N. PILLADO | VIGO
El desasosiego de los familiares de los tripulantes del atunero vasco culminó ayer con un nuevo episodio de espera, aunque menos inquietante en esta ocasión. Conscientes de que el peligro quedaba ya muy lejos a sus seres queridos, pero muy nerviosos después de los 47 días de angustia y cansancio acumulado, los parientes de los ocho marineros gallegos que regresaron ayer después del largo cautiverio vivieron una nueva jornada de emociones, muy alegres esta vez. Las dos horas de espera en el aeropuerto de Peinador se convirtieron en interminables por momentos, pero su calma valió la pena. Pudieron abrazar por fin a los suyos y ofrecerles el calor que necesitan para olvidar la amarga experiencia.
Eran cerca de las diez de la mañana y los primeros grupos de allegados a los tripulantes se acercaban a la terminal. Con ellos, se iban agolpando también docenas de periodistas que colocaban sus cámaras para asegurarse buenos planos de los reencuentros.
Paseos de un lado a otro, preguntas por la salida del avión de Madrid. Ninguno lograba saber a qué hora llegarían los héroes que resistieron los maltratos de los piratas. Mientras tanto, los familiares atendían a las preguntas de los medios, a los que no podían ocultar su "nerviosismo" después de otra noche sin dormir. Entre ellos, estaba Antonio Costas, hermano de Pablo Costas, que se mostraba "muy contento" y ansioso por ver a su hermano, al que dará el relevo a bordo del pesquero en los próximos días, ya que tomará un avión mañana mismo. Su marcha se retrasó cuatro días respecto a sus compañeros, que dejaron Galicia el jueves, para que tuviese la oportunidad de disfrutar de su hermano después del secuestro.
Por su parte, Joaquín Fernández, padre de uno de los marineros que fue bajado del barco, reconoció encontrarse "muy nervioso" ante la llegada de su hijo, al que tenía "muchas ganas de ver y abrazar".
Este moañés reconoció la "valentía" de su hijo, que le confesó que fue "bajado en una pequeña embarcación" del buque durante un corto espacio de tiempo para luego volver al Alakrana y que, además, "fue el encargado de ayudar a los piratas a irse" del atunero al final del secuestro. "Imagínate tu que borrachos y drogados como iban le pegan un tiro y se van", concluyó.
Pero esas conjeturas quedaron atrás. A las once y media, los familiares eran llevados a una sala cerrada para poder expresar sus sentimientos a los recién llegados con cierta intimidad, lejos de los flashes. Diez minutos más tarde, se cumplían sus deseos y los ocho bajaban del avión. Estaban agotados, se les notaba físicamente, pero estaban con ellos al fin. Ahora les ocupará la dura tarea de ayudarles a olvidar.