El mercado de los medicamentos

06.12.2017 | 00:48
El mercado de los medicamentos

Mi primera exposición a la publicidad televisiva de los productos farmacéuticos fue hace ya muchos años en Estados Unidos, cuando el fenómeno apenas era conocido en Europa.

Basta encender, sin embargo, ahora la televisión en cualquier país del mundo para verse abrumado por los anuncios de vitaminas, píldoras contra el dolor, la depresión o el colesterol malo.

En Alemania, esa publicidad coincide con los momentos de máxima audiencia, antes del comienzo de los informativos y suele ir seguida de la advertencia de consultar a un médico en caso de duda.

Recuerdo la justificación que daba siempre en Suiza el lobby de la industria farmacéutica para justificar los precios exageradamente elevados de muchos fármacos: la industria tiene que seguir investigando, y eso cuesta mucho dinero.

Y, sin embargo, como señala la médica estadounidense Marcia Angell, autora de La Verdad acerca de la Industria Farmacéutica (1), el sector invierte en marketing el doble de lo que dedica a investigación y desarrollo.

Buena parte de lo que invierte se dedica además a inventar nuevas enfermedades y ofrecer las correspondientes terapias, de las que la última siempre es la mejor. Exactamente como ocurre con la pasta de dientes.

Los "expertos" a sueldo de esa lucrativa industria se dedican a rebajar, por ejemplo, los niveles peligrosos de colesterol o de hipertensión para crear así nuevos enfermos, muchas veces imaginarios, de los que ocuparse.

Según fuentes periodísticas, la Agencia Europea del Medicamento y su equivalente estadounidense, la Food and Drug Administration, están financiadas en un 80% por la industria farmacéutica, y eso las hace, a ojos de muchos, inmediatamente sospechosas.

A lo que hay que sumar el claro abuso que se hace de los chequeos, en beneficio sobre todo de los laboratorios, o tantos tratamientos innecesariamente invasivos, que le causan más daño al paciente del que se pretende evitar.

Por no hablar de la falta de transparencia en muchos ensayos clínicos, de tal forma que más de un tercio de las investigaciones biomédicas no llegan a publicarse porque no existe tal obligación.

Muchas veces, denuncian los impulsores de la iniciativa AllTrials, que reclama una mayor transparencia científica, se silencian los resultados de los ensayos clínicos si son negativos cuando deberían quedar a disposición de todos los investigadores.

Estaba pensando el otro día en la oportunidad de escribir esta columna cuando vi por televisión un documental francés que denunciaba el gran negocio de las donaciones de sangre: un mercado de 17.000 millones de dólares al año.

Los reporteros habían viajado a Estados Unidos, donde a diferencia de lo que ocurre en la mayor parte de Europa, se paga por la sangre humana, con la que luego los laboratorios, entre ellos uno suizo, fabrican plasma terapéutico.

Y no es casualidad que los cuatro líderes mundiales de tan lucrativo sector operen en los barrios más pobres como ocurre en Ohio (Cleveland), donde los desempleados, negros en su mayoría, tienen que vender regularmente su sangre para sobrevivir.

Los hay que incluso van a los centros que tienen abiertos allí esas empresas hasta dos veces por semana, cuando las autoridades sanitarias recomiendan un intervalo de dos semanas entre dos donaciones. ¡Todo un escándalo!

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