..Estos días de ausencia por culpa de un problema de salud me han servido para darle un repaso a mi biografía y comprender que en la vida de un hombre llega un momento en el que daría lo que fuese por haber sido más afectuoso, más cordial y menos solitario, también por haber llevado la existencia honorable y tranquila de un hombre menos marginal y más sociable, seguramente porque en la soledad de un servicio de urgencias incluso el tipo más hosco se da cuenta de lo inútil que fue vivir de una manera esteparia, evasiva y trepidante, por muy interesante que le hubiese parecido sobrevivir al límite de sus fuerzas, en el rocío del fuego, conforme a la temeraria idea de que una existencia es más apasionante cuando se afronta sin otro aliciente que el desesperado objetivo de avanzar hacia el cementerio con dos bares de ventaja sobre la muerte. Recordé, ¡Dios Santo!, la amarga confesión de una mujer a la que había amado: "Ya no creo en ti. He perdido la fe en lo nuestro. Cada vez que alrededor de ti se levanta una nube, deja al descubierto la bruma, y cuando se disipa la bruma, ¿sabes?, cuando se disipa la bruma, cariño, sé que lo más sólido que puedo esperar de ti es un banco de niebla. Ya no tengo fe en lo nuestro. Escucho tus planes para mañana y no siento emoción alguna. Y eso ocurre..., ¡joder!,... eso ocurre porque cometí el error de enamorarme de un hombre errático e inacabado que encuentra apasionante el estúpido esfuerzo de haber dejado para ayer el futuro". Encajé su decisión sin darle demasiada importancia, casi con la pasiva entereza con la que encaja el mármol el escoplo del escultor, persuadido de que solo se vuelven inútil dolor los golpes triviales y superfluos que no se convierten en simple biografía. A mi cuerpo le sonreía la vida y me parecía que el cementerio solo era el sitio en el que paría la muerte sus polluelos. Podía sobreponerme al fracaso con una mujer llorando quince segundos de inquilinato en el hombro de cualquier otra mujer despoblada que tuviese la caída de ojos del barman. Estaba acostumbrado a vivir con el cuerpo entre dos tallas, el corazón entre dos mujeres, un pie en el sepulcro, y el otro, maldita sea, en el calzado apócrifo del enterrador. Me creía capaz de hacer tres ramos de flores con una rosa, una abeja y media docena de cactus. Ninguna mujer cumplía mis expectativas, ni se parecía remotamente a la literaria chica de mis sueños. Tendido boca arriba en el servicio de urgencias del hospital, recordé mi vieja ilusión por partirle el corazón a una singular mujer del cine y que ella aceptase el descalabro de lo nuestro con una de esas frases que engrandecen la incalificable sordidez de la pasión más baja: "Te echaré de menos, aunque me hayas engañado tanto. Me habría gustado ser la mujer que acude a tus citas conmigo... ¿Sabes, cielo?, en el fondo, siendo como eres, creo que me decepcionaría que no me hubieses defraudado"...Habría sido una ruptura inteligente, un hermoso fracaso mitigado por la elegante resignación de una de esas mujeres de mundo que tienen de la vida una visión instintiva y a la vez heroica, dispuesta a compartir el despilfarro emocional de un tipo áspero y sentimental que sobrevive en el caos sin inmutarse, igual que una bacteria en una infección, como un soldado ciego que avanzase sobre los campos humeantes poseído por esa extraña mezcla de ginebra, temeridad y cinismo que vuelve anestésico el dolor...