Los pontífices después de la muerte

El incorrupto cuerpo de los papas

11.05.2008 | 03:33
El cadáver expuesto de Juan Pablo II.
El cadáver expuesto de Juan Pablo II.

El Vaticano entierra los cadáveres de los pontífices en tres féretros, con muchos sellos y tornillos, como para espantar la tentación de recuperarlos, pero obliga a aplicar "tratamientos conservativos".

Las noticias recientes acerca del futuro traslado de los restos de Juan Pablo II, una vez beatificado, de la cripta vaticana a un lugar menos críptico de la basílica, y de la petición de los polacos de querer tener en la catedral de Cracovia, allí en Polonia, el corazón de dicho Papa, replantean temas relacionados con la necrolatría papal, que es consecuencia obligada de la contemporánea adoración a los papas o papalatría, un tanto extrañas a la tradición e historia eclesiásticas.
El genial Baudrillard, ya desaparecido, en su madrileña conferencia El exorcismo del cuerpo (publicada, en extracto, por El
País el 17 de septiembre de 1987), consideró al Papado de estos tiempos, tan mediáticos y de tantas imágenes, como un gran productor de signos recomendando escrutar los signos papales para ver hasta lo que se quiere ocultar y oír lo que se quiere callar. El Vaticano, tan lleno de ritos y símbolos, es un laboratorio superdotado para el análisis sobre temas esenciales; de riqueza incomparable el catolicismo respecto de las otras religiones monoteístas (judaísmo e islam), que no tienen Vaticano ni algo que se le parezca, e incomparable, igualmente, con las religiones politeístas, que, por no tener, ni tienen libros revelados, ni iglesias ni clérigos. Tal vez por esas carencias, los politeísmos, como el griego y romano, resulten tan simpáticos -esto último escrito quede también con la simpatía hacia mis amigos, clérigos católicos, compañeros (pues compartimos pan y alimentos de vigilia los viernes) que no camaradas (no compartimos cámara o habitación), de bondad abundante ellos, mis amigos-.
Si la muerte, para los creyentes, no es muerte sino tránsito para la nueva y verdadera vida, de felicidad suprema en la ciudad celeste junto a la Divina Majestad, para los no creyentes la misma muerte es el principio de nada y de la nada, siendo eso hacia lo que avanzamos y de seguro futuro -según dicen-, y juzgando las creencias de los otros, de los creyentes, como delirios o fantasías. Esa radical discordia, mejor que diferencia, plantea variadas consecuencias; en primer lugar, una disparidad en lo que se denominan valores, siendo necesaria y radical la neutralidad del poder político que ha de gobernar una comunidad en la que hay, tan dispares, creyentes y no creyentes; en segundo lugar, los científicos de lo divino o teólogos han elaborado una ciencia, muy complicada, que llaman escatología, que versa sobre muerte, milagros, resurrecciones, juicios finales, infiernos, cielos y parusías y ante la cual quedarse corto es recomendable, para no pasar de largo y rozar con lo fantástico. El cardenal Ratzinger, en el año 2000, en Conversaciones con P. Seewald, recomendó cuidado: "Parece inútil especular sobre el aspecto que tendrá el cuerpo material una vez resucitado".
Si la ateología de los ateos tuviera escatología -que no la tiene- ésta sería muy simple o de mínimos: nada de nada o la nada, como la que conocimos antes de nacer, que estábamos como muertos. Para unos, pues, la muerte es el inicio de un mucho trajín con juicios, traslados, estancias y presencias diversas; para otros la muerte es el descanso absoluto. Y es que lo escatológico no es algo accidental, sino esencial para que una religión sea Religión con mayúscula y patentada, y en ello es donde, precisamente, la ciencia está acosando más a la religión. Aquí entran ya en danza los cuerpos de los muertos que, para los no creyentes, sólo son cadáveres en descomposición, con resultado final de polvo, y en los que, para los creyentes, puede haber milagro, indicios de santidad u otros fenómenos relacionados con el más allá. Por eso, el artículo 28.9 de las normas de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos -normas que han de observarse en las investigaciones que hagan los obispos en las causas de los santos- ordena la inspección del sepulcro del candidato a beato o santo. También por eso la Iglesia católica levantó tarde la prohibición de incinerar los cadáveres (en el Concilio Vaticano II), y también por lo mismo Benedicto XVI respondió en las conversaciones citadas antes que "la inhumación comporta un reconocimiento implícito de la esperanza de resurrección". La exhibición de la cara incorrupta del italiano capuchino padre Pío hace dos semanas fue la prueba milagrera que le faltaba, aunque la laica prensa italiana descubriera que el rostro del fraile fue tratado con silicona por una empresa especializada londinense. ¡Monumental negocio el de la televisión, padre Pío!
Y llegamos a los papas, que, por adorarlos ahora como nunca, con la ayuda de tanta excitación mediática, no sólo han de ser santos sino súbitos, aunque con intensidad variable, unos más y otros menos; unos con santidad inflada y luego desinflada y otros con santidad de principio a fin.
Sus cadáveres, los de los papas, no pueden ser unos cadáveres normales, que, por tanta manipulación (enredos con las manos), parecen rebasarse los límites del humano respeto debido a los difuntos, pudiéndose en esto, como en otros asuntos, pasar con facilidad de lo sublime a lo abyecto.
El cerramiento de los cadáveres papales en tres féretros, con muchos sellos y tornillos, parece más un conjuro o exorcismo para espantar la tentación o pulsión incontenibles de algunos monseñores romanos por desenterrarlos lo más pronto posible y volver a verlos, fuera de sus tumbas o sarcófagos, hurgando en los restos. Aclaremos de entrada que la doctrina oficial del Vaticano es que a los cadáveres de los papas, no se los embalsama, sólo se les practican tratamientos conservativos. Vayamos por los últimos papas, no siguiendo el orden cronológico de su muerte por la lógica de esta escritura, que es más respetuosa que lo que pudiera creer, leyendo, un lector o lectoro aturdido.


