MATÍAS VALLÉS
. l principal reto periodístico consiste en seleccionar los datos que deben figurar en el primer párrafo de una pieza. Dicho de otra forma, en qué línea del perfil de Bill Clinton hay que citar a Mónica Lewinsky, o en qué momento nublan los GAL un encomio de Felipe González. El titular Rajoy y Zapatero nombran a un alto cargo franquista al frente de RTVE demostrará que un retrato exacto no es fiel, pese a que Alberto Oliart fue jefe del gabinete técnico del Ministerio de Hacienda y alto directivo de Renfe durante esa época. La púrpura ministerial mantiene su poder de sugestión pese a la decoloración de los últimos gobiernos, por lo que ha recubierto la biografía del nuevo presidente de la televisión pública, ministro de tres asignaturas. Liberal es un paraguas demasiado amplio, bajo el que se cobijan un número excesivo de españoles según el último barómetro del CIS. Un poeta al timón de la corporación también rimaría. Sin olvidar la poética condición de abuelo de las hijas de Joaquín Sabina. Ninguno de los encabezamientos citados podría ser rechazado por el político que enmarcó sus memorias bajo el genérico Contra el olvido. En aras del consenso evolutivo que rige su biografía, se le podría llamar un hombre de la transición, con el matiz de que ese fenómeno que asombró al mundo pertenece al siglo pasado.
Pese a la densidad y pluralidad de su currículum, Oliart ha sido signado en la culminación de su carrera política con el dato más trivial, su edad. Tiene 81 años, nació dos décadas antes que la televisión. En principio, resulta ejemplar que los octogenarios acepten responsabilidades de ese calibre, pero la policía del integrismo se ha abatido contra quienes definan al nuevo presidente de RTVE por su fecha de nacimiento, con la acusación de discriminación por edad. No importa que ese dato sobresalga en cualquier apreciación de una persona, el nuevo periodismo ha de educar en lugar de limitarse a mostrar. En un suceso sangriento, Estados Unidos vive una polémica similar. Asignar la condición de musulmán al psiquiatra autor de la matanza de Fort Hood se considera un síntoma de islamofobia, pese a las pruebas crecientes sobre una locura de inspiración religiosa.
Por poner algunos contraejemplos, Alan Greenspan era considerado el maestro de las finanzas mundiales mientras presidía la Reserva Federal estadounidense con ochenta años. Samaranch lideró el olimpismo hasta los 81. Si admitimos la salvedad de que accedieron al cargo mucho antes, el intocable Obama nombró a Paul Volcker, con 81 años cumplidos, director del Consejo para la Recuperación Económica de la Casa Blanca. Más cerca, Giscard recibió el encargo de redactar la Constitución europea cuando se aproximaba al octogenariado. En fin, la descalificación de Oliart por su edad contrasta con un país que acaba de conmemorar la lucidez inmortal de Sabino Fernández Campo, fallecido a los 91.
En una interpretación benévola, Zapatero y Rajoy han ofrecido un ejemplo de integración, al pactar el nombre de Oliart con independencia de su edad. Sin embargo, la suspicacia asociada a las decisiones políticas obliga a calibrar si los líderes se han conjurado en el nombramiento de un octogenario, para enviar el mensaje de que se da vía libre a la liquidación de la televisión pública en el negocio de las audiencias. En este caso retorcido, ellos pecarían de ageism inverso, al mismo tiempo que remueven las aguas de la transición. En fin, la edad no otorga ningún privilegio a Oliart, que no podrá refugiarse en sus años para justificar sus presuntos errores. En cuanto al destino de RTVE, no se encamina hacia una BBC que nunca pretendió emular, sino hacia una PBS, la modesta televisión pública norteamericana enfocada a la retransmisión de plenos parlamentarios.
Saltando de la biología a la ideología, sería curioso examinar el mecanismo que conduce a Zapatero a proponer a Oliart al frente de RTVE. La mayor presencia pública del ex ministro se sustanciaba hasta el lunes mismo en una tertulia radiofónica a dos voces junto a Santiago Carrillo. Las posturas que adoptaba el antiguo diputado de UCD por Badajoz entroncaban a menudo con las decisiones de La Moncloa socialista, en cuestiones ásperas como la política presupuestaria. Sustituía en esas conversaciones a Herrero de Miñón, y puede afirmarse que coincidían en la heterodoxia respecto de su adscripción originaria. Su ascenso se inserta en la tradición de un presidente del Gobierno que presume de agnosticismo pero nombra a Carlos Dívar que dicta sentencia por la gracia de Dios y José Bono al frente de los restantes poderes del Estado.
El énfasis en la edad y el liberalismo ha transmitido una imagen afable y blanda de Alberto Oliart, que puede conducir a equívocos. El autor de esta pieza debió señalar en el primer párrafo que ha participado en tertulias junto al recién estrenado presidente de RTVE, el cual no daba su elegante brazo a torcer con facilidad ni sin ella. Un hombre que ha participado en el alumbramiento de los Pactos de La Moncloa y el estatuto de Euskadi puede ser un relativo desconocido para sus conciudadanos más jóvenes, pero acredita una notable capacidad negociadora. En un rasgo de humor negro digno de Zapatero, colocar al frente de la televisión estatal al primer titular de Defensa posterior al 23-F rubricaría la situación desesperada de la institución que se dispone a encabezar.
En una variación del conflicto generacional, se destaca que Oliart no cabalga en la ola tecnológica que conduce a la televisión del futuro. Sin embargo, cabe recordar que Narcís Serra, su sucesor al frente de Defensa y unánimemente considerado como el mejor en esa cartera, no había cumplido con el servicio militar. Aun admitiendo que RTVE supera en importancia a un ministerio, su nuevo presidente puede dominar cualquier innovación tras unos años de rodaje. De momento, ha contribuido a la eliminación del término anciano de los textos periodísticos, para sustituirlo por una asignación de la edad exacta del protagonista de la pieza. En el párrafo correspondiente.