95 tesis

El pasado 31 de octubre se cumplieron cinco siglos de un acontecimiento que cambió el curso de la humanidad. Las 95 tesis, con las que el agustino alemán Martín Lutero desafiaba la autoridad del Papa, daban inicio a la Reforma protestante y al primer gran cisma de la Iglesia en Occidente. Cuenta la tradición que, antes de mandárselas por carta al arzobispo de Maguncia, Lutero optó por clavar esas dos páginas en las puertas del palacio de Wittenberg y, aunque resulta probable que no sucediera así, lo cierto es que el texto muy pronto fue conocido en toda Europa gracias a la imprenta y al nuevo clima cultural que se respiraba en el continente. De hecho, con aquel gesto impetuoso comenzaba una reforma que cortaría en dos el viejo mundo católico, fracturando también el marco intelectual que había dotado a Europa de una espiritualidad homogénea. En alguna ocasión he escrito que no es del todo aventurado sostener que la pluralidad característica de nuestro tiempo habría resultado imposible sin el fermento previo de la Reforma, que privatizó la fe -y, por tanto, abrió un espacio nuevo a la conciencia individual-, sedimentó la secularización social y acentuó las diferencias nacionales, no siempre -ni mucho menos- de forma pacífica. Como lector de san Agustín, Lutero radicalizó uno de los signos más característicos del cristianismo, que no es la desesperanza aunque sí el pesimismo ante la Historia y sus servidumbres. Para uno de sus mejores exégetas españoles, el escritor abulense José Jiménez Lozano, el monje alemán era un creyente que descreía de todo poder humano, ya fuera papal, ideológico o político. En este sentido, actuó como un iconoclasta empeñado en derribar los ídolos. La nueva religión impulsó las traducciones vernáculas de la Biblia y la alfabetización masiva del pueblo, permitiendo así una profunda transformación de la textura moral en los distintos países. De este modo, el saber dejó de constituir el monopolio de un estamento determinado para convertirse en un privilegio al alcance de todos. Otra de sus consecuencias fue el desarrollo de las llamadas virtudes burguesas -el orden, el respeto a la palabra dada, la laboriosidad y el ahorro-, que facilitarían el despegue de las economías del norte europeo. Por supuesto, el cultivo de la intimidad privó al arte europeo de algunas tonalidades -las más teatrales, por ejemplo- pero, a cambio, posibilitó cimas como la música de Johann Sebastian Bach o la contenida elegancia de la civilización burguesa. Sin Lutero y su reforma, seguramente el capitalismo no se habría desarrollado tan rápido.

La pregunta por una España luterana no se aleja tanto de lo que hubiese supuesto una victoria de la Ilustración en nuestro país. Para empezar, la alfabetización habría llegado mucho antes -unos cuantos siglos, al menos- con las consecuencias previsibles sobre nuestras libertades. Las alianzas internacionales habrían modificado también su rumbo: Holanda y el Reino Unido, en lugar de Francia. La dirección del flujo de la cultura también habría sido distinta y la sociedad, en general, mucho más permeable a las nuevas ideas. La revolución industrial hubiera llegado antes y el grosor de la burguesía hubiera dado otro tono moral al país. ¿Sería España un lugar mejor? Se trata, en todo caso, de una pregunta un poco ociosa.

A lo largo de la historia, las naciones se enfrentan a dilemas fundamentales que definen no solo su presente sino también su futuro. Y nunca conoceremos por adelantado cuál es la respuesta adecuada a cada uno de los problemas que afrontamos. Pero si algo nos enseña el paso del tiempo es que el cultivo de la libertad resulta preferible al monopolio de la verdad y que las sociedades más robustas son aquellas que renuncian a encerrarse en su propia identidad, procurando integrar las diferencias y abrirse al exterior. Y que tras la civilización hay una serie de virtudes que apenas han cambiado con el paso de los siglos. Y que, en definitiva, nada ha hecho más por liberar a las personas de sus servidumbres que la lectura. Sin el amor a los libros es difícil que un pueblo avance realmente. Y esa lección, que la debemos en primer lugar a los judíos y siglos más tarde a los luteranos, debería resonar como una obligación para todos los pueblos.

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