-Los primeros informes decían que entre 20 y 30 años la corrosión desgastaría el casco del pecio hundido.
-Esos estudios fueron cruciales para decidir qué hacer con el pecio del barco. ¿Sellar grietas? ¿Dejarlo así? Había opiniones de todo tipo. Algunos expertos hablaban de sellar el pecio y dejar el fuel dentro. Fueron precisamente este tipo de informes los que animaron al comité científico a proponer que la mejor salida sería la extracción. Hubo gente que creía que la alternativa era echarle cemento por encima, formando así una especie de paraguas gigante bajo el que quedaría retenida toda la carga.
-¿Recebar?
-Parte de los ingenieros del comité científico optaban por la idea de aislar todo aquello, como si fuese posible aislarlo del resto del mundo. Quedar allí, guardado.
-Sería una bomba de relojería oculta en el océano, ¿no?
-Sí, de hecho, otra parte del comité advertíamos que eso era inadmisible. Sería, exactamente, como una bomba de relojería que en algún momento podía explotar. Suponía aparcar el problema, como ocurre con los residuos nucleares: se guardan hasta que se encuentra una posible solución.
-¿En qué momento se convence el comité científico y el gabinete de crisis de que la tendencia del fuel era huir del casco?
-Tras los primeros vertidos, el comité científico calculó que quedaban en el Prestige 36.000 toneladas. Seis meses más tarde, Repsol dijo que eran 13.000. Concluimos así que la tercera marea negra, la del dos de diciembre, que cubrió de negro A Costa da Morte, fue la más grave de todas. Se dijo que era una pequeña mancha pero fue una súper marea negra. Al partir el barco, los tanques y los conductos liberaron toda aquella masa viscosa: entre 20.000 y 40.000 toneladas de golpe.