Una mirada al más allá de Don DeLillo

El escritor, que participó en el festival Kosmópois de Barcelona, habla con 'Regió7' sobre su última novela, 'Cero K', en la que reflexiona de nuevo sobre la muerte, esta vez en una trama argumental sobre la criogenización

12.06.2016 | 03:37

A punto de cumplir los ochenta, Don DeLillo (El Bronx, Nueva York 1936) es uno de los gigantes de la narrativa norteamericana. Reciente ganador del National Book Award, DeLillo es autor de una quincena de títulos, que dibujan temores endémicos de la sociedad norteamericana. Trece años después de su último viaje a España, ha visitado esta semana Barcelona. Durante su breve estancia, DeLillo concedió una entrevista a un reducido grupo de medios, entre los cuales estaba Regió7, del mismo grupo editorial que LA OPINIÓN. En el encuentro, DeLillo se muestra amable pero perplejo por el hecho de que, a miles de kilómetros de casa, periodistas y expertos se adentren tan lejos en sus novelas. "Nunca sé qué me guiará. Me dejo llevar. Sigo el instinto, como si el lenguaje me arrastrara", dice.

DeLillo rehuye las entrevistas y exige no ser fotografiado. Habla pausadamente, alargando hasta la última letra las palabras. Elige una respuesta y se demora en explicaciones que a menudo eluden la pregunta para insistir en su método sin método (transformar un flujo de pensamiento en palabra) y en la admiración por el hecho de que este proceso creativo encuentre refugio en mentes ajenas.

DeLillo ha presentado en Barcelona Cero K (Seix Barral), su último título, en el que imagina un lujoso complejo de crionización, llamado Convergencia, ubicado en un lugar remoto de la antigua Unión Soviética donde un grupo de multimillonarios intenta escapar a la muerte inminente poniendo sus cuerpos enfermos en suspensión hasta que la ciencia pueda devolverlos sanos a la vida. En la novela, el protagonista viajará hasta Convergencia, para acompañar en el proceso de congelación a la moribunda esposa de su padre, quien, sorprendentemente, decidirá seguir el mismo proceso a pesar de su perfecta salud.

Vida, muerte y vida

Otra vez la muerte y sus diversas formas y amenazas. Para DeLillo el final sin remedio de la vida humana es un argumento central. Como lo son también las estructuras que enclaustran a los protagonistas y las conexiones a niveles subterráneos que conforman el tejido de la realidad. En Cero K, DeLillo afronta de nuevo sus temas clásicos y sus derivas (la muerte y las subestructuras, las amenazas terroristas, la violencia hecha imagen, el poder de los fanatismos, el arte como revelación de lo que nunca es explícito, el paso del tiempo, las perversiones de la historia) con una poética casi zen, exenta de florituras. Una novela que es también un elogio de las cosas simples y ordinarias, pero en el que el meteorito de Cheliabinsk, la guerra en Ucrania, imágenes de refugiados, catástrofes y inmolaciones y alusiones a la fenomenología existenciaria de Heidegger dan contexto a una reflexión sobre cómo sería una vida sin final.

"Por qué tenemos que morir es lo que científicos y filósofos se han preguntado siempre. Morimos desde los orígenes de la humanidad y la ciencia no lo acepta. Si tenemos la habilidad técnica de extender la vida, la ciencia debe probar si podemos conseguirlo", dice. DeLillo sabe que hay individuos crionizados esperando el milagro. Pasos hacia un futuro en el que quizá se cumpla la visión delilliana: "Grandes masas de gente puesta en cámaras con la esperanza de sobrevivir a la muerte". Y el escritor se pregunta "qué tipo de emoción global puede surgir si la posibilidad de extender la vida se convierte en un hecho". Inquietantes cuestiones sobre aquello que hace un tiempo aseguraba el escritor: "La creación artística es una especie de huida que busca descifrar el misterio de la mortalidad, la máxima aspiración de toda obra". Esta novela lo corrobora, pero ahora matiza la idea: "Es cierto, eso lo siento en mis novelas. Pero no planeo que suceda de esta manera. Son las novelas en sí, no yo, quien parecen abrazar la idea de la muerte".

En el texto no faltan pinceladas cómicas. El jardín inglés pulcramente reconstruido en plástico en medio del desierto. Los hermanos Stenmark, diseñadores de Convergencia, que en una escena memorable defienden ante una audiencia restringida el proyecto de crionización al modo de unos monologuistas que suenan ridículos afirmando cosas serias. Un humor al estilo DeLillo: parodia, absurdo, incongruencia. "Son los personajes los que se abren al humor. No pienso en mí como un escritor cómico, pero sí que algunos personajes lo son". Como, añade, los trabajos "indefinibles, que tienen nombres que nadie puede recordar" del protagonista: asesor de precios de corrientes transversales, analista de implantación, mánager de investigación de soluciones.

