M. H. | A CORUÑA
Empecé a dar clase hace treinta y siete años y me quedan sólo cuatro para jubilarme. Mis inicios fueron en la enseñanza privada, pero llevo ya tres décadas ejerciendo en centros de titularidad pública. He estado en Puebla de Sanabria, en Ponferrada, en Melide, en Gernika y en Ferrol y, desde hace 21 años, soy profesor en el instituto Monte das Moas de A Coruña, en el que también he ocupado el puesto de director. Doy clases de Física y Química, y este curso me han tocado los alumnos de 3º y 4º de ESO, y los de 2º de Bachillerato. Todavía disfruto de mi trabajo, y creo que el ambiente en los institutos no es tan malo como algunos políticos, y sobre todo los medios de comunicación, nos lo quieren pintar. Es cierto que en todas partes hay algún descerebrado, pero la mayoría de los alumnos son buenos chicos. El problema está en el actual sistema educativo, que les obliga a permanecer escolarizados hasta los 16 años cuando algunos, a los 13, ya tienen claro que no quieren estudiar. Entonces tienden a incordiar en clase y es cuando se producen conflictos, aunque casi siempre de carácter leve.
. Inicio del curso. Me apetece empezar las clases. La preparación de los exámenes de septiembre y la selectividad -formo parte de un tribunal de corrección- me han hecho desconectar el chip de las vacaciones, y ya me encuentro a pleno rendimiento. Además, tengo ganas de conocer a mis nuevos alumnos, que aunque lleve ya muchos años en esto, a uno siempre le pica la curiosidad. He de reconocer que algunos compañeros de mi quinta -los que menos-, están un poco quemados, pero yo aún disfruto dando clase. Si no fuese así, a estas alturas, ya me habría jubilado.
. Relación con el alumnado. Lo que más me gusta de mi trabajo es la relación con los alumnos y lo que menos, sin duda, corregir exámenes, que es un auténtico suplicio. Hablar con los chavales, sin embargo, me encanta. De hecho, suelo hacer que mis clases sean muy interactivas, introduciendo temas cotidianos que les puedan interesar. Por ejemplo, si les estoy enseñando la fórmula de la velocidad, aprovecho para enlazar con alguno de los llamados contenidos transversales, como la educación vial, y les explico los límites de velocidad o alguna otra cuestión de ese tipo. También me gusta que al final de las clases se genere debate. Escuchar las opiniones de los alumnos ayuda a comprender, mucho mejor, algunos de sus comportamientos.
. Desmotivación. Creo que algunos chavales están desmotivados, y a esa falta de interés contribuye el hecho de que el actual sistema educativo les obligue a permanecer escolarizados hasta los 16 años, aunque tengan muy claro, desde hace tiempo, que los libros no son los suyo. Pero al margen de estos casos, también hay alumnos que sí quieren estudiar, pero a los que les cuesta mucho ponerse a ello. Es una cuestión de actitud. Los profesores podemos esforzarnos en hacer más atractivas las clases, pero lo que no podemos hacer es obligar a nadie a aprenderse los contenidos que les enseñamos. Eso depende ya de cada uno.
. Conflictividad. La mayoría de los alumnos son buenos chicos, jamás se meten en problemas y tampoco generan conflictos en los centros. Pero en todas partes hay descerebrados y en las aulas de los institutos, como es lógico, también. El problema está en que algunos medios de comunicación tienden a generalizar y a hacer ver a la opinión pública que los estudiantes de hoy en día son unos vándalos, y esto no es así. De una situación de violencia puntual hacen un titular y, a partir de ahí, se forma una bola imparable. En mi caso, por ejemplo, en 37 años de profesión, jamás he tenido un problema importante con ningún alumno, ni siquiera durante mi etapa como director. Es más, en los 21 años que llevo dando clase en A Coruña, sólo recuerdo una agresión, que fue la que sufrió el director de instituto de Someso por parte de unos padres. La práctica totalidad de los problemas, por suerte, se solucionan hablando.
. Falta de respeto. Cuando empecé a dar clase, en el año 73, les pedí a mis alumnos que me tuteasen y les expliqué que el respeto no consistía en tratar a las personas de tú o de usted. En aquella época, lo normal era utilizar el "don" o el "doña" para referirse a los profesores y, por supuesto, dirigirse a ellos con el usted. Los de mi generación, sin embargo, empezamos a imponer un concepto de respeto distinto, más acorde con los tiempos. Por eso, volver a debatir este tipo de cuestiones, treinta años después, me parece ridículo. El problema actual es otro, y es que los chavales están perdiendo ciertos valores por culpa, sobre todo, de lo que ven en la televisión. ¿Cómo se les puede pedir respeto si cuando encienden el televisor se encuentran a todo tipo de personajes públicos, e incluso a periodistas de renombre, profiriendo gritos, insultos e incluso a punto de llegar a las manos? Es demencial. Por otro lado, y en cuanto al tema de la pérdida de autoridad por parte del profesor, sí creo que se debería aprobar un estatuto o una modificación de la actual ley que contemple castigos para esa minoría de alumnos o padres que cometen agresiones. No hay derecho a que un energúmeno pegue a un funcionario público y se vaya de rositas tras pagar una multa de 150 euros.
. El papel de los padres. Al igual que ocurre con los alumnos, la inmensa mayoría de los padres son personas responsables y educadas con las que resulta fácil mantener una relación fluida. Que el otro día a un descerebrado se le haya ocurrido empujar a un profesor en Madrid no implica que todos los padres actúen así, aunque sí es cierto que algunos son más permisivos que otros. Pero, en general, la mayoría de los padres se esfuerzan en educar a sus hijos. Y aunque lo normal es pensar que detrás de un chaval conflictivo se encuentra una familia que también lo es, esto no siempre es así.
. Ratio de alumnos por aula. Cuando empecé a trabajar, cada clase tenía, como mínimo, unos cuarenta alumnos. En el centro donde ahora estoy la media está en unos veintipico estudiantes por aula, una cifra que, desde mi punto de vista, está bastante bien porque permite prestar una atención más personalizada a los chavales. Y creo que la mayoría de los institutos de A Coruña andan por esas ratios.
. Nuevas tecnologías. Poco a poco, las nuevas tecnologías se están introduciendo en los centros de enseñanza y esto es muy positivo, porque contribuye a captar la atención de los chavales y también porque facilitan, en gran medida, el trabajo de los profesores. En el instituto donde trabajo, por ejemplo, este curso todas las aulas de 3º de ESO van a contar con un proyector conectado a un ordenador, una tecnología muy útil que me va a permitir explicar el modelo atómico de Dalton sin necesidad de hacer garabatos inteligibles en la pizarra (se ríe). A algunos compañeros de mi edad les está costando mucho adaptarse, pero a mí me da hasta cierta pena que la revolución tecnológica me haya pillado tan tarde.