El domingo

Cuando fuimos refugiados

En torno a unos 50.000 gallegos pasaron por los campos franceses de refugiados durante y después de la Guerra Civil - Ahora cuentan sus testimonios y narran sus dramáticas historias

12.10.2015 | 14:17
Exilio de españoles, camino de los campos de refugiados en Francia.

"Les está pasando lo mismo que a nosotros, fue exactamente igual", dice Mariví Villaverde cuando se le menciona la llegada masiva a Europa de personas procedentes de países en guerra: de Siria, de Irak, también de África... La palabra refugiado está muy vinculada también a la guerra civil española, cuando tuvieron que salir del país más de medio millón de hombres, mujeres y niños.

Hija del último alcalde republicano de Vilagarcía, Elpidio Villaverde, a mediados de 1937 Mariví, su madre y dos hermanos consiguieron embarcarse, mediante la tramitación de unos pasaportes falsos, en un buque inglés que les llevó a Marsella. "Aquí ya no podíamos seguir viviendo, teníamos miedo, no podíamos ni salir de casa" , recuerda. Gracias a los contactos de su padre, que además de alcalde era armador y ya se había exiliado unos meses antes, fueron acogidos por "amigos franceses de papá", aunque siempre residieron en casa alquilada, ya fuere en Marsella, en París, en Burdeos, en Orleans o en Guethary... y siempre huyendo.

Pero Francia no fue el "último refugio" de Mariví. Dos años y medio después, en 1939, cuando solo tenía 16 años, zarpaba rumbo a Argentina ante la progresiva ocupación nazi del país: "Llegué a Buenos Aires enferma de tuberculosis, y aún tardé mucho tiempo en recuperarme". Un poco antes, María Victoria conocería al que iba a ser su marido, Ramón Valenzuela, que había estado en Argelès, uno de los campos de refugiados habilitados por el Gobierno francés para los exiliados españoles. "¿Campos de refugiados?". Nos corrige Mariví: "Aquellos no eran campos de refugiados, sino campos de concentración, como los que luego montaron los nazis. La gente estaba presa allí, y si mi marido pudo salir fue porque se fugó, gracias a un permiso por tres o cuatro días que le dieron. La verdad es que, en ese sentido, los franceses no se portaron nada bien con nosotros".

Argelès-sur-Mer, Gurs, Saint Cyprien, Bacarés, Septfonds, Rivesaltes, Vernet d´Ariege... son los nombres de los campos reservados por las autoridades francesas para acoger a los españoles que huían de la represión franquista. La mayoría, construidos a toda prisa por los propios refugiados, no eran más que barracones o zonas vigiladas bajo la intemperie que no disponían de agua potable y donde ni siquiera se distribuían alimentos, lo cual provocó cientos de muertos por desnutrición y otras enfermedades, la mayoría infecciosas.

En esos campos de concentración galos estuvieron internados alrededor de 50.000 gallegos, cuya situación se agravó cuando el territorio pasó a manos alemanas, con la "intermediación" del gobierno pronazi de Vichy. Algunos de ellos, como el coruñés (de Cabo de Cruz) Francisco Pena o el grovense Ramón Garrido Vidal, se alistaron en la Resistencia francesa y acabarían presos en los campos de concentración nazi, de los cuales lograron milagrosamente sobrevivir: Garrido fallecería en Lille en 1995 y Pena, en Galicia en 1992.

Hubo, no obstante, otros gallegos que se decantaron por otras salidas. La principal, la de buscar un "refugio" en los países del Nuevo Mundo. México, Argentina, Uruguay, Cuba o Chile fueron sus principales destinos una vez que en Francia las condiciones de vida no eran precisamente de las más propicias. Fue, en este sentido, el Gobierno mexicano el que mejor se portó con el exilio, al punto de que se calcula en más de 25.000 los españoles acogidos por el Gobierno de México que por aquel entonces presidía Lázaro Cárdenas del Río.

No obstante, una de las iniciativas más espectaculares de ayuda a los refugiados españoles fue la liderada por el poeta Pablo Neruda, en aquellos años cónsul de Chile en París, quien se encargó personalmente de fletar un barco de pasaje, el Winnipeg, que trasladó a más de 2.000 exiliados al otro lado del charco. En aquel tiempo, la secretaria de Pablo Neruda era una gallega, Mercedes Núñez, que durante la II Guerra Mundial sería capturada por los nazis y recluida en el campo de concentración de Ravensbruck. Liberada al final de la guerra, Núñez se convirtió en una de las voces que más denunciaron el holocausto contra los republicanos españoles. Claro que esa es otra historia...

