SALVADOR RODRÍGUEZ. A CORUÑA.
"Decidí escribirlo en gallego por necesidad, porque me lo pedía, porque tenía que ser así. Este libro es el homenaje que yo le hago a la naturaleza, a la naturaleza de mi lugar de nacimiento pero, por extensión, a la naturaleza de todo el planeta. Muchos aspectos de la naturaleza han desaparecido y con ellos las palabras que los nombraban. Este fenómeno, que no sólo es propio de la castellana sino también de otras lenguas, ocurre en menor medida con la gallega, puesto que tenemos la suerte de conservar un idioma que mantiene vivas muchas de esas palabras. Cuando escribo poesía, pretendo encontrar la sensación primigenia del primer instante de la Creación -llamémosle Creación se crea o no se crea, aclaro- y el Eume ha preservado intacta su naturaleza casi desde sus orígenes. Para eso, el gallego es sin lugar a dudas un idioma fantástico y, si uno prueba a leer estos poemas en gallego y en castellano, comprobará que en mi lengua materna las palabras que nombran cosas tan salvajes, tan vírgenes, tan boscosas, adquieren mayor fuerza, mayor entonación, mayor musicalidad".
Acababa de cumplir los cincuenta años cuando a César Antonio Molina se le apareció el Río. Cree recordar que el milagro se obró hace tres años en el aeropuerto de Pekín, mientras intentaba colmar de contenido el saco vacío de las interminables horas de espera de un vuelo con retraso contando los rayos y los truenos de una tormenta y oyendo el chas-chas-chas del impertinente y musical aguacero que la acompañaba. Claro que ese río no era un desconocido. "La verdad es que yo siempre lo había tenido presente a lo largo de mi vida, pero nunca de ese modo -cuenta-, sintiendo su presencia y hablándome, como si emergiese de sus imaginarias palabras una necesidad, como un dios del que me había olvidado y que me buscaba para encargarme una especie de encomienda. Y lo cierto es que no tuvo difícil convencerme. Así que yo, que siempre he tenido a los ríos por dioses, tal como aprendí de la lectura de La Ilíada, supe con certeza que la encomienda consistía en escribir este libro".
Ese río era el Eume, y Eume es el título del poemario, escrito originalmente en gallego y que ahora se presenta en edición bilingüe, que el actual ministro de Cultura (A Coruña, 1952) ha publicado para echar un vistazo a la infancia con la distancia que otorgan el tiempo y el espacio que corresponden "a esa recta larga pero final de la vida, cuando la niñez reaparece y semeja como que empieza a retornar de una manera muy intensa y muy diferente a como, al menos yo, la veía hasta ese instante".
César Antonio Molina nació a menos de cien metros del mar, custodiado por el faro más antiguo del mundo, la Torre de Hércules, acostumbrándose a ir al colegio atravesando playas, internándose en los bosques, escuchando los sonidos secretos de sus habitantes alados o terráqueos, olfateando el aroma de sus árboles y viendo correr ríos como serpientes entre conventos románicos: "Si la infancia y el lugar donde ha crecido uno, son la época y el sitio en los que una persona inicia su relación con el mundo -reflexiona- no cabe duda de que todo eso ha influido en mi vida y ha marcado mi existencia. Es por eso por lo que toda mi poesía está llena de playas, de mares, de océanos, de faros, de paisajes... aunque ésta es en realidad la primera vez que escribo sobre un sólo motivo, sobre el río que para mí no es sólo un río, ni un río cualquiera, sino el río de todos los ríos".
-¿Qué clase de niño era César Antonio Molina y con qué clase de niños se juntaba para jugar, para golfear...?
-Yo era un niño muy reservado que comenzó muy pronto la lectura y que también tempranamente sintió, a la par que fascinación por la literatura, un desenfrenado amor por el cine y la música. Recuerdo pasarme días enteros en la sala de cine, zamparme desde las sesiones matinales hasta las más noctámbulas...A los catorce años ya publicaba artículos en prensa. Era un niño ocupado, sí, y de alguna manera sigo siéndolo. Quien me conozca un poco te dirá que soy una persona que no consigue estar ni media hora sin hacer nada.
-¿Un niño solitario?
