La feliz gobernación

¿Qué se oculta tras un bigote? Dalí, Chaplin, Carpanta, Groucho?

14.11.2017 | 01:16
¿Qué se oculta tras un bigote? Dalí, Chaplin, Carpanta, Groucho?

De niño recuerdo que mi padre tenía bigote. En una cena familiar -creo que Nochevieja- se levantó de la mesa, fue al baño y, después de un buen rato, regresó afeitado; solo argumentó tal arrebato diciendo que le había salido una cana en aquel bigotillo recortado propio de la época. No podía soportarlo. Creo que fue una disculpa y sigue sin él.

Desde entonces tuve una ligera obsesión con el bigote, aunque no tenía ni pelusilla bajo la nariz. Con la llegada del primer televisor a casa, también lo hizo el bigote de Dalí y los comentarios de los adultos, que si estaba loco, que si era un extravagante; el caso es que yo no me enteraba de quién era el personaje. Después supe del genio surrealista, claro, de la leyenda de su alopecia subnasal y de los supuestos postizos, dicen que ocultos en alguna sala del Louvre. El de Chaplin ya nos había llegado con el cine, aunque El gran dictador me haya dejado recuerdos agridulces.

Sí conservo en la retina el de Carpanta, personaje de tebeo que retrataba el hambre en la España franquista de la posguerra, que solo soñaba con pollos asados para mover su bigote. No sé si el código penal de hoy condenaría tal asociación de ideas, la de los pelillos con la pobreza alimentaria que dibujó con toda su mala leche un Escobar represaliado para dejar claro que solo escapaban del racionamiento los de siempre.

Las gafas, la nariz y el bigote de Groucho han sido iconos, aunque hubiesen empezado siendo simple maquillaje; en contra de lo que dicen del bigotillo nazi, bien recortado para adaptarse sin dificultad a las mascaras de gas. Su socio, Franco, dicen que trataba de ocultar su voz aflautada, poco varonil.

Para los tercos, parece que el premio se lo lleva el de Nietzsche, aunque le resultase incómodo, llegando a sentenciar desde su lógica: "He decidido que nunca más me recortaré el bigote. Es demasiado esfuerzo".

Pero apenas hemos hablado de cocina y de bigotes. Cuando George Orwell deja el ejército en 1928, llega a Francia y nos cuenta en la desternillante Sin blanca en París y Londres, sus andanzas como lavaplatos ( plongeur) luciendo bigote en un restaurante de postín cuando le obligan a rasurarse, puesto que sólo el cocinero podía lucirlo, eran sus galones, su superioridad frente a los subalternos.

Quizá sea lo que le haya pasado al subalterno huésped penitenciario, apodado el Bigotes, que revivo en el magín, mostacho rampante, cuando hizo el paseíllo del Escorial en la boda los Aznar-Agag, sin vergüenza. Esta semana pasada declaraba ante Las Cortes valencianas, que investigan la Gürtel, mal afeitado y reivindicativo pues no se le deja seguir pochando en sus trajines con los puerros o, vaya usted a saber, si con suprasueldos ensobrados para mayor gloria de sus populares protectores. Eso sí, ya sin bigote, redimido, sin la protección del camuflaje.

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