En los próximos días Touriño y Quintana reeditarán un acuerdo, que se suscribió en las vísperas de las elecciones municipales, por el que la Xunta suspende los actos inaugurales, las primeras piedras, las puestas en servicio y los anuncios de planes estrella durante la campaña electoral de las generales de marzo. Nuevamente, se afanan por presentarlo como un compromiso ético, de juego limpio y de respeto a los ciudadanos, cuando en realidad es como un pacto de no agresión entre los socios del bipartito, en evitación de males .Mayores.
PSOE y BNG son muy conscientes de que desde que asumieron el Gobierno autonómico, en lo que alguien ha bautizado como régimen de coalición competitiva, están deparando a la ciudadanía un espectáculo nada edificante, con constantes desencuentros, rifirrafes y hasta algún que otro desplante, como para agravarlo aún más lanzándose a una carrera a ver quién inaugura más y mejor de aquí a la próxima cita con las urnas.
Se trata además de evitar situaciones tan bochornosas (típicas dijo Touriño) como la suscitada con la reciente visita inaugural del ministro de Cultura y candidato socialista César Antonio Molina a una biblioteca sin libros (Quintana dixit) en Santiago de Compostela, en ausencia de la conselleira nacionalista del ramo. Lo peor de incidentes como ese no es que le sirvan de munición al Partido Popular, sino que socavan ante amplios sectores de la opinión pública la credibilidad del bipartito como aventura política viable.
Se necesitan y a la vez se repelen. Socialistas y nacionalistas saben que compiten por el mismo electorado. Que tal como funcionan las cosas en un sistema político tan asentado como el gallego, si unos ganan votos, será a costa de los otros. De modo que al tiempo que han de soportarse (entenderse es otra cosa) para evitar que gobierne Galicia la fuerza más votada, o sea, el PP, están condenados a confrontarse permanente entre ellos (decir enfrentarse tal sea demasiado), para que la ciudadanía menos avisada sepa que no son los mismos, ni son iguales. Ahora bien, la confrontación tiene un límite que no se puede traspasar sin exponerse a una muy adversa reacción de los votantes, propios y ajenos. Por eso no les queda otra que pactar una tregua electoral y decretar un armisticio institucional, para no convertir San Caetano en un sangriento campo de batalla. Aunque allende los nobles muros de la sede xunteira valga todo.
Ojalá no funcione la ley del péndulo y se pase de un extremo a otro. Una cosa es suspender las inauguraciones con anuncios en los periódicos, una cohorte de autoridades afines, corte de cinta y banda de música, que se agradece, y otra muy distinta, abrir al tráfico tramos de carretera sin avisar, clandestinamente, como a traición, que es algo a lo que en Galicia empieza a tenernos acostumbrados la ministra de Fomento. Eso será muy respetuoso con el cuerpo electoral, pero no deja de ser también una desconsideración hacia el resto de las instituciones y los ciudadanos del común, que tienen derecho a estar informados de lo que les afecta. Vamos, que ni tanto ni tan calvo.
FERNANDOMACIAS@TERRA.ES