No llueve. En estos días en que casi entramos en invierno, si se han dado ustedes una vuelta por el campo verán que está reseco. Las reservas de agua son muy inferiores a las de otros años en tal fecha, y el tojo y el brezo incluso han florecido últimamente muy a destiempo. Ciertamente, algo pasa con el tiempo...
Tiempo (atmosférico) y clima no son lo mismo. El segundo viene a ser algo así como la consolidación a largo plazo del primero, que es un concepto mucho más de cada día. Estas perturbaciones sobre la normalidad a las que asistimos en estos días puede que estén circunscritas sólo en el hoy, y sean sólo variaciones dentro de la misma pauta. O, quizá, estemos ya ante un cambio de ciclo, ante algo más significativo e irreversible, y pasemos a disfrutar (para lo bueno y para lo malo) de un clima diferente en esta latitud concretita en que vivimos...
En todo caso, se vaya manifestando ya o no en nuestro presente el cambio climático, es bien cierto que hay hoy un conjunto de factores que producirán -y producen ya- variaciones que cambiarán nuestros hábitos y posibilidades de vida. En países que he podido visitar o con los que estoy en contacto, con poblaciones mucho más vulnerables y condiciones más extremas, sólo hace falta echar un vistazo alrededor. Las evidencias cantan.
En relación con todo esto, quiero trasladarles un clamor que suena cada vez con más fuerza en los círculos internacionales. Y este es que los países ricos deben compensar sin paliativos a los más pobres por el cambio climático, pagando los gastos de adaptación. Fíjense que este escenario que hoy vivimos ha tenido que ver, sobre todo, con la industrialización de los países que ahora son más prósperos... Los otros, sólo pagan las consecuencias.
En ese contexto, tomen nota: los países ricos han aportado 67 millones de dólares al fondo de la ONU para ayudar a los países más pobres del mundo a adaptarse al cambio climático. ¿Están de broma? Esta cantidad roza, como pueden suponer ustedes, el ridículo, y es inferior a lo que gastan los americanos en crema solar cada mes. Con estos mimbres... Esto es lo que nos cuenta Charlotte Sterett, la autora del informe Financiar la Adaptación: Por qué la cumbre del Clima en Bali debe exigir la búsqueda de nuevos fondos. Ella lo dice sin paliativos: "Esta cifra representa un insulto, para ser sinceros, teniendo en cuenta que únicamente los Países Menos Adelantados (PMA) necesitarán como mínimo entre 1.000 y 2.000 millones de dólares para hacer frente a sus necesidades más urgentes de adaptación al cambio climático". ¿Y quién pagará este coste?
Lo que sabemos ya es que, incluso si el mundo parara de contaminar hoy, los impactos más dañinos del cambio climático nos acompañarían al menos en los próximos treinta años. Las propias tecnologías obsoletas exportadas en las últimas décadas a economías emergentes son elementos altamente contaminantes, sobre las cuales tiene responsabilidad el mundo desarrollado. No se trata de ayuda, sino de que los países más contaminantes y más ricos cubran los costes que han obligado a afrontar a los países más vulnerables.
Un cálculo realista de cuánto costará esta adaptación refleja una cifra de, al menos, cincuenta mil millones de dólares al año. Y eso siempre que se reduzcan ya de forma drástica las emisiones de gases con efecto invernadero. Adicionalmente, pongan además esos mil a dos mil millones de dólares para hacer frente a las necesidades de adaptación más urgentes e inmediatas de los PMA. Sin embargo los compromisos actuales del Fondo para los PMA suman sólo 163 millones de dólares, de los que se han entregado los 67 a los que aludíamos más arriba. ¡Es menos de la mitad de lo que Gran Bretaña está invirtiendo en la climatización del metro de Londres! ¿Seguimos jugando al desarrollo o nos creemos de verdad el momento histórico y crítico en que nos hallamos inmersos?
Una auténtica injusticia. Los países pobres están ya pagando la factura del crecimiento industrial en los países ricos, que ha provocado el calentamiento global. Las comunidades más vulnerables sufren ya la escasez de alimentos y de agua, y el empeoramiento de los niveles de pobreza, con un clima impredecible y con frecuentes crisis consecuencia de ello. En África, los cambios en la pluviometría contribuyen al crecimiento del desierto. En América, por ejemplo, hay ya más incendios forestales. Y en zonas de Asia los fuertes vientos y las altas mareas inciden negativamente, comprometiendo los suministros de agua potable. Las personas más vulnerables de los países más pobres dependen de los recursos de la tierra. Y sufren las consecuencias cuando las cosechas no prosperan y las cosas se ponen feas.
Es hora de dejar las palabras. En ellas, todos coincidimos. Y todos nos guiamos por el libro y la buena voluntad. Ahora hacen falta hechos. Y aquí... sólo unos pocos tienen el deber de tomar las decisiones correctas. Los demás... sólo podemos apoyarlas desde el trabajo y la coherencia.
jlquintela@mundo-r.com