Pío XII
Explosiones en la carroza fúnebre
Mientras a primeros de octubre de 1958 en el parvulario de los Maristas, en Santa Susana (Oviedo), se explicaban apariciones milagrosas al Papa así como sus diálogos místicos con pajaritos, intramuros de Castel Gandolfo, donde el Pastor Angélico murió de ataques de hipo por enfermedad del hipotálamo, ocurrían otras cosas. Su médico personal o protomédico pontificio fue el doctor Galeazzi-Lisi, siendo lo más sorprendente no que traicionara al Papa con las furtivas fotografías que le hizo agónico y muerto, sino que su especialidad fuese la oftalmología, especialidad un tanto rara para un médico de cabecera. Tal extrañeza se explicó por el afecto que a dicho médico tenía la doméstica del Papa durante cuarenta años, la monja teutona sor Pascualina Lenhert, siendo muy sabido que la llamaban Papisa y siendo menos sabido que también era llamada por unos la virgo potens y por otros la del virgo potens -en el Vaticano al igual que aquí, por celos y envidias, hay fieles seguidores de la siguiente máxima diabólica: Al enemigo nunca se le debe injuriar poco-. El oftalmólogo, para mayor desgracia, se empeño en realizar él mismo el tratamiento conservativo al cadáver del Papa, experimentando a dicho efecto un nuevo método, sin extracción de intestinos, que resultó un fracaso estrepitoso.
El francés Robert Serrou en su libro Pío XII, el Papa-rey (1992) cuenta que, ya instalado el cuerpo mortal del Papa en el gran catafalco al pie del altar de la Confesión, con los cantos del miserere y el benedictus del coro de la capilla Sixtina e iluminado el catafalco con cirios y candelabros gigantes, especialistas embalsamadores subían de noche, cerrada la basílica, al imponente catafalco para retocar la nariz del muerto, que se coloreaba de negro. El británico John Cornwell en su libro Hitler´s Pope (1999), citando a P. Hofmann, cuenta que, cuando el furgón fúnebre, un Fiat 1400, se detuvo en San Juan de Letrán, camino del Vaticano, y llegado de Castel Gandolfo, se oyeron cerca del féretro unos ruidos como explosiones, causados por la fermentación rápida y descomposición del cadáver. Este libro, el de Cornwell, fue desautorizado por el sabio jesuita Pierre Blet, coautor de la publicación Actas y documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial (Librería Vaticana), desautorización que no incluye a lo aquí contado.
Pablo VI, en la solemne sesión conciliar del 18 de noviembre de 1965, anunció el inicio del proceso de beatificación de Pío XII; después ocurrió lo ya sabido sobre el discutible asunto de sus vínculos con el nazismo. A buen seguro que seguirá allí, en la cripta o cueva vaticana, hecho polvo, sin ser beato o santo, al menos mientras los judíos sean tan necesarios, como ahora lo son, en el frente contra el enemigo común: el islam. La atroz cara, que espanta, de la estatua en bronce de Pío XII, situada en la basílica nada más entrar desde la plaza y a la derecha, no se sabe si fue mala intención del escultor, Francesco Messina, o de los cardenales que la encargaron.


