C. V. | SANTIAGO
Siete años después, aún se oye algún aislado "ojalá viniera otro, que fue una mina de dinero para el que le tocó". Siete años después, hablar del Prestige aún provoca discusiones entre los marineros jubilados que acuden al bar O Porto sobre qué habría sido lo correcto para evitar el desastre. "Lo que hicieron mal fue, cuando se vio el barco desde el Coído, no haberlo atracado en la playa. O meterlo en Touriñán", comenta Alejandro. Por detrás, Pepe, dueño del bar, matiza: "Es que se tomaron decisiones políticas en vez de técnicas". Rafael está de acuerdo, pero Manuel hace un gesto de rechazo: "Si rompe y viene mal tiempo y no hay manera de sacarlo, sale más el petróleo, porque con 75 mil toneladas habría cubierto Muxía de chapapote hasta los tejados. Yo pensé en dejar mi casa".
Eso sí, tanto Alejandro Haz, todavía en activo, y más preocupado por el nuevo certificado de competencia que les hace abonar 22 euros de tasas, como Rafael Moreno y Manuel, reconocen que "ecológicamente" fue el desastre más grande que ocurrió en ese lugar que advierte de su peligro con su nombre: A Costa da Morte. Y también cuando concluyen, opinión a la que se suma José Martínez Castreje, que el hundimiento del buque puso a Muxía en el mapa, ofreciéndole la posibilidad de atravesar el Padornelo, algo que nunca logró, comentan, la piedra de abalar.
Irónicamente, al respecto, comenta José, "cuadró un verano muy bueno y muchos madrileños pensaban que esto era Benidorm y compraron pisos, pero ahora los tienen todos en venta al ver lo que había".
De la pesca, no hay queja. José dice que va por temporadas, pero que así funcionaba ya la cosa en tiempos de su padre. Benedicto remata: "Este año hubo merluza para parar un tren". Rafael no lo tiene tan claro: "Se dice que hay menos marisco, pulpo y percebes". Les preocupa más a todos ellos la inseguridad que viven cada día. No creen que un doble casco sea la solución. "Ni triple. Va a pasar siempre", alega Manuel. Todos critican cómo los mercantes atraviesan por en medio de los pesqueros. "Ahora pasan menos, pero incluso teníamos que levantar las volantas. 12 veces en un día", señala Alejandro.
Fuera, en las calles, la única huella evidente que persiste de la memoria es el Mesón O Prestige. Ningún perro ha sido bautizado como Mangouras, aunque Alejandro se animaría. Benedicto, que reconoce el papel de los voluntarios zanja "aún estaríamos llenos de alquitrán si no fuese por ellos. Y nada de "nunca más: ¡Siempre más!".