..No hubo en mi vida una sola caída cuyo dolor me impidiese el orgullo de levantarme. Mi viejo amigo el boxeador Ángel Grela me dijo hace muchos años, una madrugada en un garito, que caído en la lona del ring había aprendido de la vida mucho más que tendido en la cama de un hotel de cinco estrellas. Es a él a quien le debo la idea de que las bofetadas producen una horrorosa sensación de soledad y de fracaso hasta que aprendes a convertir el dolor en rabia, la rabia en orgullo, y el orgullo, en comida. Ángel Grela nunca tuvo demasiada suerte en la vida, pero al menos aprendió que lo que cuenta de un mal golpe es que no seas tú el responsable, porque "la víctima, muchacho, se recupera de su dolor mucho antes de que el culpable se reponga de su remordimiento". El problema fue que cuando naufragó Diario 16, algunos cometimos el error de salir del agua aprovechando la mano que nos tendía la persona destinada a cortarnos a continuación los brazos. Recuerdo que cuando apartaron de sus responsabilidades editoriales a Emilio Rey Berguer, me cité con él una mañana en el café Derby y al tiempo que le expresé mi tristeza, le manifesté mi deseo solidario de renunciar a mi presencia en las páginas del periódico. Emilio agradeció mi actitud pero me pidió que le prometiese mi continuidad en Diario 16. "No eres uno de los errores que se me puedan achacar. Mi padre y yo no nos entendemos bien por muchas razones que no vienen al caso, ¿sabes qué te digo?; pero aunque esté dolido con él por mi situación, me cabe la dignidad de pedirte que sigas siendo mi amigo sin necesidad de que le falles a mi padre". Se sinceró luego con intimidades que podrían explicar la drástica desavenencia familiar, pero lo hizo con dolor y con tristeza, sin disimular la amarga emoción que le producía el inminente hundimiento de un periódico cuya prosperidad fue probablemente el último sueño de su juventud. De aquella mañana en el Derby me quedó también grabado algo que me dijo para animarme a seguir en las funciones que él me había reservado como columnista de contraportada en Diario 16: "No fui capaz de cortar las cabezas que me pedían. Mi conciencia no me permite convertir el periódico en un matadero. Puede que haya tomado decisiones empresariales equivocadas, pero un error, amigo Alvite, permite dormir mejor que un remordimiento. En este negocio sobra quien esté dispuesto a empuñar el hacha para hacer méritos. ¿Tu cabeza, dices? Mi padre solo cortaría tu cabeza si alguien le cegase adrede las manos"... Recordé entonces el entusiasmo con el que Santiago Rey Fernández-Latorre me había hablado tantas veces de su hijo Emilio, en cuya compañía cenamos al menos un par de veces en un restaurante compostelano de Carreira do Conde, levantando la sobremesa a deshora, cuando ya el pobre camarero era incapaz de recuperar el resuello de subir tantas veces las escaleras hasta el comedor. Una de aquellas noches me tomé las copas con Santiago Rey en la animada barra de Rahid y no creo haber vivido muchas madrugadas tan agradables como aquella. No teníamos mucho trato, pero se había producido entre nosotros una repentina corriente de sincera familiaridad. Hablamos de todo aquella madrugada y me quedé con la sensación de haber intimado con un hombre en quien el imponderable aislamiento que a veces produce el dinero no había excluido la grandeza de una sencillez que a ratos me pareció la consecuencia de haber llevado una vida falta de verdadero cariño. Pensé que aquel poderoso empresario podría tener al instante cualquier cosa material que se le antojase, pero no me pareció que estuviese seguro de pasar acompañado la inminente Navidad. Y aunque con el tiempo alguien se encargó de distanciarnos, recuerdo muy cercana y muy sincera aquella noche en la que solo nos corría prisa que no amaneciese. No sé a él, pero a mí aquella noche hasta me pareció que me rejuvenecía el cansancio...