Pablo VI
Bronca al equipo médico
Fue en la tarde noche del 6 de agosto de 1978 cuando el Papa murió, día de la Transfiguración del Señor, día de insoportable calor propio del ferragosto romano, que ni siquiera la brisa del cercano lago Albano atenuó. La degenerativa artritis lupu y los sufrimientos de siempre, sobre todo el último, el asesinato de su amigo Aldo Moro, terminaron con Montini. Los tratamientos al cadáver papal los efectuaron los hermanos Signoracci, dirigidos por el protomédico pontificio, el doctor Renato Buzzonetti, que tuvo más quebraderos de cabeza con el siguiente Papa que con éste.
Otra vez se produjeron graves fallos en el tratamiento del cadáver, lo que provocó, junto a las altas temperaturas, que el cuerpo mortal del Papa, expuesto en Castel Gandolfo, comenzase muy pronto a señalar descomposición -la nariz papal avisó de que la cosa iba muy mal-. Por ello, con premura, lo tuvieron que introducir en un féretro cerrado, siendo así trasladado al Vaticano para el funeral. Se escribió que el decano del Sacro Colegio Cardenalicio abroncó al equipo médico, acusándolo de negligencia: el decano era el cardenal Carlo Confalonieri, que fue secretario particular de Pío XII y que a sus 85 años, más tieso que una palma, presidió el triste y austero funeral de Pablo VI en la plaza de San Pedro, que duró tres horas, teniendo a su derecha al cardenal camarlengo y secretario de Estado, el sombrío Villot.
Creo, permítase el desahogo, que Pablo VI fue un excepcional personaje, muy humano, por tanto sufrimiento y por tanta inteligencia. A este Papa, también hecho polvo ya, ni lo desenterrarán ni revolverán en sus restos, no subiéndolo a la nave central de la basílica; su humana inteligencia le agobió con angustias y dudas, y no tuvo el arte del engañoso disimulo, lo que es allí, en Roma, pecado sin perdón posible.


Juan Pablo I
Cosmética para un rostro angustiado
Fue el mismo médico que certificó la muerte de Pablo VI, el doctor Renato Buzzonetti, el que certificó la de Juan Pablo I (Albino el Breve o el Veloz, llegando a Papa en veloz cónclave y saliendo del papado velozmente). El certificado médico dice: Morte improvvisa da infarto miocardico acuto. Bastantes libros, más de entretenida novela policiaca que de seria investigación, narran cosas terribles sobre la real causa de su muerte. Nada nuevo sabemos, pero sí diremos que las contradicciones sobre la hora de su muerte, sobre lo que estaba leyendo, sobre quién primero le vio muerto (su doméstica, sor Vicenza, o el secretario monseñor Magee) y sobre si se le hizo o no la autopsia, hicieron perder a la Santa Sede la batalla de la información. El Vaticano, tan cuidadoso de la imagen y la apariencia, contribuyó por atropellamiento nervioso o por sabe Dios qué a que las sospechas malignas mantengan la credibilidad, consiguiendo incluso que las palabras homicidio y asesinato entrasen en sus estancias, todas calificadas de apostólicas. Advirtamos que todo pudo ocurrir, incluso lo más normal: a veces, el Poder (con mayúscula y no sólo el civil) -como bien saben quienes lo conocen por dentro y lo ocultan a los de fuera- es un sainete, un esperpento, una comedia de capa y espada o de enredo, que ha de alojarse -el Poder- en palacios grandes y lejanos (para no poder verlo ni oírlo), haciendo de las estupideces tragedias y tragedias de las estupideces.
Ocurrió con este Papa una novedad; por primera vez se anunció que el cadáver de Juan Pablo I, para su conservación, fue tratado con formalina y con otros productos técnicos, y por primera vez se informó que al cadáver se le hizo un tratamiento cosmético para evitar la expresión angustiosa de la agonía, dicho lo cual, las conjeturas terribles volvieron a alimentarse, pues una muerte tan improvvisa no casa bien con angustiosa agonía.
En cualquier caso, en el cuerpo papal, expuesto primero en la sala Clementina del palacio apostólico, delante de la gran chimenea -ahora tapiada- que en otros siglos tanto calentó aquellas frías estancias, y expuesto luego en la basílica, nada extraño se advirtió. Fue el Papa sin duda mejor tratado después de muerto, no ocurriéndole nada parecido a lo de Pío XII o Pablo VI. Decir que el cadáver de Luciani estaba como una rosa puede ser, tal vez, excesivo, pero? Es penoso que su secretario de Estado y ya decano del Colegio Cardenalicio, el lúgubre cardenal francés Jean Villot, que tantos secretos sabía y que presidió su funeral, muriese tan rápido, a los pocos meses, yaciendo tumbado en la iglesia romana de San Luis de los Franceses. Cuentan que, cuando se le pregunta a gritos en esa iglesia por lo que hizo o pasó, el silencio es sepulcral.
En la revista 30 Giorni nella Chiesa e nel Mondo, número 8/9 de agosto-septiembre de 2003, cuando el periodista pregunta al cardenal Ratzinger sobre las sensaciones sensaciones producidas al conocerse la muerte prematura de Juan Pablo I, aquél responde: "Fue un golpe duro, como si la Providencia hubiese dicho no a la elección que hicimos los cardenales en cónclave".


