13 de abril de 2018
13.04.2018

Dos reinas y una duquesa

13.04.2018 | 00:56
Dos reinas y una duquesa

Basta ya, por favor, del timo de las estampitas de familias felices. La escena de la Seu de Palma en la que Letizia sacó las uñas para impedir que su suegra se fotografiase con las niñas Borbón-Ortiz no se va a borrar de la memoria colectiva con posados diarios de las implicadas mirándose tiernamente al visitar al abuelo que ha pasado por el taller para recomponerle la rodilla. Es más, lograrán el efecto contrario. En la primera toma ves lo mal que se llevan los jefes y ex jefes del Estado y deduces que son como todos. Contemplas, sin embargo, la serie de intantáneas posteriores aparentando normalidad y piensas que te quieren vender la burra de que no son como tú. El incidente de la misa de Pascua ha generado miles de comentarios, recreaciones y chistes porque fue un momento auténtico que no desaparecerá aunque lo sepulten con millones de fotos preparadas. De hecho, la brega de las dos reinas se ha llevado por delante el efecto positivo que pudieron generar aquellos otros vídeos publicados a propósito de los 50 años de Felipe VI, en los que se veía al rey y las suyas comiendo sopa y hablando del cole, un modelo de armonía cotidiana que saltó por los aires hace dos domingos en Mallorca. La opacidad y la falta de espontaneidad de que hace gala esta familia, que además es una institución que sufragamos entre todos, casa mal con los tiempos que corren, en los que aceptas la transparencia o te la impondrá el primero que saque un móvil allí donde tú pierdas los nervios.

Así que cabría desear menos perfección y más normalidad. Difícil para un sistema de poder que arrienda su supervivencia a protocolos, símbolos, misterios del pasado y prerrogativas hereditarias. Dicen los defensores de la monarquía que está muy viva y pendiente del sentir de la gente. Esa sensibilidad no incluye la conciencia cada vez más clara y exigente del respeto a la memoria histórica y a las víctimas de la dictadura franquista. Auguran los expertos que será difícil que Felipe VI acepte la petición que le ha formulado el PSOE para que suprima el ducado de Franco, creado el 26 de noviembre de 1975 por su padre, para honrar a la hija del dictador, "en atención a las excepcionales circunstancias y merecimientos que en ella concurren". Fallecida Carmen Franco y Polo en diciembre pasado, el título nobiliario con grandeza de España está vacante aunque lo ha solicitado ya su hija mayor Carmen Martínez-Bordiú, que es a quien corresponde muy a pesar de los pesares de su hermano Francis Franco, quien se cambió el orden de los apellidos para enaltecer al abuelo. La asidua en las revistas y programas del corazón a la que debemos titulares impagables como "He vivido toda mi vida sin trabajar", o "Mi abuelo no tenía tiempo de pensar en el sexo porque el poder es una droga muy dura", será duquesa de Franco porque al parecer no existe ninguna norma en vigor que permita revocar esta dignidad que perpetúa la gloria al Caudillo. Casos como el de la infanta Cristina, apeada del ducado de Palma, o de Luis Alfonso de Borbón, hijo de la futura duquesa, que tampoco pudo heredar el de Cádiz, no resultan asimilables porque sus títulos pertenecen a la familia real y pueden retornar a la Corona en cualquier momento. El ducado de Franco se rige por una ley del 48, y otras relativas a la nobleza: este es el país que somos a día de hoy. En ella se establece que la derogación de ese privilegio solo ocurrirá si quien lo ostenta presenta un comportamiento inadecuado. De manera que más que al rey, nos podemos encomendar a alguna entrevista en profundidad de la nietísima en Sálvame deluxe que la catapulte fuera de la corte.

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