El vestidor

Perpetuación

14.08.2016 | 01:56
Perpetuación

Posado de verano. Belén Esteban en bikini piscinero en Benidorm. La baronesa en la Costa Azul. Carmen Lomana ídem, para no ser menos. Terelu algo más tapadita en aguas alicantinas. Parejas de famosos por doquier, en bikini ellas, en bañador ellos, con o sin retoños, en playas paradisíacas. Modelos con cuerpos de infarto mostrando sus cuerpos de infarto. Chicazos luciendo abdominales. Fofisanos tan a gusto (todos excepto Bustamante, que ha pasado de una categoría a otra y se ha disgustado con tanto faltón como anda suelto). Bodys al sol tal y como llegaron a este mundo cruel. Mamás recientes a las que no les encuentras ni un michelín ni medio. Hasta Chayo Mohedano inmortalizada saliendo del mar a lo Bo Derek, la Venus de Botticcheli o alguna amiga de Nemo, vaya usted a saber. Postureo acuático. Sobredosis, overbooking, hartura, saturación, sobrecarga, hartazgo. Basta, stop, finish. Anita, Ana Obregón, ha quedado sobrepasada de largo. Demodé. Anclada en cualquier tiempo pasado. Obsolescencia programada se llama eso. Aunque ella sigue ahí, erre que erre. Igual lo tiene patentado. Cosas más raras se han visto. Un protector de plátanos sueco, sin ir más lejos.

Baronía. La baronesa lo tenía todo. Un pasado, varias mantas liadas a la cabeza, una herencia millonaria, un hijo, dos hijitas, cuatro nietos, un puñado de casas, un yate, cuadros de relumbrón, un par de pinacotecas, carné de identidad suizo, residencia andorrana... En fin. Es verdad que, poseyéndolo todo, se enzarzó con su primogénito en tiranteces. Peleas de familia. Cosa normal: unas pruebas de paternidad por aquí, unas denuncias por allá. Pero hasta eso lo superó y volvieron a estar a partir peras... ¿o no? Pero le faltaba algo. Dicen cronistas sociales de fuste que la aristócrata no es bienvenida en la corte, que la reina emérita no puede con ella. Ya ven. Y eso que tienen sus cosillas en común. Que un museo lleve tu nombre debería unir mucho. Por ejemplo.

La cocina. Qué sola está la mansión de los mil baños. Sus ilustres moradores andan por ahí, de asueto vacacional. O se han independizado. Tantos baños, tantos aseos, tantas toilettes, tantos excusados. ¿No será demasiado sanitario, un exceso de grifería, para la pareja? También les sobra cocina. En esa casa solo la pisa el servicio. El Nobel acaba de confesar sin empacho que no sabe ni freír un huevo. Isabel Preysler a lo más que llega es a preparar batidos verdes con la licuadora. Ni Tamara ni Ana nacieron para meter las manos en la masa, aunque la Falcó publicara un libro de cupcakes, las madalenas más cuquis. La única, al otro lado del charco, Chábeli, que se pone el delantal y te guisa un pavo de acción de gracias en menos que canta un gallo, digo Julio. Iglesias. Los dos.

Asuntos de estado. Se podrá tomar a broma. A modo de culebrón, de serpiente de verano. En un tono entre rosa y amarillo chillón. De manera liviana, superficial. Un entretenimiento más. Un dimes y diretes cualquiera. Un tema de conversación de sobremesa. Un chascarrillo de chiringuito playero. Pero tiene su trasfondo, su aquél, su moraleja. Observen la metáfora, la -palabras literales del conde- fábula: él cuelga del árbol genealógico de la realeza europea, en caso de cataclismo podría llegar a rey; ella fue concejala en Los Yébenes, una representante del pueblo (electa, no autoproclamada como su archienemiga Belén), de uno de los partidos más votados. Corona y Estado, monarquía y Ejecutivo, pilares, poderes. Y en medio un presunto lío de camas. Siquiera les pille de refilón.

El caso. Ha llegado a término la semana y no he dicho ni media palabra del Gran Affaire. Se consumen esta líneas y yo sin mencionar el escándalo de escándalos, sin dar altavoz a la última hora. Se me agotan las palabras y ni una sola he dedicado a vilipendiar al Traidor. Al topo entre topos, al que muerde la mano que le da de comer, al que no distingue amigos de famosos, negocio de ocio, patio de vecinos de plató, cortijo propio de cortijo ajeno. A estas alturas y yo sin echar más leña al fuego. Y eso que el caso es piramidal. Como las empresas, las estafas y los músculos. Cada vez que abre el interfecto la boca entra otra ficha en juego. Y una va empujando a la otra, igualito que en esas cadenas de dominó. Han caído desde las más altas torres de la cosa rosa hasta peones que se tenían ya en el olvido, de retirada del deporte olímpico de estar en boca de todos. Pasamos página y yo sin examinar las pistas, analizar las pruebas, cotejar el polígrafo. ¿Que de qué hablo? Ah, de nada. Uno que sale en la tele de tanto en tanto, muy pinturero él, amigo de folclóricas, que se ve que avisa a los paparazzi. No me digan. Qué sorpresón.

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