Definitivamente, estamos ya en plena carrera electoral. Las elecciones generales se van posicionando ya en el primerísimo plano de la actualidad, y todo parece que se impregna ya, sin vuelta atrás, del olor y el sabor de la pacífica pero dura contienda. Una pugna que tantas veces se reduce desde los medios -no sé si interesadamente o no- al binomio Partido Socialista-Partido Popular. Una pena, porque se pierden muchos de los matices en contenidos e ideas, que otras formaciones de toda índole pueden, sin duda, aportar.
Lo último, lo más hablado, tiene que ver con la promesa del actual equipo de Gobierno de una reducción lineal de 400 euros para todos los asalariados que tenemos que pagar el IRPF. Antes, mucho antes, el Partido Popular también entró por ese camino. En ese caso, la varita mágica de las promesas tocó al Impuesto de Patrimonio. Ya lo ven... estamos de rebajas.
Miren. Yo no dudo de que tanto el equipo económico del presidente como el de la oposición habrán hecho sus números antes del "puedo prometer y prometo". No lo dudo, no. Y tampoco de su buena voluntad e intención, marketing electoral aparte. Estoy seguro de que todos los contribuyentes -yo incluido- recibiríamos con agrado el poder disponer discrecionalmente de, pongamos por caso, esos 400 eurillos extra. Y más en los tiempos que corren. ¿O no? Pero lo que no tengo tan claro es si los aspirantes a presidente del Gobierno nos están explicando bien lo que significa dejar de ingresar esas, en conjunto, sumas millonarias. Lo que implica que este país, que es el que nos cobija a todos y todas de alguna manera, no pudiese invertir en su propio desarrollo, y en el de sus habitantes, todo el dinero que nos están prometiendo que no tendremos que ingresar en la cuenta pública. Hemos hablado hace poco en este espacio de este tipo de fenómenos de rebajas electorales. Yo lo comentaba, al haber vivido en directo las últimas elecciones de Guatemala. Y haber podido presenciar las grotescas promesas de "¡Vamos a bajar los impuestos!" en un país donde el Estado no tiene liquidez, precisamente, para poder invertir en futuro. Recuerden que allí los impuestos son bajísimos. Para las economías más débiles, que no los podrían pagar, pero también para los que nadan en la opulencia o el segmento de los profesionales de nivel económico medio-alto. El Estado no tiene, así, capacidad de financiación de sus propias políticas. No es de extrañar que yo piense que cualquier atisbo de futuro allí pasa no sólo por sanear, sino por incrementar sobremanera, el presupuesto con el que se cuenta para poder poner en marcha el país definitivamente. España no es Guatemala, pero lo que vengo observando de esta cita electoral es que, si cabe, en ambos países nos parecemos ahora un poco más. El "¡Vamos a bajar los impuestos!" se convierte en el populista grito de guerra que corre el riesgo de hipotecar definitivamente lo que nos queda como Estado moderno y europeo. Por eso, déjenme que no esté de acuerdo con que se entre, porque sí, en esta guerra de precios por votos.
Y es que yo soy de los que quieren un país potente, con servicios gratuitos, de calidad y universales. Sin más listas de espera en la sanidad que las lógicas por el dimensionamiento racional de las unidades terapéuticas. Y con una educación pública que pueda presumir del marchamo de excelencia como la que más. O autopistas sin peaje y trenes eléctricos y rápidos. Todo eso cuesta dinero, muchísimo dinero. Y si nos dedicamos a adelgazar el presupuesto, cada vez nos acercaremos más al modelo donde el Estado no provee de nada, y se aplica la máxima del país del Tío Sam: "Si pagas, tienes de todo, y si no, de nada".
Otra cosa, diferente, es la de que se racionalice la recaudación del dinero público. Y eso sí que tiene que ver, seguramente, con bajadas de impuestos para las economías más débiles. Y subidas -claro que sí- para las más fuertes. Los impuestos, así entendidos, se configuran como instrumento político de igualdad. Lo que no puede ser es que el asalariado tenga atornillado lo que tiene que pagar, con puntos y comas, mientras que el dinero se vuelve invisible, a espuertas, para otro tipo de profesionales o actividades económicas. No es de justicia. Pero este es otro tema, técnico, que en su momento los futuros gestores del país tendrán también que abordar.
Bajar los impuestos para la derecha es más fácil. De hecho, un Estado reducido a la mínima expresión no deja de ser el ideal para primar el valor de lo individual, del negocio sin cortapisas y con un bajo nivel de protección social. ¿Pero el Partido Socialista va a entrar también en ese juego? Supongo que -como decía al principio- habrán hecho sus cuentas con esmero y primor pero... ¿A qué precio? Desde luego, yo tengo la manía de desconfiar de cualquier candidato que me pida su confianza al grito de "¡Vamos a bajar los impuestos!".
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