El exceso de confianza en la felicidad es uno de los episodios más tristes de la época moderna. La carrera en pos de la ventura pueril suena aceptable en los tiempos en que era un engorro exótico, pero no cuando puedes adquirirla hasta en un McDonald´s. Seamos selectivos, no nos dejemos arrastrar por la dicha dentona de la Nochevieja perpetua. Mi aportación se detendría en este rechazo genérico, de no haber disuelto mi ocio entristecido en la misteriosa y deliciosa Historia de Cardenio. Se trata de un drama de Shakespeare inspirado en la anécdota quijotesca -recuerden la leyenda según la cual el inglés y Cervantes eran alias de una y la misma persona, el inconmensurable Francis Bacon-. Pasemos de la conjetura a las emociones, porque en un verso leo a Dorotea desorientada: "No sé el camino. ¡Guíame, tristeza!" Y recupero mi fe en la nobleza serena de la desventura.
Frente a la felicidad encabritada, no cabe mejor brújula que la tristeza reposada. Hay un entusiasmo triste y una salvación desesperada, por oposición al contradictorio "Nada hago sin alegría" del sombrío Montaigne. Por una sola vez en este idioma de machamartillo, que petrifica todos los vocablos, tristeza funciona fonéticamente y le adjudica a la palabra un único significado coherente. En comparación, la sadness inglesa edifica una pesadumbre más arenosa, pero ambas poseen la dote suficiente para darle una oportunidad al desconsuelo.
Me parece estar oyendo al cínico - "no serás más feliz, si te dejas guiar por la tristeza"-, pero su gravedad omite la insatisfactoria búsqueda de la satisfacción. Tampoco negaremos que nos amparamos en las coordenadas estéticas, en el repudio instintivo a la facilidad de la felicidad, a los excesos en su empaste dramático -ese Sarkozy, que siempre parece que acaba de ganar la Champions-. La tristeza nos devuelve la dignidad, fluye con tanta naturalidad como en el verso de Garcilaso. "Salid sin duelo, lágrimas, corriendo". Libremente elegida, es la palanca que te impulsa hacia la meta codiciada. Ni se te ocurra llamarla felicidad.