JOSÉ MANUEL GUTIÉRREZ | A CORUÑA
La ruta que siguen quienes se resisten a abandonar su paseo cotidiano por las conocidas como calles de los vinos está a punto de perder uno de sus emblemas, la tasca a la que todos llaman La Traída pese a que en sus 73 años de existencia jamás dispuso de un rótulo que indicara cuál es su nombre. Los más habituales explican a los noveles que esa denominación procede de la presencia en el edificio de enfrente hace ya muchos años de las oficinas de la compañía de aguas, a la que se conocía entonces como de la traída.
Los propietarios del inmueble situado en el número 3 de la calle Torreiro han comunicado a Sisa y Mari Carmen Vázquez Estévez, quienes regentan la taberna desde su adolescencia, que tienen el plazo de un año para abandonar el bajo, ya que pretenden edificar en ese lugar.
La noticia ha corrido como la pólvora entre los habituales de la taberna, considerada como la última de las de estilo tradicional en el centro de la ciudad, por lo que han transmitido su apoyo a las dos mujeres. "Nos dicen que esto no se puede tirar, que también es patrimonio de la humanidad, como la Torre de Hércules", comentan acerca de la actitud de sus clientes, alguno de los cuales ha propuesto convocar una manifestación.
La familia Vázquez Estévez se instaló en este local, de una sola planta, en 1936. Sisa y Mari Carmen tuvieron que abandonar la escuela cuando tenían sólo quince años para trabajar en la taberna y colaborar en el sustento familiar.
Durante todos estos años, el establecimiento conservó el ambiente propio de las tabernas de antaño, con el suelo de losas de piedra sobre el que se vierte serrín para empapar el vino que cae de las tazas llenas hasta el borde. En las paredes, un sinfín de carteles de promoción turística de la ciudad y del Deportivo, la gran pasión de Sisa y Mari Carmen, acérrimas defensoras del club coruñés y asiduas del estadio de Riazor.
Regreso
"Hemos pedido que nos permitan regresar al bajo cuando construyan el nuevo edificio, pero no nos han contestado", explican las veteranas hosteleras, que destacan que el inmueble en el que trabajan es el mismo que el número 10 de la calle Real, pero que ése no será derribado para dejar paso a uno nuevo. Ante esa situación, solicitaron a un arquitecto que determine cuáles son los límites del edificio, con el fin de evitar ser víctimas de un trato discriminatorio con relación a los otros inquilinos.
Ahora se encuentran a la espera de recibir una respuesta de los propietarios sobre su petición de retorno, que, en caso de que no fuera satisfecha, supondría el fin de una de las tabernas con más sabor y solera, en la que el vino se sigue sirviendo en las tradicionales tazas y en donde ni siquiera la cerveza se sirve a presión.