Pensamiento y lenguaje

El autor, asegura, se limita "a seguir los personajes y el lenguaje. No intento proponer grandes ideas de manera premeditada, pero es cierto que a veces puede dar esa sensación en el lector". DeLillo afirma que "la relación entre el pensamiento y el lenguaje resultante de este pensamiento es algo misterioso. Están íntimamente ligados. Cuando escribo me siento parte de la página". Su forma de trabajo facilita la fórmula: "Utilizo una máquina de escribir muy antigua, que compré en 1975 de segunda mano. Escribo un párrafo por folio, sólo dieciséis o diecisiete líneas por página. Y entonces otra. Esto me permite ver qué hay en el papel, me hace fijar la atención en el lenguaje que utilizo, observo cómo quedan las palabras sobre el papel. Cuando empecé a trabajar así, en los años 80, me convertí en un escritor diferente".

Hoy, DeLillo es reclamado en todas partes para hablar de su narrativa, un reto que asume en contadas ocasiones porque parece abrumarlo. ¿Se reconoce como uno de los autores que miden el talento de las nuevas generaciones? "No sé cómo me veo a mí mismo. Hace unos meses, me invitaron a París para debatir sobre mi obra con personas de seis o siete países diferentes. De lo que hablé fue de cómo ha podido pasar todo esto. Que un chico del Bronx haya llegado hasta aquí. Me veo a menudo con mis viejos amigos del barrio donde crecimos, el Bronx italiano. Vamos a un restaurante y charlamos. Cada uno ha hecho su vida. El mecánico, el quiropráctico, el fontanero... Todos juntos, hablando la misma lengua. Por eso me pregunto qué hago hoy, aquí, en Barcelona. Me maravilla cómo ha llegado a cambiar todo".

El escritor dice no releer nunca su obra. Y lo ilustra con un ejemplo: "Esta semana, en Londres, fui a un encuentro para hablar sobre Underworld, y no recordaba los personajes. Cuando nadie miraba consultaba en el libro el nombre del protagonista". Y DeLillo insiste: "Cuando escribo, pasa de forma muy natural. El lenguaje sale de sí mismo. Sólo hay un libro, Cosmópolis, donde planteé de inicio qué idea tenía para el lenguaje. Habitualmente, me limito a seguirlo tal como surge. Nunca lucho contra el impulso de lo que sale de mí. Me dejo llevar. Sigo el instinto, como si el lenguaje me arrastrara".

Todo fluye

¿No hay, pues, una maceración previa de las frases llenas de significado y densidad (La muerte es un artefacto cultural, argumenta uno de los personajes en Cero K)? "Sí, claro. Pero es difícil de describirlo. Forma parte del fluir, a la vez, del pensamiento y el lenguaje. Hay muchos momentos en los que no se qué aparecerá en el papel. Tecleo en la máquina de escribir y me pregunto qué saldrá. Es una parte física del proceso. Imagino las letras casi de manera pictórica. Si tuviera que utilizar un ordenador mi escritura sería muy diferente. Mi máquina de escribir hace mucho ruido, pero dependo de este ruido, me hace sentir vivo. Es una forma de extender la vida", dice otra vez con una tímida sonrisa. "Me provoca placer ver cómo se desarrollan a sí mismos los personajes", añade. "Jeff Lockhart [el narrador de Cero K] habla al lector a través de mi. Tenemos una profunda conexión. Pero Jeff describe cómo se siente él, no qué siento yo". E insiste: "Es muy inusual para mí hablar sobre mi obra. Y cuando lo hago me encuentro diciendo cosas que no sabía que sabía. Pero al mismo tiempo es una manera interesante para el escritor de educarse sobre su propia obra".

A pesar de los peligros globales que recorren el espinazo de sus novelas, DeLillo dice no ser una persona "desesperanzada". Al contrario. A los 80 años, el escritor neoyorquino dice sentirse en plena forma. Philip Roth (el otro grande de las letras americanas, con DeLillo, Pynchon y Cormack McCarthy) anunció hace dos años que lo dejaba. Que ya no escribiría más. DeLillo entiende la decisión, dice, pero no es su caso: "Este libro me ha requerido mucho tiempo. Cuando pueda volverme a poner a escribir no sé si entonces tendré nada que decir. Espero volver a trabajar. Pero tengo que encontrar ideas que valgan la pena perseguir".

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