Juan XXIII
Olor a formol y cuerpo menguante
Fue en una radiante mañana de Pentecostés, el 3 de junio de 2001; la procesión con muchos monseñores de morado y algún franciscano en rezo, primero pasó bajo el arco de las Campanas y luego penetró en la plaza de San Pedro, empujando los sediari la urna de cristal y bronce con los restos visibles de Juan XXIII, a los 38 años justos de su muerte, y que, proclamado beato el año anterior, era trasladado desde el sarcófago en la cripta al altar de San Jerónimo en la basílica, a la derecha y fondo entrando, para allí ser objeto de culto por los fieles. En la urna se veía un poco de la cara del buen Papa y sus manos -le quitaron los guantes con los que fue enterrado-, vestido con los ropajes pontificales, blancos y de sedas moradas, con bordados y con el famoso camauro o gorrito rojo, tan del gusto del actual Benedicto. Se explicó que el rostro visible iba cubierto de una ligera capa de cera, destacándose en exceso la prominencia de su nariz (Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI fueron papas de narices grandes y descomunales, gran obstáculo para los tratamientos y embalsamamientos, pues ese apéndice nasal tiene prisa en descomponerse, como si se cansase de tantos malos olores. La misa del traslado fue celebrada por el papa Juan Pablo II, que salió directamente a la plaza desde el interior de la basílica, encontrándose allí con todo, vestido el Papa con una casulla roja y con una original mitra en la que estaban dibujadas lenguas de fuego, lo que dio impresión de Apocalipsis.
Esta vez fue el doctor Genaro Collía el que, el 3 de junio de 1963, trató el cadáver del difunto Papa, con éxito, pues consiguió bloquear el inevitable proceso, y ello con un procedimiento también novedoso a base de formalina. Si se compara la foto de aquel tiempo, en el catafalco de la Basílica, con las imágenes de este traslado, se aprecia una notoria disminución del volumen corporal, sobre todo en las extremidades inferiores -las piernas no son tales-, estando los pies y las zapatillas papales tiesas por estar pegadas y apoyadas en un cojín, como empotrado en el cristal de la urna.
Esa procesión causó tal impacto, que fue pretexto para volver a Roma y por curiosidad. Llegué y me arrodillé lo más cerca que pude del altar de San Girolano o Jerónimo, en la basílica vaticana, y a escasos metros de la urna papal, aprovechando un despiste del custodio (testigo el mismísimo San Girolano). Lo que escribiré a continuación es como si diera fe bajo apercibimiento de sanción por falsedad en documento: el olor a formol o a formalina era difícilmente soportable. Con humildad debo advertir: o bien el olor pestilente fue captado con acierto por mi preciso sentido del olfato, o bien el olor fue una patraña psicosomática del Maligno satánico con rabo o rabudo y con cuernos o cornudo.
Ángel Aznárez es notario

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