-Más bien diría que un niño que aprendió a socializarse por sí mismo. Nunca tuve una convivencia de grandes amigos, de grupos, de pandillas, sino que yo mismo me fui creando mi propio mundo de una manera muy autónoma. Pertenezco a una familia republicana, de las que perdieron la guerra, de las que una parte pagó con la cárcel y otra con el exilio de por vida. En aquellos años, a todo ese drama, a todo ese halo de tristeza que me rodeaba o que simplemente intuía, yo lo concebía como un misterio. Era consciente de que había un misterio en mi familia, un misterio cargado de melancolía que sólo pude ir desentrañando con el paso del tiempo y gracias a unos padres maravillosos que no sólo me educaron en el saber, en el conocimiento, sino también en lo innecesario de acoger ni el resentimiento ni ningún otro deseo de venganza. Si en algo se empeñaron mis padres fue en procurar evitar a toda costa que una nueva generación volviese a sufrir lo mismo que había sufrido la suya.
La primera muerte de la vida de César Antonio Molina tenía "unos maravillosos ojos azules de campesina gallega". Eran los de su bisabuela materna, "a cuya agonía asistí, a pesar de los esfuerzos de mis padres por apartarme. Debía tener yo unos trece años y en aquellos días aprendí que, a veces, las palabras son incapaces de expresar el dolor. Aquel silencio de las lágrimas, aquella tristeza del duelo... El fallecimiento de mi bisabuela me hizo ser consciente de la muerte y, por lo tanto, de la temporalidad de la vida, desde muy joven, algo que, para un poeta, y yo me considero poeta, poeta todo el tiempo, resulta esencial, fundamental.
-¿Poeta todo el tiempo? Yo he escuchado decir a escritores como Méndez Ferrín, quien a su vez se lo había oído al poeta Angel González, que eso resulta humanamente imposible...
-Ferrín es un gran poeta y un escritor del que he aprendido y aprendo mucho. De hecho, leo casi siempre sus artículos en
LA OPINIÓN, pero él sabe perfectamente que hay cosas en las que discrepamos, y ésta, aunque no la conocía hasta ahora, debe ser una de ellas. Yo me siento poeta desde muy joven las veinticuatro horas del día, y no he dejado de serlo ni media hora en ningún día de mi vida. Para mí, ser poeta es una manera de estar en el mundo, de relacionarte con lo que te rodea, y por tanto, yo he sido, soy y seré poeta hasta el último día de mi vida, hasta mi último suspiro. Y te diré más, soy de los que entienden que uno es poeta siempre y, si no es así, no hay poeta, no se es poeta. Otra cosa es lo de escribir poesía,y eso sí que requiere de momentos, de circunstancias, incluso de espacios, muy especiales, muy particulares, muy personales, muy íntimos.
-´Soy un escritor furtivo´. Eso se lo he leído yo a usted ¿En qué consiste su furtivismo?
-En que vivo en una especie de paradoja, y me explico. Yo no soy un escritor profesional porque no me dedico a la escritura de forma profesional, pero tampoco soy un escritor aficionado porque siempre he escrito, porque llevo toda la vida escribiendo. Es por eso por lo que digo que soy un furtivo, porque a mí me gusta ser furtivo y ejercer de furtivo en tanto en cuanto siempre he escrito lo que he querido, como he querido y cuando he querido, y afortunadamente hasta he tenido la suerte de haber publicado en algunas de las mejores editoriales españolas y de ser incluso traducido otras lenguas. Pero, eso sí: nadie nunca me ha condicionado mi manera de expresión, ni mis temas, sino que siempre lo he hecho a mi modo y con mi gusto. Por eso me hallo a estas alturas ante esta circunstancia de que aunque la escritura ha sido mi vida, prefiero tenerme y que me tengan por un furtivo.
-Puede decirse de usted que ha encontrado en el furtivismo la libertad, vaya.
-Sí, pero en el buen sentido de la palabra, que conste.
-Furtivo y poeta, diputado y ministro. Y todo a la vez ¿Cómo lo hace?
-Hay quien cree que por ser ministro y diputado apenas debería tener tiempo para escribir pero, para mí, mis actuales ocupaciones políticas apenas han supuesto un obstáculo. Es más, hasta te diría que no han supuesto ningún esfuerzo añadido a mi faceta de escritor, sino más bien un estímulo. Llevo toda la vida levantándome temprano, a eso de las cinco de la mañana, y esas son las horas que elijo para escribir porque son las horas más largas del día, porque en ellas no suena el teléfono, no hay alteraciones...y, encima, es que siento una gran satisfacción al llegar al trabajo con mi tarea cotidiana personal cumplida. Obviamente, también me acuesto temprano.
-¿Y qué me dice de la soledad del que escribe?
-Que, en mi caso, se trata de una soledad grande, pero compartida. Yo la comparto con mi mujer y con mi hija, que es una gran lectora.
-Una apuesta. ¿A qué es usted de los de la secta de Picasso?
-La ganas, tienes toda la razón. Como él decía, y yo suscribo,´a mí, que la inspiración me pille trabajando´.