JULIO PÉREZ | A CORUÑA
Probablemente el único que no haya dedicado ni un segundo a analizar la actualización de la conocida lista de multimillonarios mundiales que cada año saca la revista Forbes sea el nuevo número uno, el rico de los ricos. Al magnate mexicano Carlos Slim Helú (Ciudad de México, 1940), estas morbosas clasificaciones, todavía más interesantes en momentos de crisis o cuando el derrocado en la cúpula tras 14 ediciones de reinado es el mismísimo Bill Gates y por primera vez un latinoamericano ocupa su lugar, no le sugieren nada. Ni sentimientos, ni emociones. "El orgullo es propio, es interno, no es el reconocimiento ni el aplauso de los demás. Es el sentimiento que uno tiene internamente por las cosas que hace", confiesa.
El hombre que genera por sí solo el 6% del PIB de su país y amasa una fortuna de 39.400 millones de euros, casi cuatro veces el presupuesto de la Xunta, sigue tomando nota de sus ingresos y gastos en una diminuta libreta que también usa para recoger las estadísticas de la liga americana de béisbol, su gran pasión junto con el trabajo -"una necesidad emocional"-y la familia. Un tipo corriente y con alma, hijo de emigrante libanés y defensor de que cada uno puede forjar su propio destino.
Cuando era un crío, su madre le dio la receta que media humanidad aún busca. "El éxito -le dijo- tiene que ver con tu bondad, tu deseo de servir y tu capacidad de escuchar; no con cuántos te siguen, sino con cuántos realmente te aman". Un pensamiento constante en su vida y en el inmenso currículum del medio siglo que ha tardado en construir el imperio que encabezan el holding de telecomunicaciones Telmex -el rival latinoamericano de Telefónica y principal operador de móviles en el continente-, el conglomerado energético Carso, varias compañías de infraestructuras y una corporación financiera.
El grupo mueve más de 200.000 empleos directos y otros 500.000 indirectos. Y pese al vértigo de los números, Carlos Slim vive en la casa de siempre, la de los últimos 36 años, "más pequeña que la de mis padres". ¿Un capricho típico de la opulencia? No. "Es más cálida para encontrarse con los hijos", asegura. Sus hijos, sus seis herederos, a los que admira más allá del talento para asumir la sucesión. Él prefiere quedarse con el gesto del mayor al donar uno de sus riñones para salvar al más pequeño. "La importancia de la familia es total", razona.
Por eso en su página web (www.carlosslim.com) no ahorra en detalles o fotografías de su círculo más cercano. Toda una excepción entre la reticencia de los poderosos a abrir la puerta de la intimidad. Hay decenas de imágenes del Slim pequeño, de este ingeniero industrial, que fue a la vez profesor y alumno universitario, en sus primeros pasos como empresario y de su adorada esposa, Soumaya Domit, fallecida en 1999 y a la que ha dedicado un museo para continuar con sus proyectos sociales.
Lejos de eternizarse en el timón, con 70 años recién cumplidos, el magnate ha ido cediendo el poder a tres de sus vástagos para centrarse en labores de apoyo a la educación, la salud y el empleo en el país y que le han llevado a crear una fundación junto con la cantante Shakira o colaborar con Mohamed Yunus, el "banquero de los pobres" y Premio Nobel de la Paz.
Enamorado de España, este verano se le vio por el Mediterráneo en un velero de lujo. Aquí sí que no es una excepción con el resto de magnates. Porque le gusta disfrutar de la vida, el carpe diem. Tanto entona una serenata con Genoveva Casanova, ex nuera de la Duquesa de Alba, y el torero Enrique Ponce, como analiza "la nueva sociedad" con uno de sus grandes amigos, Felipe González, del que dice que no le asesora para entrar en el mercado de las telecomunicaciones español, una vieja aspiración del empresario, al que la prensa rosa relacionó el pasado año con la Reina Noor de Jordania.
Al hombre más rico del planeta no le gustan los staffs corporativos, ni gastar tiempo contando monedas. Los diez puntos en los que recoge la filosofía de su grupo empresarial son una apuesta por las estructuras simples, las decisiones rápidas, la creatividad para los negocios igual que para la vida, la modernización, el crecimiento, el trabajo en equipo, la reinversión -"porque el dinero que sale de las empresas se evapora"-, la austeridad en tiempos de vacas flacas para fortalecerse en las gordas, pero sin "amargos ajustes drásticos" cuando los números no dan. "El optimismo firme y paciente siempre rinde sus frutos", resume.
No extraña que su ascenso en Forbes llegue en el peor año de la peor crisis económica de la historia reciente. Él, que tiene su récord de inversiones en 1992, en plena paralización de las finanzas mexicanas y con una deuda pública asfixiante; que defiende las etapas de recesión como una oportunidad. El listado de pruebas de que predica con el ejemplo comienza con su primer negocio, a los 12 años. La compra de una cuenta de cheques que dejó porque "no producía nada". "Al final nos vamos sin nada, sólo dejamos nuestras obras, familia y amigos -contó en una carta en 1994 a la comunidad universitaria de México- y, quizá, una positiva influencia, por lo que en ellos hayamos podido sembrar".