A bordo del Winnipeg, que zarpó del puerto de Burdeos el 4 de agosto de 1939, viajaban una veintena de gallegos, todos ellos procedentes de los campos galos, entre los cuales se encontraban los hermanos Pita Armada, en cuya historia merece que nos detengamos.

Vicente, José y Manuel Pita Armada, nacidos en Cariño, eran tres de 11 hermanos, hijos del matrimonio entre Luis Pita y Asunción Armada, quienes llegaron a hacerse con la propiedad de una fábrica de conservas y salazón que daba empleo a la mayoría de hombres y mujeres del pueblo. La posición de empresarios de sus padres no fue óbice para que el mayor de los hermanos, Manuel, consciente de las duras condiciones de trabajo tanto de marineros como de obreros, se erigiese en uno de los principales impulsores de la constitución, en la costa norte de Galicia, del Sindicato de la Industria Pesquera, federado a la CNT, que, a la altura de 1936, contaba con 1.200 afiliados.

Cuando se produjo el alzamiento contra la República, la resistencia en Cariño,al igual que en el resto de Galicia, fue muy débil. Los tres hermanos Pita, conscientes del grave peligro que corrían sus vidas, procedieron al secuestro de un bonitero vasco, el Arkale, para fugarse en él navegando por la costa cántabra hasta llegar, tras escala en Bilbao, a territorio francés, donde por supuesto acabaron en uno de aquellos inhumanos campos de refugiados.

En aquel Winnipeg que el 3 de septiembre atracaba en el puerto de Valparaíso viajaban, además de los Pita Armada, los también gallegos Celestino y Bernardino Carrillo, José Castro Amigo, Francisco y Pedro Fariña Chouciño, Miguel Garrido Blanco, Jesús Garrido Garrido, Ramón Arcay Novo... Estos son los nombres que ha logrado recopilar el historiador y escritor Hixinio Puentes, quien refiere que "el pasaje pudo desembarcar tres días después de haber efectuado su atraque en el destino fijado, desde cuyo puerto era apreciable la pancarta que los refugiados desplegaron con la imagen del presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda, en señal de agradecimiento". "Aunque „prosigue Puentes„ para contar toda la verdad hay que decir que no todo fueron felicitaciones para Neruda y Aguirre: había también un sector político del país que criticó abiertamente aquella decisión de traerse españoles".

De los tres hermanos Pita del Winnipeg, solo uno volvió a España, Vicente, aunque lo hizo fugaz y casi clandestinamente en 1966 para asistir a la boda de su hijo Pancho. Del resto de aquellos gallegos poco o nada se sabe. "Me consta „refire Puentes„ que algunos de ellos, que eran de Malpica, fueron los que pusieron en marcha la industria de la harina de pescado en Chile; otros volvieron a la dedicarse a la pesca... y el resto pasaron de Chile a Argentina y Uruguay,... allí donde tenían parientes".

En 1945, Mariví Villaverde y Ramón Valenzuela regresaron a Galicia, para contraer matrimonio. Pero el país con el que se encontraron no les gustó en absoluto. De hecho, Ramón fue detenido y encarcelado. Cuatro años después, ambos emprendían una nueva travesía rumbo a Argentina. Con ellos ya viajaban sus dos hijos (de tres y dos): "Cuando me marché me prometí a mí misma que no me emocionaría pero, ya en el puerto, al despedirme de los familiares y amigos, no pude evitar romper a llorar. Allí se quedaban los míos y yo no sabía hasta cuándo". El regreso definitivo a España se produciría en 1966. Cuatro años antes, en 1962, ya había escrito su libro Tres tiempos y la esperanza.

Hogaño, a sus "noventa y tres años y pico", Mariví Villaverde es uno de los escasos refugiados españoles supervivientes. Tras hablar con María Victoria, nos despedimos con un "Y no la molestamos más", a lo que ella responde: "¡No me molestan en absoluto. Todo lo que ocurrió en la guerra hay que divugarlo, ¡la gente tiene que saber!", nos dice mientras, de fondo, suena la voz de un informativo de televisión, de esos en los que salen imágenes de los refugiados de hoy.

A punto de colgar el teléfono, aún nos da tiempo a escuchar "¡Aquello fue terrible, terrible!".

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